#101 | Después no digas que nadie te avisó

Una reflexión sobre la confianza, las oportunidades y lo que hacemos con ellas.

Esta mañana estaba leyendo El Comercio cuando dos artículos, uno detrás del otro, consiguieron algo que disfruto mucho cuando leo o, por ejemplo, veo una película: que me dejen pensando. El primero era “El reto de no decepcionar”, de David Tuesta. El segundo, “Piensa en grande”, de Alberto Goachet. Distintos autores y distintas miradas, pero una misma palabra me quedó dando vueltas: confianza.

Ambos hablan de este nuevo momento político que vive el Perú y de algo que parece estar ocurriendo casi solapadamente: después de mucho tiempo, las expectativas comienzan a mejorar. Seguí leyendo, pero ya estaba pensando en otra cosa. No tanto en el gobierno, sino en nosotros. ¿Qué nos pasa cuando comenzamos a creer que mañana puede ser mejor que hoy?

Porque la confianza parece algo intangible. No se puede guardar en una caja fuerte ni depositar en una cuenta bancaria, pero puede conseguir que hagamos cosas muy concretas. El empresario que lleva dos años diciendo “todavía no” finalmente compra esa máquina. La familia que viene mirando el mismo auto durante meses entra al concesionario. Alguien contrata a una persona más. Otro desempolva aquella idea de negocio que llevaba demasiado tiempo guardada. Una pareja mira un departamento, hace números, se asusta un poco y finalmente firma el crédito hipotecario.

Y no necesito ir muy lejos para encontrar ejemplos. Esta misma quincena, dos amigos cercanos me contaron decisiones que habían tomado. Uno amplió su negocio alquilando el local contiguo, lo que hará que su exhibición casi se triplique. El otro ya tiene lista toda la documentación para llevar la parte crediticia de su negocio a otro nivel. Además de alegrarme porque ambas cosas están sucediendo aquí, en Mollendo, me hicieron pensar que quizá esas decisiones dicen bastante más de lo que parece. Son, finalmente, dos apuestas por lo que viene.

Y mientras los escuchaba me di cuenta de algo: yo tampoco estoy mirando todo esto desde la tribuna. Desde hace pocas semanas venimos trabajando, junto a un gran amigo, en una idea que apareció casi por casualidad y que poco a poco fue creciendo bastante más de lo que imaginamos. Le hemos puesto tiempo, entusiasmo y, por supuesto, dinero. ¿Funcionará? ¡Confiamos en que sí! Pero creemos que vale la pena intentarlo. Muy pronto les contaremos.

Y no es la única decisión que he tomado. Después de varios años en lo que mi participación en Tres Cruces era mucho menos cercana, he decidido, hace contadas semanas, volver a involucrarme de lleno en su reorganización. Estamos revisando procesos, haciendo cambios y preparando la cooperativa para crecer. ¿Por qué ahora? Mientras escribía este relato me di cuenta de que probablemente la respuesta vuelve a ser la misma: confianza. Confianza en que la economía crecerá, en que aparecerán nuevas oportunidades y en que hay que estar preparados para aprovecharlas cuando lleguen. “El tren de las oportunidades…”

¿Qué cambió en mis amigos o en mí para tomar esas decisiones? Probablemente no tanto como podría parecer. Tenemos recursos similares a los que teníamos unas semanas o unos meses antes. Lo que cambió fue lo que creemos que sucederá mañana. Y eso sí me parece fascinante.

Imaginemos algo muy sencillo. Dos personas tienen S/. 50,000 ahorrados. Una siente que vienen buenos tiempos e invierte una parte, compra algo que necesitaba o quizá empieza un pequeño negocio. La otra piensa que vienen tiempos complicados, no toca un sol, guarda todo y espera. Mismo dinero, mismo país y mismo momento, pero dos decisiones completamente distintas. Solo porque uno confía y el otro tiene miedo. Entonces entendí algo: la confianza también mueve la economía. Y vaya que lo hace.

