#102 | Creo sin saber si creo

Entre un crucifijo, una mezquita y muchas preguntas.

Me eduqué en el San Francisco de Asís de Mollendo.

Mi mamá era creyente y recuerdo haber ido algunas veces a misa con ella y mis hermanas. Mi papá, en cambio, se definía como agnóstico, aunque sentía una especial admiración por Jesús, el Flaco, como el lo nombraba. A la iglesia iba principalmente cuando alguna obligación social lo requería.

Hay un recuerdo que quizá explique mejor que cualquier definición cómo se vivía la religión en mi casa. Cuando tenía siete años, mis papás me regalaron un crucifijo de madera oscura con una imagen de Cristo. Más de cincuenta años después todavía lo conservo, colgado en una de las paredes de mi dormitorio.

Nunca me dijeron qué tenía que creer frente a él. 

Con esos antecedentes podría parecer que en mi casa la religión debía ser motivo de discusión. No lo fue, con certeza. Mis papás nos criaron con bastante libertad y nunca intentaron imponernos un dogma religioso. Una de mis hermanas, incluso, perteneció durante muchos años a una conocida congregación. Ellos evidentemente no estaban de acuerdo con su decisión, pero la dejaron elegir.

Creo que fue así, sin discursos, como empecé a entender la libertad.

También aprendí otra cosa. Cuando era chico y asistíamos a alguna ceremonia religiosa, mis papás jamás permitían que hiciera una broma o tuviera una actitud irrespetuosa. No recuerdo que alguna vez me sentaran para explicarme la razón. Simplemente entendí que si estoy en un lugar que es sagrado para otra persona, tengo el deber de respetarlo aunque para mí no lo sea.

Con los años llevé esa misma regla a todas partes. A una iglesia, una mezquita, un templo budista, una misa de salud, velorio, matrimonio, o cualquier lugar donde alguien encuentre algo que yo quizá no encuentre.

Respetar una creencia no significa necesariamente compartirla.

Curiosamente, el día que iba a casarme “por religioso” descubrí que me faltaba un pequeño detalle: nunca había hecho la confirmación. Había que resolverlo y la hice express en dos días con un cura de la iglesia de La Merced.

¿El fin justifica los medios? Supongo que aquel fin, por lo menos, justificó mi confirmación.

Quizá por eso, con mis hijas he intentado hacer lo mismo que hicieron mis papás conmigo. Si quieren confirmarse, que lo hagan. Si quieren ir a misa, que vayan. Y si algún día deciden casarse por religioso, también. Pero quisiera que lo hagan porque realmente creen en ello y no porque “es lo que toca”, porque la familia lo espera o porque queda bonito en las fotos.

La fe, si alguna vez la tienen, quisiera que fuera de ellas. No heredada por obligación.

Pensándolo bien, esa quizá sea una de las mejores herencias que me dejaron mis papás: no me dijeron en qué debía creer. Me enseñaron que tenía derecho a decidirlo.

Pero los años fueron haciéndome preguntas bastante más difíciles.

Hay algo que siempre me ha costado aceptar de las religiones: la pretensión de exclusividad sobre la verdad.

“Mi Dios es el verdadero.” “Lo que yo creo es la verdad.”

Porque inmediatamente aparece la pregunta que siempre me hago: ¿y quién soy yo para afirmar que el tuyo no lo es?

Si un cristiano, un musulmán, un judío, un hinduista o cualquier creyente está convencido de poseer la única verdad, inevitablemente las verdades de los demás quedan equivocadas. Y ahí es donde yo comienzo a sentirme incómodo.

Quizá por eso, en lugar de preguntarme cuál religión tiene razón, con los años empecé a hacerme otra pregunta:

¿Qué puedo aprender de cada una?

Y descubrí que mucho. ! Y mucho de verdad !

Pequeños detalles, ideas y maneras de entender la vida que he ido encontrando aquí y allá.

Del sintoísmo japonés me impresionó profundamente la importancia de la limpieza y la purificación. No solamente como higiene, sino como una actitud frente al espacio que compartimos con otros.

Del cristianismo me atrae muchísimo la figura de Jesús y muchas de las ideas que se desprenden de su vida, aunque siempre me ha costado entender la relación con la culpa que algunas de sus tradiciones han desarrollado durante siglos.

Y dentro del propio cristianismo hay una figura por la que siempre he sentido especial admiración: Francisco de Asís. Quizá haber estudiado en un colegio que llevaba su nombre o su famosa Oración de San Francisco tenga algo que ver, pero con los años me atrajo cada vez más su sencillez, su relación con la naturaleza y, sobre todo, la coherencia entre aquello que predicaba y la manera en que decidió vivir.

