Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y una tradición que ya supera los noventa años.
Las grandes historias no siempre nacen en las capitales. A veces empiezan en un pequeño pueblo, alrededor de un horno de leña y una receta que pasa de unas manos a otras durante generaciones.
En la provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.
El legado mas dulce de la provincia
Hay empresas que nacen de un plan de negocios y otras pocas que simplemente nacen del cariño de una familia.
La Alfajorería Vildoso pertenece a ese último grupo.
Su origen se remonta a Daría, la bisabuela de Leonid, quien creó el alfajor que, con el paso de las décadas, terminaría convirtiéndose en el dulce más reconocido de toda la Provincia de Islay. Después continuó su hija Concepción. Más tarde, la mamá de Leonid mantuvo viva la tradición. Hoy, ya en la cuarta generación, es él quien conduce el negocio original desde La Curva.
Más de noventa años después, resulta difícil encontrar a alguien que haya pasado por el Valle de Tambo sin detenerse a comprar una caja de aquellos alfajores. Unos los disfrutamos allí mismo, muchas veces tibios, recién salidos del horno.Otros los llevan como regalo, casi como una costumbre obligatoria de regreso a casa.
Curiosamente, cuando Leonid era adolescente no imaginaba que algún día estaría al frente de aquella empresa familiar.
Sus intereses iban por otro camino. Le apasionaban los equipos de sonido, la iluminación y la electrónica, estudios que incluso llegó a seguir. Pero mientras descubría ese mundo, había otro que siempre lo esperaba al volver a casa.
Desde niño acompañaba a su mamá y a su abuela en la alfajorería. Las ayudaba en todo lo que podía. También colaboraba con su abuelo en la chacra. Sin darse cuenta, fue creciendo entre hornos, harina, azúcar y largas jornadas de trabajo, observando de cerca el enorme esfuerzo que requería mantener viva una tradición.
Con el tiempo formó su propia familia y llegaron sus hijos. Entonces comprendió que aquella empresa ya no era solamente un negocio heredado. También era una responsabilidad.
Decidió involucrarse por completo junto a su mamá, con el propósito de fortalecer la empresa y hacerla crecer sin perder aquello que la había hecho especial.
Su primer día al asumir esa responsabilidad todavía permanece muy vivo en su memoria. Fue agotador.
En aquellos años prácticamente todo el trabajo era manual porque no existían las máquinas que hoy facilitan parte del proceso. Las jornadas comenzaban cuando apenas amanecía y terminaban al caer la noche. Se trabajaba de lunes a domingo. Aquellos días le enseñaron que detrás de un producto reconocido había algo mucho más importante: constancia, sacrificio y disciplina.
Quizá la etapa más dura llegó cuando empezó a asumir mayores responsabilidades dentro de la empresa.
Al tratarse de una producción completamente artesanal, debía participar en todas las etapas del proceso. Desde recoger chamiza (ramas secas, maleza y cañas delgadas que sirven para alimentar el horno), cargarla al hombro y transportarla hasta el local, hasta apoyar directamente en la elaboración de los alfajores.
Era un trabajo físicamente exigente, pero también una oportunidad para descubrir las debilidades del negocio e ir mejorándolo poco a poco.
Nunca pensó en rendirse.
Como ocurre en cualquier emprendimiento, hubo momentos difíciles, pero siempre encontró un motivo para seguir adelante.
Ese motivo tenía nombre y apellido: su familia. Sus hijos se convirtieron en la mayor razón para continuar esforzándose y construirles un futuro mejor.
Con los años también comprendió que uno de sus errores había sido intentar hacerlo todo por sí solo. Aprendió que ninguna empresa crece de verdad cuando depende únicamente de una persona. Delegar funciones y trabajar en equipo terminó siendo una de las decisiones más importantes de su vida empresarial.
Paradójicamente, su mayor miedo nunca fue que el negocio desapareciera. Su mayor temor era que la empresa creciera tanto que algún día dejara de cumplir las expectativas de quienes confiaban en ella.