Y tiene otra característica maravillosa: se contagia. ¡Felizmente! Cuando vemos al vecino abrir un negocio, al amigo conseguir trabajo, una construcción que estuvo detenida volver a llenarse de obreros o una empresa anunciar una inversión, algo comienza a ocurrir también dentro de nosotros. Tal vez yo también podría. Tal vez este sea el momento. Tal vez aquello que llevo postergando tanto tiempo ya no tenga que esperar.

Pero, desgraciadamente, el miedo funciona exactamente igual. También se contagia. Basta recordar lo que sentimos muchos peruanos cuando Pedro Castillo fue elegido presidente. Más allá de posiciones políticas, apareció una palabra que para la economía puede ser terrible: esperar. Esperar para invertir, esperar para comprar, esperar para contratar, esperar para decidir. Porque cuando no sabemos qué va a pasar, muchas veces nuestra primera reacción es no hacer nada. La confianza mueve. El miedo espera. Y paraliza.

Hoy algo está cambiando. Las expectativas son mejores, hay señales de optimismo y volvemos a escuchar hablar de inversiones y proyectos. No sé cuánto durará esta “luna de miel” con el nuevo gobierno, pero ojalá la nueva presidenta sepa aprovecharla, porque ahí aparece la advertencia de Tuesta: construir confianza toma tiempo y destruirla puede ser muchísimo más rápido.

Y sería una pena desperdiciarla. No solamente porque podrían dejar de llegar inversiones o porque algún indicador económico podría retroceder, sino por algo mucho más cercano: porque volveríamos a guardar nuestros proyectos en el cajón. Quizá durante demasiado tiempo los peruanos aprendimos a protegernos, esperar, desconfiar y postergar. Después de todo lo vivido, probablemente era comprensible.

Pero si realmente estamos entrando en un momento distinto, quizá la mayor oportunidad no sea solamente económica. Quizá sea volver a hacer algo que habíamos olvidado un poco: imaginar. Volver a pensar en ese negocio, en ese viaje, en esos estudios, en esa casa o en esa idea medio loca que alguna vez tuvimos y que fuimos dejando para después. Pensar en grande, como dice Goachet.

Porque quizá la confianza sea simplemente eso: mirar exactamente el mismo futuro que mirábamos ayer, pero esta vez creer que vale la pena caminar hacia él. La confianza no cambia primero la economía, cambia primero nuestras decisiones. Después, miles o millones de personas comienzan a tomar decisiones diferentes y recién entonces cambia la economía. Un círculo virtuoso que sería una pena desaprovechar.

Y si traemos todo esto mucho más cerca, creo que vale la pena hacernos algunas preguntas. ¿Somos realmente conscientes de las inversiones que están sucediendo ahora mismo en nuestra provincia? ¿Quiénes van a aprovechar las oportunidades que traerán? ¿Esperaremos nuevamente a que venga “el de Arequipa o Lima”, como picones solemos decir después, para que haga el negocio que nosotros tuvimos delante?

También deberíamos preguntarnos si alcanzamos a imaginar el incremento de recursos que tendrán nuestras municipalidades en los próximos años, con el canon minero por Tía María desde el 2027 y la enorme responsabilidad que eso significará para las nuevas autoridades que elegiremos. Porque las oportunidades no llegan solamente para los empresarios. Llegan también para las ciudades, para sus instituciones y, finalmente, para todos los que vivimos en ellas. Tener más recursos no garantiza absolutamente nada si no tenemos también la capacidad de convertirlos en desarrollo.

Quizá por eso los dos artículos que leí esta mañana terminaron llevándome bastante más lejos de lo que hubiera esperado. Empecé leyendo sobre economía y gobierno y terminé pensando en mis amigos, en Mollendo, en Matarani, La Curva y El Fiscal, en Tres Cruces, en ese proyecto que todavía no les he contado y, sobre todo, en todas esas cosas que muchas veces dejamos para “algún día”.

Porque las oportunidades no sirven de mucho si solamente las vemos pasar.

Por eso hoy no quiero terminar hablando del gobierno. Prefiero terminar hablando de nosotros. De ti y de mí.

¿Qué proyecto tienes guardado que te atreverías a comenzar si estuvieras convencido de que los próximos años serán mejores?

 

Deja una respuesta