Óscar Barriga Bernedo es emprendedor, escritor y creador vinculado a la educación, la cultura y las industrias creativas. Desde Arequipa ha impulsado proyectos inspirados en la identidad peruana, entre ellos Ayar: la leyenda de los inkas.
Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma. Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.
Óscar Barriga Bernedo y el origen de Ayar: la leyenda de los inkas
Hay consejos que uno escucha de niño y olvida al día siguiente. Otros se quedan esperando durante años hasta que entendemos que, sin saberlo, nos señalaron el camino.
Óscar Barriga era un niño fascinado por los cómics. Leía desde las aventuras de Aguiluchos y Tarzán hasta las de Spiderman y coleccionaba juguetes de aquellos héroes que llegaban desde otros países. Pero un día su padre le dijo algo que terminaría acompañándolo buena parte de su vida:
—Deja de buscar héroes norteamericanos y busca uno que te represente.
Quizás allí comenzó todo.
Aunque, pensándolo bien, algunas pistas habían aparecido antes. Durante su niñez tuvo problemas de salud y encontró en la escritura una manera de aprender, imaginar y expresarse. Al mismo tiempo desarrolló una curiosidad bastante particular por generar sus propios ingresos. Limpiaba nichos en el cementerio para ganar dinero y hasta alquilaba sus juguetes a sus amigos.
Sin saberlo, aquel niño ya mezclaba las tres cosas que muchos años después definirían su vida: escribir, crear y emprender.
Óscar estudió Contabilidad, hizo un MBA en Innovación y Emprendimiento y fue construyendo una trayectoria alrededor de la educación, la cultura y las industrias creativas. Pero aquella idea sembrada por su padre nunca desapareció: ¿por qué nuestros héroes tenían que venir siempre de afuera?
Comenzó entonces a imaginar personajes inspirados en la historia y la cultura del Perú. Héroes nacidos en la costa, la sierra y la selva, capaces de competir en el mismo territorio narrativo que aquellos personajes extranjeros que había admirado de niño. Nacía entonces Ayar: la leyenda de los inkas.
El sueño era grande. Los recursos, no tanto.
Uno de sus recuerdos más entrañables como emprendedor ocurrió lejos de cualquier oficina. Un domingo, Día de la Madre, él y sus socios estaban pensando cómo empezar a vender.
—Salgamos el lunes —propuso alguien.
La respuesta fue inmediata:
—No. Salgamos hoy.
Y salieron.
Durante tres semanas vendieron de manera ambulante por la calle Mercaderes, en Arequipa. Allí aprendieron sobre jornadas largas, incertidumbre y la dificultad de ganarse la confianza de alguien que pasa caminando frente a ti. Pero aprendieron algo todavía más importante: ningún proyecto comienza cuando todo está listo. Comienza cuando alguien decide dar el primer paso.
Después vendrían pruebas bastante más difíciles.
Hubo meses en los que el proyecto generaba apenas 200 soles. Divididos entre los socios, significaban alrededor de 50 soles para cada uno.
En momentos así, la palabra sueño deja de sonar romántica.
Óscar comenzó a preguntarse si realmente estaba haciendo lo correcto.
Si tantos años de esfuerzo tenían sentido. Si no había llegado el momento de aceptar que quizá los demás tenían razón.
Entonces aparecieron algunas personas decisivas. Su esposa y socia, Virginia Borja, mollendina, estuvo a su lado. También Kaimer Dolmos y Erly Almanza, quienes le dijeron algo que todavía recuerda:
—Tú nunca te rendiste en tres años, mientras nosotros sí lo hicimos; ahora nosotros te respaldamos.
A veces uno continúa porque todavía cree. Y otras veces continúa porque alguien cree por uno durante un rato.
Óscar siguió.
No todo salió bien. La impaciencia y la inexperiencia también le cobraron factura. Llegó a firmar un contrato que lo comprometió durante tres años sin recibir ingresos. Cometió errores, tomó decisiones que retrasaron sus proyectos y tuvo que aprender a desenvolverse en un mercado que conocía poco.
Con el tiempo resumió aquellas experiencias de una manera sencilla: nunca perdió. O ganó, o aprendió.
Pero quizá el obstáculo más complicado no estuvo en los contratos ni en el dinero. Estuvo en conseguir que los demás entendieran la dimensión de lo que imaginaban.
Óscar y su equipo no querían crear únicamente para el Perú. Querían demostrar que una historia nacida de nuestra identidad podía viajar por el mundo.
Cuando el mercado local no respondió como esperaban, hicieron algo que muchos consideraron extraño: en lugar de reducir el sueño, ampliaron el territorio.
Miraron hacia afuera.
Entendieron que una idea creada en Arequipa, Mollendo o cualquier provincia del Perú no tiene por qué terminar en sus fronteras. Puede encontrar público en Asia, Estados Unidos o cualquier otro lugar.
“El mundo es tu mercado”, sostiene Óscar.
Y esa idea resulta especialmente interesante viniendo de alguien que ha dedicado buena parte de su trabajo precisamente a nuestras raíces.
Porque para él pensar globalmente no significa renunciar a la identidad. Es exactamente lo contrario: utilizarla como punto de partida.
Hoy hay un proyecto que concentra buena parte de aquel sueño que comenzó con los cómics de su infancia: Ayar: la leyenda de los inkas.
Óscar sueña con convertirlo en una película.
Habla de ella con entusiasmo, pero también con la paciencia que probablemente no tenía cuando comenzó. Ha aprendido que algunos proyectos necesitan tiempo, disciplina y prudencia. Ya no se trata simplemente de llegar, sino de llegar bien.
En el camino también descubrió que sus mayores éxitos quizá no estén en ningún currículum. Cuando le preguntan cuál fue la mejor decisión que tomó en su vida, no menciona una empresa, un reconocimiento ni un proyecto internacional.
Responde:
—Casarme y ser padre.
Y cuando le preguntan qué valor nunca negociaría, necesita todavía menos palabras:
—La lealtad.
Quizá por eso, cuando mira hacia atrás, aparecen inevitablemente sus padres, Óscar y Cecilia; sus hermanos Virginia y Teo; y su esposa Virginia. Personas que estuvieron allí mientras una idea que para otros parecía demasiado grande comenzaba lentamente a tomar forma.
A los jóvenes les deja una expresión que tomó precisamente de ellos:
Sin miedo al éxito.
Pero le agrega algo aprendido durante años de tropiezos: equivocarse no es el problema. El problema sería dejar de aprender.
Óscar sigue convencido de que vale la pena crear desde la provincia. No porque debamos conformarnos con mercados pequeños, sino porque las raíces pueden convertirse en una enorme ventaja cuando aprendemos a mirar más lejos.
Tal vez, después de todo, aquel consejo de su padre contenía una lección mucho mayor.
Óscar dejó de buscar héroes únicamente en los cómics que llegaban de otros países.
Comenzó a buscarlos aquí.
Y terminó descubriendo que nuestras historias también podían soñar con conquistar el mundo.

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