Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma. Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.
Hay personas que aprenden escuchando. José aprendió mirando.
Hay personas a las que uno conoce primero por una conversación. A José Gutiérrez yo lo conocí primero por unas zapatillas. O mejor dicho, por varias. Durante años nos hemos cruzado de madrugada mientras ambos intentamos convencer al cuerpo de que salir a correr cuando todavía es de noche sigue siendo una buena idea. Cuando yo recién voy, José ya viene de regreso. «¿Y a qué hora duerme este hombre?», suelo preguntarme.
Con el tiempo entendí que levantarse temprano nunca fue su mayor disciplina. Su verdadera fortaleza siempre fue otra: observar. Mucho antes de convertirse en uno de los runners más constantes que conozco, José ya venía aprendiendo de esa manera. Mirando cómo funcionaban los negocios, cómo compraban los clientes y cómo se aprovechaban las oportunidades que otros dejaban pasar.
José estudió la primaria en el colegio Iquitos y la secundaria en el emblemático Deán Valdivia. Su adolescencia estuvo marcada por una realidad que conocen muchas familias de nuestra provincia: estudiar y trabajar al mismo tiempo. No había demasiado espacio para grandes sueños o para planificar el futuro con calma. Había que avanzar. Su mayor anhelo era terminar una carrera profesional y trabajar para una empresa. Incluso intentó hacerlo cuando se trasladó a Arequipa, donde buscó continuar estudiando mientras trabajaba. Sin embargo, las circunstancias económicas no lo acompañaron y terminó regresando a Mollendo para buscar nuevas oportunidades.
Mirando hacia atrás, probablemente ese regreso cambió su destino.
Primero trabajó en una ferretería y luego en una distribuidora de abarrotes. Fueron años importantes porque, aunque él todavía no lo sabía, estaba recibiendo la formación que más adelante le permitiría convertirse en empresario. Observaba cómo se hacían los pedidos, cómo se negociaba con proveedores, cómo se fijaban los precios y cómo se calculaban los márgenes de utilidad. Le gustaban los números y tenía facilidad para entenderlos. Sin darse cuenta, mientras cumplía con su trabajo diario, estaba estudiando silenciosamente cómo funcionaba un negocio de verdad.
Y lo hacía de una manera muy particular: mirando.
No tuvo un mentor que le explicara el camino. No hubo un empresario que lo tomara de la mano ni alguien que le enseñara una fórmula secreta para emprender. Aprendió mirando cómo compraban los clientes, cómo negociaban los vendedores, cómo se tomaban decisiones y cómo funcionaba el comercio desde adentro. Esa capacidad de observar terminaría convirtiéndose en una de sus principales fortalezas.
Durante mucho tiempo creyó que abriría una tienda de abarrotes. De hecho, mientras trabajaba iba comprando poco a poco mercadería con los ahorros que podía reunir: arroz, azúcar, aceite y otros productos que pensaba vender más adelante. Parecía el camino natural. Pero la vida tiene una curiosa costumbre: a veces nos muestra una puerta diferente cuando ya creíamos saber hacia dónde íbamos.
En su caso ocurrió durante una campaña escolar.
Decidió llevar algunos cuadernos y útiles para vender de manera ambulante. Nada extraordinario. Solo una prueba más entre tantas. Pero el resultado lo sorprendió. Los productos se vendieron rápidamente. «Fue un gol», recuerda. Y en ese momento algo hizo clic. Descubrió que le gustaba ese mundo, que entendía a esos clientes y que disfrutaba vender esos productos. Allí nació la decisión que terminaría marcando las siguientes décadas de su vida.
A veces las grandes decisiones llegan disfrazadas de cosas pequeñas.
En su caso llegaron en forma de cuadernos.
No tenía todas las respuestas. De hecho, reconoce que cuando uno empieza pocas cosas están realmente claras. Lo que sí existe es el deseo de progresar y la capacidad de decidir. Porque las oportunidades suelen estar frente a todos; la diferencia es que algunos se atreven a aprovecharlas y otros las dejan pasar esperando una certeza que casi nunca llega.
Cuando finalmente abrió su primer local, la realidad estuvo lejos de ser espectacular. Ese primer día vendió apenas veinte soles.
Veinte. Nada más.
Para muchos habría sido una señal de alerta. Para él fue simplemente el inicio. La mercadería era suya, tenía el alquiler pagado por tres meses y ya había dado el paso más difícil: abrir la puerta. Lo demás dependía del trabajo.
Y trabajó…muchísimo.