Por eso, viajando alguna vez, me desvíe manejando mas de cuatro horas con tal de llegar a Asís. Quería estar allí.

Había estado en el Vaticano, con su monumentalidad, sus mármoles, sus obras de arte y toda esa muestra de grandeza, que sinceramente no comparto. Pero en la cripta de la Basílica de San Francisco de Asís, frente a su tumba, encontré algo completamente distinto: piedra, silencio y austeridad.

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Basílica Inferior de San Francisco en Asís

No sé si una cosa contradice necesariamente a la otra , pero sí sé cuál de las dos me habló más.

Quizá porque algunas veces, cuanto menos necesita una creencia para mostrarse, más fácil me resulta encontrar su fondo, su esencia.

Del Islam también me llamó la atención una idea que conocí y que, expresada de manera sencilla, me parece tremendamente terrenal: si has dañado a alguien, tu responsabilidad no termina pidiéndole perdón a Dios o Alá. Tienes una deuda con la persona a la que dañaste.

Eso me gusta.

Si te ofendí a ti, ¿por qué habría de resolverlo solamente conversando con Dios o con el cura del confesionario?

Tengo que conversar contigo.

Y así he ido encontrando pequeñas cosas en distintas tradiciones que me sirven, aunque no necesariamente crea en todo lo demás.

Por eso alguna vez pensé que quizá podría definirme, inventando un poco, como polirreligioso. Y no porque practique muchas religiones sino porque no necesito pertenecer a ninguna para intentar rescatar algo de varias.

También rechazo cosas. Me incomoda profundamente cuando una creencia utiliza el miedo para controlar la conducta de las personas. Me cuesta aceptar la culpa como herramienta y todavía más cualquier idea religiosa que necesite descalificar al que cree diferente para reafirmarse a sí misma.

Pero tampoco quiero cometer el error contrario. No creer no me hace dueño de una verdad superior.

Sería bastante contradictorio criticar a alguien por decir “mi religión tiene la verdad” y terminar diciendo yo “mi ausencia de religión tiene la verdad”.

Quizá por eso sigo prefiriendo aquella lección que aprendí de niño en mi casa: puedes no creer lo que cree la persona que está a tu lado. Puedes incluso pensar que está equivocada. Pero si para ella ese lugar, ese símbolo, ese ritual o ese Dios es importante, lo respetas.

Al final, sinceramente, cada vez me interesan menos las etiquetas. Creyente, agnóstico, ateo, cristiano, musulmán, budista…¿Polirreligioso?

Me interesa mucho más lo que queda cuando quitamos la etiqueta.

Si una creencia consigue que alguien sea más compasivo, más respetuoso, más responsable de sus actos, mejor con los demás y, principalmente, coherente entre la fe que predica y lo que hace, algo bueno debe haber allí.

Lo que me cuesta comprender es la contradicción. Golpearnos el pecho dentro del templo y salir cargando la misma mochila de desprecio por el vecino. Predicar fidelidad y practicar exactamente lo contrario. Arrodillarnos para rezar y levantarnos para hacer aquello que nuestra propia fe nos pide que no hagamos.

Porque al final puedo decir que creo en Dios, asistir a misa todos los domingos o rezar todas las noches. Pero si después mis actos dicen exactamente lo contrario, ¿qué pesa más?

Hay una frase del Evangelio de Mateo que llevo grabada: «Por sus frutos los conoceréis.» Mateo 7:16.

Acción y no palabra.  ¡Eso!

Y quizá aquí aparezca una de mis propias contradicciones.

Desde hace muchos años, antes de empezar a trabajar, lo primero que hago es leer una hoja del Evangelio. Todos los días.

No sé si eso me hace religioso. Probablemente no. Pero sigo encontrando allí ideas que me sirven, preguntas que me incomodan mucho y algunas respuestas que intento llevar a mi vida.

Y mientras escribo esto pienso nuevamente en aquel crucifijo de madera regalo de mi niñez.

Quizá ellos entendieron algo mucho antes que yo.

Me dieron un crucifijo. Pero también me dieron la libertad de decidir qué significaría para mí.

Y esa misma libertad es la que intento dejarles a mis cuatro hijas.

Quizá no necesite encontrar la religión verdadera. Me basta con seguir buscando un poco de verdad en cada una y trabajar diariamente en ser una mejor persona.

Una respuesta a «#102 | Creo sin saber si creo»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Completamente de acuerdo con lo que expresas.

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