Soñadores que Cumplen #36 | Percy Menacho / MEVA Contratos – Los castillos primero se construyen en la mente

Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma. Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.

 

Nunca había debido un solo sol.

Por eso, cuando una entidad financiera le ofreció su primer crédito, sintió miedo. No era un temor cualquiera. Era el miedo de quien sabe que una firma puede cambiar el destino de toda una familia. Hasta ese momento había levantado su taller con unas cuantas herramientas de mano, mucho trabajo y una enorme paciencia. Endeudarse significaba apostar por un futuro que todavía no existía. Pero también entendió que algunas oportunidades solo aparecen una vez.

Firmó.

Con ese crédito compró las máquinas que durante años solo había imaginado. Y sin darse cuenta, aquel día no estaba comprando herramientas. Estaba comprando tiempo, crecimiento y la posibilidad de construir una empresa familiar que décadas después seguiría escribiendo su historia.

Pero ese camino había comenzado mucho antes.

Como muchos niños, Percy Menacho soñó alguna vez con ser presidente. 

Todo empezó durante unas vacaciones.

Un familiar lo invitó a ayudar en un taller de carpintería. No era el trabajo de sus sueños. De hecho, al principio ni siquiera le gustaba. Pero muy pronto descubrió algo que cambiaría su destino: aprendía con una rapidez poco común. Lo que otros dominaban después de años de práctica, él lograba entenderlo en pocos meses. Sin proponérselo, había encontrado un talento que ni él mismo sabía que existía.

Después trabajó algunos años en oficinas y en una agencia de aduanas. Parecía que finalmente se acercaba al futuro que había imaginado. Sin embargo, al terminar el servicio militar regresó en una época complicada, con pocas oportunidades laborales y muchas incertidumbres. Fue entonces cuando tomó una decisión que marcaría el resto de su vida: volver al oficio que había aprendido casi por casualidad.

Aquello que un día había visto como un trabajo temporal terminó convirtiéndose en su profesión, en el sustento de su familia y en el proyecto al que dedicaría toda su vida.

Convertirse en padre terminó de darle el impulso que necesitaba. A partir de ese momento dejó de pensar solamente en él. Cada esfuerzo tenía un destinatario. Cada jornada de trabajo era una inversión en el futuro de sus hijos. Soñaba con tener un taller propio, una casa construida con su trabajo y la tranquilidad de saber que estaba avanzando. Miraba a otros emprendedores que ya lo habían conseguido y se repetía que, si ellos podían hacerlo, él también encontraría el camino.

La lectura también empezó a ocupar un lugar importante en su vida. Descubrió autores como Og Mandino y, años después, Robert Kiyosaki. Más allá de las teorías empresariales, encontró algo que necesitaba escuchar: que los sueños solo se cumoplen cuando alguien está dispuesto a trabajar por ellos. Hubo una frase que lo acompañó desde entonces y que, de alguna manera, resume toda su historia: está bien construir castillos en el aire, pero también hay que construir las bases que los sostengan.

Esa idea terminó convirtiéndose en una forma de vivir.

Cuando decidió abrir su propio taller casi no tenía herramientas. Empezó con lo indispensable y fue creciendo poco a poco. Cada máquina nueva representaba meses de esfuerzo. Cada mejora era el resultado de innumerables horas de trabajo. Hasta que llegó aquella llamada del banco ofreciendo el primer crédito. Nunca antes había tenido una deuda y el miedo fue inevitable. Temía no poder pagar, equivocarse o poner en riesgo lo poco que había conseguido. Pero entendió que el crecimiento siempre exige asumir riesgos calculados. Gracias a esa decisión pudo modernizar el taller, aumentar su producción y comenzar una etapa completamente distinta.

Con el tiempo llegaron sus hijos, no solo como familia, sino también como compañeros de camino. Crecieron viendo trabajar a su padre, aprendiendo el oficio casi sin darse cuenta y compartiendo la misma cultura del esfuerzo. Hoy Percy habla de ellos con orgullo porque siente que el mayor logro de su vida no son las máquinas que compró ni el taller que levantó, sino haber construido una familia unida alrededor de un mismo proyecto.

No todo fue sencillo.

Hubo un momento en que la vida pareció detenerse. Un severo cuadro de hipertiroidismo lo llevó al hospital durante más de un mes. Mientras permanecía internado, su mayor preocupación no era la enfermedad. Era pensar qué sería de su familia si él faltaba. Aquellos días le enseñaron que el verdadero patrimonio de una persona no está en las herramientas ni en los negocios, sino en quienes continúan luchando cuando uno no puede hacerlo.

Fue también una etapa en la que su fe adquirió un significado mucho más profundo. Salió del hospital convencido de que cada dificultad deja una enseñanza y de que incluso las pruebas más duras pueden fortalecer el carácter de una persona. Desde entonces mira los problemas con otra perspectiva. No como castigos, sino como oportunidades para crecer.

Cuando le preguntan si alguna vez pensó en rendirse, responde con serenidad que no. Ha llorado, ha sufrido y ha sentido miedo muchas veces, pero jamás imaginó abandonar. Siempre creyó que el optimismo también es una decisión. Que cada error enseña algo nuevo y que las derrotas solo se vuelven definitivas cuando uno deja de intentarlo.

Por supuesto que se ha equivocado. Como todo emprendedor, alguna vez confió demasiado, tomó decisiones apresuradas o actuó sin toda la información necesaria. Pero nunca permitió que esos errores definieran su historia. Prefirió convertirlos en experiencia. Aprendió a escuchar más, a planificar mejor y a comprender que el crecimiento rara vez llega siguiendo una línea recta.

Cuando habla de las personas que marcaron su vida, recuerda primero a sus padres, quienes le enseñaron la disciplina, la honestidad y el respeto. Después menciona al familiar que le abrió las puertas del taller cuando era apenas un muchacho y al maestro ebanista que le enseñó que la calidad no es un detalle, sino una forma de respetar al cliente. Y finalmente habla de los libros, esos maestros silenciosos que lo acompañaron durante años y ampliaron su manera de entender el trabajo y la vida.

Hoy, después de décadas de esfuerzo, sus sueños ya no giran alrededor de una máquina nueva o de un taller más grande. Sueña con algo mucho más importante: que sus hijos, sus nietos y las generaciones que vengan después continúen construyendo sobre las bases que juntos levantaron. Porque entiende que una empresa familiar no se mide solamente por lo que factura, sino por los valores que logra transmitir.

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa que deja la historia de Percy Menacho.

Muchas personas creen que para emprender hacen falta grandes capitales, títulos universitarios o circunstancias perfectas. Él demuestra exactamente lo contrario. A veces basta con descubrir un talento inesperado, trabajar con paciencia y tener el coraje de dar un paso cuando todavía existen más preguntas que respuestas.

Porque los castillos en el aire sí existen.

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