Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma.
Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la Provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.
Mientras algunos esperaban oportunidades, Renzo subió al volcán.
Hay personas que recuerdan su infancia por una casa. Otras por un colegio. Renzo Denegri la recuerda por una pelota.
Porque antes de los MBA, de la inteligencia artificial, de las reuniones de directorio y de los cargos ejecutivos, hubo un niño de Mollendo que soñaba con ser futbolista y que pasaba buena parte de sus días corriendo detrás de un balón.
Jugaba donde hubiera espacio para hacerlo.
En el campín. En la playa. En el Club de Tiro. En el Praga. En el viejo estadio. En la cancha del Lolo o en la de tierra del Olaya. Bajo el puente de la playa. Incluso en la antigua cárcel de Mollendo. ¿Recuerdan que de chicos podíamos ir a jugar a la carcel?
Para quienes crecieron en la ciudad, esos nombres no son solamente lugares. Son recuerdos. Son parte de una época. Son escenarios donde se construyeron amistades, rivalidades deportivas y tardes enteras que parecían no terminar nunca. ¡Un mundial provincial!
Y para Renzo representan algunos de los recuerdos más felices de su niñez.
Estudió en el colegio San Francisco de Asís desde el primer hasta el último año. Como muchos adolescentes de su generación, estaba convencido de que el fútbol ocupaba el centro del universo. Sin embargo, mientras la pelota seguía siendo una pasión, la vida comenzó a mostrarle otros caminos.
Uno de ellos apareció cuando ingresó a Ingeniería de Sistemas en la UNSA, obteniendo el primer puesto en el proceso de 1997.
Fue allí donde conoció a un profesor que terminaría despertando una curiosidad que marcaría buena parte de su futuro profesional.
El curso se llamaba Inteligencia Artificial. Hoy la IA aparece en todas las conversaciones, pero en aquellos años era casi un territorio desconocido para la mayoría. Renzo quedó fascinado con las posibilidades que ofrecía. Particularmente con una disciplina llamada Data Mining, que años más tarde evolucionaría hacia lo que hoy conocemos como Data Science.
Le llamaba la atención que los datos pudieran ayudar a entender comportamientos humanos, anticipar decisiones y descubrir patrones invisibles para la mayoría de las personas. Lo que comenzó como simple curiosidad académica terminó convirtiéndose en una vocación
Durante años trabajó analizando información y construyendo modelos que ayudaban a las empresas a tomar mejores decisiones. Sin embargo, con el tiempo empezó a sentir que algo no terminaba de cerrar el círculo.
Los especialistas analizaban los especialistas recomendaban pero las decisiones finales las tomaban otros.
Y entonces comenzó a preguntarse qué ocurría al otro lado de la mesa.
Esa duda e inquietud terminó llevándolo a una decisión importante. Dejar de ser quien sugería las decisiones para convertirse en quien debía tomarlas. Así fue como decidió dar el salto hacia el marketing y asumir responsabilidades cada vez más cercanas al negocio, a los clientes y a la conducción de equipos.
Mirando hacia atrás, reconoce que buena parte de esa confianza nació de dos fuentes permanentes: el ejemplo de sus padres, Rolando y Zenelia, y el camino que iba recorriendo su hermano Sandro, quien muchas veces transitó experiencias similares a las que después le tocaría vivir.
En 2002 apareció una oportunidad para ir a trabajar a Lima. Un año más tarde surgió otra en Chile.
La idea era simple: trabajar algunos años, seguir aprendiendo, ganar experiencia y regresar
Pero la vida tiene la costumbre de modificar nuestros planes sin pedir permiso. Energía le llamamos otros.
Aquello que parecía un proyecto de dos años terminó convirtiéndose en una historia de más de dos décadas por lo que Chile dejó de ser un destino temporal para transformarse en hogar.
Allí desarrolló una carrera que lo llevó a trabajar en compañías como Walmart Chile, Cencosud y Sodimac, donde actualmente se desempeña como Gerente de Clientes y Marketing. También fue el lugar donde siguió estudiando, creciendo profesionalmente y construyendo una vida junto a Noelia, su esposa, y sus hijos Facundo, Renata y Salvador, de quienes habla con evidente orgullo.
Con el paso de los años llegaron también nuevos desafíos académicos. Obtuvo un Máster en Estadística en la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero todavía conservaba un sueño pendiente.
Quería estudiar en Estados Unidos y no porque alguien se lo exigiera o necesitara un título adicional. Simplemente porque era un sueño que había guardado durante mucho tiempo.
Y decidió cumplirlo.
Años después se graduó del MBA de Kellogg School of Management, en Northwestern University, una de las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo.
Visto desde afuera, el recorrido parece perfectamente planificado.
Hubo oportunidades aprovechadas a tiempo, decisiones difíciles, momentos de mas duda e incertidumbre y también dosis importantes de perseverancia.