Hubo una época en la que su esposa atendía el negocio mientras él viajaba a Arequipa a las tres de la mañana para abastecerse. Regresaba cerca de las dos de la tarde y continuaba trabajando hasta las diez u once de la noche. Las jornadas no se medían en horas sino en energía. No existían los horarios cómodos ni los fines de semana largos. Existía un objetivo y una enorme determinación por alcanzarlo.
Quizás una de las decisiones más difíciles de toda la historia fue renunciar a un trabajo estable sin tener nada seguro al otro lado. Fue una decisión tan firme que ni siquiera fue a cobrar su último sueldo ni su liquidación porque temía que intentaran convencerlo de quedarse. Para entonces ya había comprendido algo importante: la comodidad puede dar tranquilidad, pero rara vez construye los sueños que uno realmente quiere alcanzar. Cambió la seguridad de las ocho horas por jornadas de doce o quince horas llenas de incertidumbre y apostó por sí mismo.
Cuando le preguntan si alguna vez pensó en rendirse, responde algo que me llamó la atención. Dice que no tenía tiempo para hacerlo. Había demasiado trabajo pendiente. Demasiadas responsabilidades. Demasiadas cosas por resolver. A veces el emprendimiento no avanza por inspiración ni por motivación. Avanza porque simplemente no queda otra alternativa.
Por supuesto que hubo errores. Reconoce que uno de los mayores fue confiar demasiado en algunas personas. Siempre le gustó ayudar y ser servicial, pero con los años aprendió que la prudencia también forma parte del camino. Descubrió que la persona que menos imaginas puede terminar defraudándote y que la confianza debe construirse poco a poco.
También aprendió algo que considera fundamental para cualquier negocio: la intuición. Sí, la intuición. Esa capacidad de entender qué necesita el cliente antes de que el propio cliente lo diga. Anticiparse. Observar. Escuchar. Interpretar. Porque los números ayudan mucho, pero los negocios siguen siendo profundamente humanos.
Curiosamente, cuando habla de quienes marcaron su vida, no menciona a empresarios famosos ni a grandes referentes del sector. Habla de su esposa. La mujer que estuvo allí cuando las ventas eran pocas, cuando los viajes eran agotadores y cuando el negocio todavía era una apuesta llena de incertidumbre. Por eso, cada vez que tiene oportunidad, le da las gracias. Y uno entiende que no es una frase de compromiso. Es gratitud… de la genuina.
Con los años llegaron nuevas lecciones. Descubrió que la honestidad es un valor que jamás está dispuesto a negociar. Aprendió también la importancia del agradecimiento. Siempre les recuerda a las personas de su equipo que agradecer no cuesta nada y fortalece cualquier relación. Y tomó una decisión que considera fundamental para el crecimiento de cualquier empresa: la formalización. Para José, la formalidad no es un trámite; es una herramienta que abre puertas, genera confianza y permite crecer de manera sostenible.
Después de cuarenta años de trabajo también descubrió algo más: somos mucho más fuertes de lo que creemos. Cada desafío superado amplía nuestros límites. Cada meta alcanzada abre una nueva. Y cada obstáculo vencido nos recuerda capacidades que ni siquiera sabíamos que teníamos.
Cuando conversa con jóvenes suele repetir una idea sencilla: no esperen demasiado. No busquen el momento perfecto. No esperen que todo esté listo. Porque ese momento perfecto puede no llegar nunca. El mejor momento para empezar suele ser hoy. Y si uno se cae, simplemente debe levantarse y seguir.
Por eso tampoco comparte una frase que todavía escuchamos demasiado en nuestra provincia: «Aquí no se puede». José mira alrededor y ve exactamente lo contrario. Ve empresarios. Ve oportunidades. Ve una provincia privilegiada que tiene puerto, valle, playas, pesca, inversión y potencial de crecimiento. Ve un lugar donde todavía quedan muchas historias por escribir.
Quizás por eso hoy observa el futuro con tranquilidad. Después de cuatro décadas de trabajo está encaminando la sucesión y preparando la siguiente etapa de la empresa. No porque haya dejado de creer en el negocio, sino porque entiende que las empresas verdaderamente exitosas son aquellas que sobreviven a sus fundadores.
Y quizás allí esté la enseñanza más valiosa de toda esta historia.
Porque la Librería Líder no nació de una gran inversión ni de un MBA. Nació de alguien que observó, aprendió, trabajó y decidió actuar cuando todavía no tenía todas las respuestas. De alguien que entendió que las oportunidades rara vez llegan envueltas en certezas.
A veces llegan disfrazadas de unos cuantos cuadernos.
Y de una puerta que uno se atreve a abrir igual.



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