Amaru, accionista mayoritario de mi casa
¿Le tengo envidia a mi gato? Mis hijas aseguran que sí. Se ríen cada vez que lo digo, como si estuviera exagerando. Yo, sinceramente, empiezo a creer que tienen razón.
Su nombre es Amaru y, aunque no es precisamente la serpiente mítica del mundo andino, algo de legendario debe tener. Llegó a nuestra casa gracias a una operación de rescate social organizada por Andrea y Gabu. Nació en un patio de cemento y sospecho que jamás imaginó el ascenso social que le esperaba. Hoy vive en una casa con jardín, piscina y acceso directo al mar. Parece un gato de la Riviera Francesa. Si los gatos tuvieran Instagram, probablemente sería uno de esos influencers que muestran una vida perfecta sin haber trabajado un solo día para conseguirla.
Corretea entre las plantas, toma sol cuando le provoca y explora cada rincón con una curiosidad que parece verdaderamente inagotable. A veces lo veo moverse entre las macetas y tengo la impresión de convivir con un pequeño tigre. Siempre he sentido fascinación por los felinos. Recuerdo que cuando Andrea era pequeña le decía que, si algún día pudiera tener cualquier animal en casa, elegiría un tigre. Felizmente la naturaleza negoció mejor conmigo y me envió una versión doméstica.
Lo que más me llama la atención es que Amaru está absolutamente convencido de que la casa le pertenece. Cuando caminamos por algún pasadizo jamás cede el paso. Se instala exactamente donde uno necesita pasar y permanece allí con una tranquilidad insultante.
Yo le reclamo:
—Amaru, esta es mi casa. Tú eres un invitado reciente.
Entonces me mira con expresión aburrida que solo los gatos dominan, como diciendo:
—No friegues.
Y no se mueve un centímetro.
La verdad es que actúa como si la ficha de Sunarp estuviera inscrita a su nombre. Y sospecho que, si algún día la reviso bien, terminaré descubriendo que yo aparezco únicamente como usufructuario.
Pero lo realmente sorprendente no es su sentido de la propiedad, sino su modelo de vida. Resulta que los gatos duermen cerca de dos tercios del día. Cuando se encuentran entre ellos no maúllan; esa voz la han reservado exclusivamente para manipular humanos. Nos tienen perfectamente entrenados. Además, reconocen mucho más por el olor que por la cara. Eso explicaría por qué, cuando regreso sudado y apestando después de la bicicleta, me observa con cierta distancia, como diciendo: «Anda a bañarte primero y después conversamos». Y, para rematar, pueden mover cada oreja de manera independiente. Yo, después de una reunión de directorio, apenas consigo mover una ceja.
No trabaja, no paga cuentas, no responde correos, no hace presupuestos ni conoce la angustia de un cierre de mes. Su principal responsabilidad consiste en decidir en qué rincón del jardín dormirá la siguiente siesta y, francamente, desempeña esa tarea con una dedicación admirable.
Además, existe una diferencia filosófica que siempre me ha hecho gracia: el perro cree que eres un dios porque le das comida; el gato cree que él es el dios… precisamente porque tú le das comida.
Por lo menos Hércules, nuestra anterior mascota (RIP), ladraba cuando aparecía alguien y uno podía argumentar que cumplía funciones de seguridad. Existía una cierta reciprocidad en la relación. Él cuidaba la casa y nosotros le dábamos comida y cariño. Era un acuerdo razonable entre las partes.
Amaru jamás firmó ese contrato. No vigila, no protege, no aporta al presupuesto familiar ni parece interesado en hacerlo. Descansa, se estira, toma sol, inspecciona el jardín y vuelve a dormir como si regresara agotado de una intensa jornada de no hacer absolutamente nada.
¡No es justo!, como solían decir mis hijas cuando eran pequeñas.
Y, sin embargo, todos lo engreímos. Sobre su evidente condición de vago recibe premios, caricias y juguetes para que pueda corretear con mayor comodidad.
Cuando necesita atención médica va al veterinario en camioneta Audi. Y, encima, va acompañado de una conductora que hasta le abre la puerta. Yo voy caminando.
Su baño y arreglo cuestan cuarenta soles. Mi peluquero cobra quince y queda al frente de mi oficina, así que hasta ahorro suela de zapato. Lo llevan, lo esperan y regresan a recogerlo. Si uno calcula la relación entre gasolina, tiempo y resultado económico, el negocio hace agua por todos lados.
Pero nadie parece preocupado. Al contrario. Cuando vuelve limpio, perfumado y satisfecho, todos lo felicitan como si acabara de firmar un importante acuerdo comercial. Yo llevo treinta y ocho años trabajando y todavía nadie me recibe con semejante entusiasmo después de una visita al peluquero. Es más, sospecho que muchas veces ni siquiera se dan cuenta de que me corté el pelo.
Sinceramente, creo que existe un evidente desequilibrio que merece ser investigado. Mis hijas sostienen que el problema no es Amaru. Que el problema soy yo y que le tengo envidia. Y, después de analizarlo con calma —de esa que tengo poca—, creo que tienen razón.
Porque no envidio lo que tiene. Envidio cómo vive. Tiene curiosidad permanente por todo lo que lo rodea. No parece preocuparse por el pasado ni angustiarse por el futuro. Practica permanentemente el mindfulness, no vive pendiente del reloj, no siente culpa por descansar ni necesita justificar cada minuto de su existencia. Simplemente vive.
Hoy, mientras plantaba unos arbustos en el jardín y ya estaba medio cansado, vino Amaru y le reclamé:
—Amaru, por lo menos pásame la lampa o tráeme un vaso de agua que me muero de sed.
Me miró unos segundos. Levantó lentamente una pata, como invitándome a jugar. Estoy casi seguro de que quería decir:
—Menos conversación y más jardinería.
Mientras yo hago listas de pendientes, proyectos, reuniones, publicaciones, algún evento y compromisos, Amaru duerme una siesta bajo el sol del jardín. Mientras yo intento organizar la próxima semana, el próximo año y, por si acaso, la siguiente década…mi velorio, él está completamente concentrado en perseguir una polilla que el viento acaba de traer. Mientras yo sigo pensando en todo lo que falta por hacer, él parece perfectamente satisfecho con lo que está ocurriendo exactamente ahora.
Quizá por eso me cae bien. Y quizá por eso también le tengo un poco de envidia.
Después de todo, llevo sesenta años aprendiendo a ser estudiante, empresario, gerente, dirigente, esposo, papá y ciudadano responsable. Quizá ya sea hora de aprender una profesión completamente distinta: ser gato.
Aunque sospecho que nunca me graduaré. Para empezar, sigo sintiéndome culpable cuando descanso diez minutos. Amaru lleva años demostrando que descansar también puede ser un trabajo de tiempo completo.
Definitivamente, el accionista mayoritario de esta casa entiende mucho mejor la vida que su gerente general.



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