Porque si algo ha aprendido Renzo es que la vida se parece mucho a una sucesión de trenes que pasan frente a nosotros. Algunos aparecen una sola vez. Otros regresan más adelante. Pero en todos los casos existe una condición indispensable: estar preparado para subir cuando llegan. “Suerte” le llaman los que intentaron poco o nada
No siempre es sencillo.
La pandemia, por ejemplo, fue uno de los momentos más complejos de su trayectoria profesional. Había asumido recientemente su actual cargo y pensaba que tendría entre tres y seis meses para adaptarse. Sin embargo, apenas dos meses después el mundo cambió de una manera que nadie había previsto.
De pronto llegaron decisiones difíciles, incertidumbre permanente y una presión enorme para responder en medio de circunstancias inéditas.
Fue una etapa intensa que todavía recuerda.
Y como le ocurre a la mayoría de las personas, hubo momentos en los que rendirse pareció una posibilidad razonable. Sin embargo, nunca permaneció demasiado tiempo en esa idea.
La formación recibida en casa, la responsabilidad hacia su familia y la convicción de seguir avanzando terminaron pesando más.
Curiosamente, una de las lecciones más importantes de su vida no llegó en una universidad ni en una sala de directorio.
Llegó en la ladera de un volcán.
Poco tiempo después de instalarse en Chile decidió subir el volcán Villarrica junto a un amigo. A mitad del ascenso sintió que el cansancio era demasiado. Cada paso costaba más que el anterior y la cumbre parecía alejarse en lugar de acercarse.
Fue entonces cuando el guía se acercó y le dijo algo que jamás olvidaría:
—Renzo, necesito que camines. A tu ritmo. Pasos cortos, pero constantes. Pero prométeme algo: nunca dejarás de caminar.
Horas después llegaron a la cima.
Y aunque aquel hombre probablemente nunca volvió a verlo, terminó dejándole una enseñanza que lo acompañaría toda la vida.
Con los años comprendió que aquella frase servía para mucho más que subir una montaña. Servía para construir una carrera profesional, para enfrentar una crisis, para formar una familia y para perseguir objetivos que parecen demasiado grandes cuando uno los observa desde lejos.
Porque muchas veces el éxito no depende de correr más rápido que los demás. Depende de seguir avanzando cuando otros se detienen.
Quizás por eso admira tanto a Marcos Galperín, fundador de Mercado Libre, por su capacidad visionaria para anticipar el futuro. Y quizás por eso también siente admiración por Rafael Nadal, no solamente por sus títulos, sino por esa capacidad inagotable para seguir luchando incluso cuando las circunstancias parecen adversas.
Cuando habla con jóvenes suele transmitirles una idea similar y les recuerda que el fracaso no ocurre cuando uno cae. El fracaso ocurre cuando uno decide no levantarse.
Todavía recuerda una frase pronunciada durante su graduación en Kellogg por uno de los profesores que más lo marcaron: “Muchas veces no eliges tus desafíos ni los problemas que te toca enfrentar; pero la actitud con la cual los enfrentas es siempre tu decisión. La actitud siempre es tuya”.
Para Renzo, esa frase resume buena parte de lo aprendido durante el camino.
La actitud sigue siendo una elección…todos los días.
Por eso tampoco comparte una expresión que todavía se escucha con demasiada frecuencia en nuestra provincia.
“Aquí no se puede hacer nada”.
Él cree exactamente lo contrario.
Está convencido de que aquí en la Provincia de Islay todavía existen enormes oportunidades para desarrollar productos, servicios y empresas. Cree que no todo lo bueno tiene que venir de Lima o Arequipa y que muchas veces la principal limitación no es la falta de oportunidades, sino la costumbre de pensar que las oportunidades siempre están en otro lugar.
Su propia historia es, en cierta forma, una demostración de ello.
El talento no tiene dirección geográfica y por ¡supuesto!, puede surgir en cualquier parte.
También en Mollendo.
Hoy sigue observando con entusiasmo cómo la inteligencia artificial transforma el marketing, los negocios y prácticamente todas las industrias. La misma curiosidad que sintió cuando era estudiante permanece intacta. Sigue aprendiendo, sigue haciéndose preguntas y sigue intentando entender hacia dónde se mueve el mundo.
Y quizás eso explica por qué, al final, esta no es solamente la historia de un gerente de marketing, de un MBA o de un especialista en datos.
Es la historia de un muchacho que pasó su infancia corriendo detrás de una pelota por las canchas de Mollendo, que un día decidió perseguir oportunidades más allá de las fronteras de su ciudad y que descubrió una verdad sencilla que todavía lo acompaña como cola de gato.
Los sueños rara vez se cumplen de un salto. Casi siempre se cumplen igual que una montaña. Paso a paso.
Sin dejar de caminar.

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Las buenas historias merecen seguir viajando.
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