Por eso su desafío permanente ha sido crecer sin sacrificar la esencia, la calidad ni el compromiso que los clientes esperan cada vez que abren una caja de alfajores Vildoso.
Cuando Leonid habla de las personas que marcaron su vida, no duda un instante.
La primera es su mamá porque fue ella quien, desde muy pequeño, lo hizo aprender el oficio. A veces con paciencia y otras con firmeza, pero siempre con el propósito de transmitirle una tradición familiar que no podía perderse.
Hoy solo tiene palabras de agradecimiento.
Le agradece haberle enseñado a valorar el trabajo desde niño, a entender el compromiso con la familia y a descubrir que el esfuerzo tiene sentido incluso cuando nadie lo aplaude.
En el mundo empresarial siente admiración por empresas como La Ibérica, capaces de mantener durante décadas la calidad y el prestigio de sus productos sin renunciar a sus raíces.
Pero sus mayores referentes siguen estando dentro de casa.
Admira profundamente a su mamá por haber continuado el legado de su bisabuela y hacerlo crecer. También recuerda con cariño a sus tías Nela e Isabel, quienes heredaron la sazón y la destreza para preparar los postres que hacía su abuela con tanto cariño.
Para Leonid, emprender significa ser constante, empeñoso y mantener siempre el enfoque en aquello que uno quiere lograr.
Significa no conformarse. Significa buscar mejorar todos los días y crecer tanto en el trabajo como en la vida personal.
Hay dos valores que jamás estaría dispuesto a negociar: la honestidad, porque considera que es la base de cualquier relación con clientes, trabajadores y proveedores.
La empatía es el otro valor, porque solo comprendiendo a las personas es posible construir una empresa verdaderamente humana.
Mirando hacia atrás, siente que una de las mejores decisiones que tomó fue asumir el liderazgo del negocio familiar y dedicarse a modernizar procesos sin perder la esencia artesanal que caracteriza a la marca.
En ese largo camino también descubrió que era capaz de hacer mucho más de lo que imaginaba y que, con esfuerzo, constancia y disciplina, podía enfrentar cualquier reto y adaptarse a los cambios sin dejar de avanzar.
A los jóvenes que hoy sueñan con construir su propio camino les deja un mensaje sencillo: que no se rindan.
Las cosas importantes no llegan de la noche a la mañana. Todo proceso exige trabajo, paciencia, perseverancia y la capacidad de mantenerse firme incluso cuando los resultados todavía no aparecen. Hay que tener paciencia para esperar que la semilla brote.
También cree que hacer empresa en la Provincia de Islay exige tener claro lo que uno posee, por pequeño que parezca. Toda empresa comienza desde abajo. Los frutos llegan después, cuando el trabajo se mantiene en el tiempo.
Hay una frase que siempre ha escuchado y que le gustaría desmentir.
«Nadie es profeta en su tierra.»
Él piensa exactamente lo contrario.
Está convencido de que sí es posible crecer y construir algo importante en el mismo lugar donde uno nació, siempre que existan esfuerzo, dedicación y trabajo constante.
Hoy lo entusiasma mirar todo lo que ha conseguido, pero todavía más imaginar todo lo que falta por construir. Le motiva seguir mejorando, alcanzar nuevas metas y comprobar que el esfuerzo diario siempre termina dando resultados.
Y cuando le preguntan por qué vale la pena seguir apostando por nuestra provincia, responde con optimismo: porque esta tierra tiene un enorme potencial ya que existen actividades y tradiciones que pueden recuperarse, así como muchas oportunidades para innovar, emprender y crecer.
Antes de terminar, Leonid vuelve la mirada hacia quienes hicieron posible esta historia y entonces agradece a su bisabuela Daría, creadora del primer alfajor.
Gracias a ella —dice— pudo heredar este legado y contribuir a hacerlo crecer.
Y quizá ese sea el verdadero secreto de los alfajores Vildoso.
No solo están hechos de harina, miel o manjar y una receta centenaria. También están hechos de memoria, esfuerzo y cuatro generaciones de una familia que entendió que algunas recetas no solo alimentan el cuerpo.
También alimentan el alma y conservan la historia de un pueblo entero.

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