Hay decisiones que solo se entienden en el momento justo.
—Si no hubiera vendido el negocio, hoy tendríamos por lo menos el triple de dinero.
Mi papá hizo una pausa y añadió:
—Pero quizá ustedes no tendrían padre.
Durante muchos años no entendí qué quiso decirme con esa frase. De joven, incluso, pensé que había exagerado. Hoy, después de varias décadas trabajando y tomando decisiones difíciles, creo que recién empiezo a comprenderla.
Durante mucho tiempo pensé que el mayor talento de mi papá había sido hacer crecer un negocio. Creía que esa era la virtud que mejor lo definía: la perseverancia para alcanzar sus metas, la capacidad de emprender una y otra vez, la solidaridad y protección que siempre brindó a su familia y ese impulso casi inagotable por sacar adelante cada proyecto que iniciaba. Hoy creo que me equivoqué. Su mayor talento no fue construir negocios, sino saber cuándo dejar de hacerlos crecer.
Mi papá dejó el colegio a los catorce años, cuando cursaba la mitad de tercero de media. Mi abuelo había fallecido un par de años antes y Hernán, el mayor de los hermanos, tomó una decisión que hoy sonaría impensable: lo sacó de clases para que empezara a trabajar. Su primer sueldo lo entregó íntegramente a mi abuela. Nunca volvió a estudiar, pero nunca dejó de aprender. Trabajó donde pudo: fue empleado, vendedor, ventanillero en el Banco Italiano, pesador de ganado en el camal, vendió pasajes de colectivo a Arequipa y hasta jabón Fortuna, aquel cuya publicidad prometía que uno podía encontrar una moneda escondida dentro de la barra.
Hasta que un día compró un pequeño negocio de ropa y bazar en la calle Dean Valdivia de Mollendo y, al poco tiempo, lo transformó en una tienda de electrodomésticos. Aquellos viajes semanales por el Valle de Tambo, vendiendo cocinas, refrigeradoras y radios, le permitieron conocer de cerca a la gente, entender sus necesidades y construir vínculos que con los años se convirtieron en amistades. Después vino la alcaldía, en 1967, en una época en la que los alcaldes no cobraban sueldo, y también una oficina donde, más que cerrar ventas, muchas veces terminaba escuchando problemas ajenos y regalando consejos.
Desde niño pensé que así era un empresario: alguien que siempre debía crecer, vender más y abrir un nuevo camino. Y él lo hizo, hasta que, terminando su período como alcalde y con apenas cuarenta y dos años, la vida decidió hacerle la única pregunta para la que nunca había estado preparado.
Una trombosis en la pierna lo obligó a permanecer dos semanas internado en un hospital de Arequipa. Cuando le dieron el alta, el médico fue directo:
—Tuvo suerte de que fuera en la pierna. Si eso ocurría en el cerebro, la historia habría sido muy distinta.
Mi papá regresó a Mollendo sabiendo que algo había cambiado para siempre y, pocos días después, tomó una decisión que cambió el rumbo de nuestra familia. Había tardado algo más de veinte años en construir su negocio y apenas unas semanas en venderlo.
No lo hizo porque estuviera quebrado ni porque hubiera perdido las ganas de trabajar. Lo vendió porque entendió que seguir creciendo también tenía un precio.
Cuando años después le pregunté si no se arrepentía, simplemente me respondió con la frase con la que empecé este relato. En ese momento no la comprendí del todo. Hoy sí.
Vivimos en una época en la que admiramos a quien nunca se detiene: al empresario que siempre abre una sucursal más, al profesional que nunca rechaza un proyecto y al inversionista que siempre busca un rendimiento mayor. Nos enseñan a crecer, pero muy pocas veces nos enseñan a detenernos.
Mi papá repetía una frase que entonces me parecía demasiado conservadora:
—Hay que saber poner límite a tus ambiciones.
Confieso que durante muchos años no estuve de acuerdo. A esa edad uno cree que la ambición siempre es una virtud, que renunciar es perder y que bajar el ritmo es resignarse. Recién con los años entendí que existe una diferencia enorme entre tener ambición y convertirse en prisionero de ella, porque llega un momento en que seguir creciendo ya no mejora tu vida; solo aumenta su velocidad, y la velocidad no siempre te lleva al lugar correcto.
Con el tiempo también descubrí otra cosa. Uno puede seguir creciendo sin que necesariamente siga creciendo su empresa. Se puede crecer como padre, como esposo, como amigo, como ciudadano o simplemente como persona. Quizá eso fue lo que hizo mi papá después de vender su negocio. Nunca dejó de crecer; solo cambió el lugar donde quería hacerlo.
Mientras escribía un Novuz hace unos días sobre esa tendencia tan humana de seguir invirtiendo en un negocio, una relación o un proyecto simplemente porque sentimos que ya hemos puesto demasiado para abandonarlo, terminé entendiendo que mi papá había aprendido esa lección mucho antes que yo. Solo que nunca la llamó con nombres elegantes. Simplemente decía:
—Hay que saber poner límite a tus ambiciones.
Hoy, cuando también llevo varias décadas trabajando, siento que recién empiezo a entender lo que quiso decirme. El verdadero éxito no consiste únicamente en saber construir; también consiste en reconocer hasta dónde vale la pena seguir construyendo. Mi papá tenía otra frase que repetía con frecuencia y que siempre me hacía sonreír:
—Quien diga que no trabaja por dinero y solo por placer, entonces que siga trabajando… y que done todo lo que gana.
Nunca estuvo en contra del dinero. Estuvo en contra de convertirlo en el único objetivo y recién ahora entiendo cuánto tenía de razón. Hoy comprendo que mi papá nunca dejó de ser ambicioso; lo que hizo fue cambiar el objeto de su ambición. Dejó de querer un negocio más grande y empezó, quizá sin decirlo, a querer una vida más grande.
Han pasado muchos años desde aquella conversación y recién ahora comprendo que la mejor inversión de toda su vida no fue vender un negocio. Fue comprar tiempo: tiempo para mi mamá, tiempo para nosotros, tiempo para envejecer con nosotros, para seguir escuchando sus consejos y para seguir siendo nuestro padre. Y, curiosamente, esa terminó siendo la empresa que mejor administró.


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