Los miedos no se van. Solo cambian de nombre.

Lo que una pregunta de unos alumnos de quinto de media me hizo recordar.

Hace unos días me preguntaron:

—¿Qué miedos tenías cuando cursabas quinto de media?

Muchos de verdad.

A los 17 años recién cumplidos, en enero de 1983, hacía cola para inscribirme al examen de admisión de la Católica de Arequipa. Lo curioso es que cuando me faltaban apenas unos metros para llegar a la mesa de inscripción todavía no sabía si estudiar Administración o Arquitectura.

La fila avanzaba lentamente y yo transpiraba de nervios por no poder decidirme. Llegué al escritorio, me preguntaron qué carrera iba a seguir y respondí:

—Administración.

Supongo que fue lo natural para alguien que creció escuchando hablar de negocios en su casa.

A veces pienso que por muy poco los alumnos con los que conversé estos días habrían estado escuchando a un arquitecto y no a un negociante, como yo. Y lo más probable es que hubiera sido un arquitecto con pasión, porque siempre me ha gustado garabatear el bosquejo de algunas de las cosas que he podido construir.

Me encanta imaginarme que el sueño de una hoja se materialice en ladrillo y pared.

Ahora que lo escribo, creo que me ocurre exactamente lo mismo con los negocios. También empiezan siendo una idea dibujada en una hoja para luego intentar convertirla en algo real. Después de tantos años, pienso que quizá aquellas dos opciones no fueron tan distintas. Una construía edificios. La otra construía proyectos. Ambas, de alguna manera, consistían en imaginar algo que todavía no existía.

Lo que sí recuerdo perfectamente es el miedo.

No el miedo a fracasar. Ni siquiera el miedo a equivocarme. Era el miedo a elegir.

Porque elegir una cosa significaba renunciar a otra. Y cuando uno tiene 17 años cree que cada decisión determinará para siempre el resto de su vida…

Con los años he descubierto que no es exactamente así. Las decisiones importan, claro que sí. Pero la vida también tiene la costumbre de abrir puertas que uno jamás había imaginado. “Los astros se alinean”, dicen otros.

En los últimos días he visitado cuatro colegios para conversar unos minutos con alumnos de quinto de media. Quise contarles algunas de las dudas y temores que yo tenía cuando estaba exactamente en la misma etapa que ellos.

Algunas aulas fueron más receptivas que otras, pero todas resultaron igual de motivadoras para mí.

La idea nació gracias a Karla, una gran amiga a quien admiro por su entusiasmo por la educación. Fue ella quien me sugirió y ayudó a organizar estas visitas a distintos colegios de la provincia. Además, a los chicos que participan y preguntan, les regalo un ejemplar de Narrativas desde el Balcón, ese pequeño libro que recientemente publiqué.

En la primera visita, una jovencita levantó la mano y repitió la misma pregunta que luego escucharía en varios colegios.

La pregunta me acompañó durante las siguientes visitas y terminé utilizándola como punto de partida para todas las conversaciones.

Porque sí, tenía muchos miedos.

Miedo en aquella fila universitaria para elegir una carrera. Miedo después al momento de decidir en qué trabajar. Cuando inicié mi primer negocio vendiendo polos. Miedo a equivocarme al elegir pareja o a quedarme soltero. Miedo al momento de decidir con quién casarme, cuántos hijos tener, qué negocios hacer, cuáles no tomar, cuándo bajar el ritmo de trabajo o cómo encontrar otros equilibrios en la vida.

Mientras conversaba con ellos me di cuenta de algo curioso. A los 17 años creemos que el miedo es una etapa, algo que desaparecerá cuando seamos adultos, cuando tengamos trabajo, experiencia o dinero. Pero no es cierto. Lo único que cambia es el nombre del miedo. A los 17 uno teme elegir carrera; a los 25, encontrar trabajo; a los 30, fracasar en un negocio; a los 50, perder lo que construyó; y a los 60, descubrir que quizá no está aprovechando bien el tiempo que le queda. Los miedos evolucionan con nosotros.

—¿Tantos miedos? —me preguntó uno de los alumnos.

—Sí, muchos. Durante toda la vida. Y esos temores que ustedes sienten ahora sobre el futuro son completamente naturales. Por eso estoy aquí para contarles los mios.

Entonces otro estudiante hizo la pregunta más importante de la mañana:

—¿Y qué hiciste para vencerlos?

La respuesta es bastante menos elegante de lo que uno quisiera.

Solo hay una forma: enfrentarlos y dar el paso adelante. Con miedo, pero darlo.

Porque si hubiera esperado sentirme completamente seguro para actuar, probablemente nunca habría elegido una carrera, iniciado un negocio, formado una familia, escrito un libro ni aceptado muchos de los desafíos que terminaron dándole forma a mi vida.

Lo peor que uno puede hacer es dejarlo para después, seguir evaluándolo eternamente o convencerse de que mañana tendrá más información y el próximo mes estará mejor preparado. Procrastinar, como ahora está de moda decir.

En la Escuela de Negocios que dirijo desde hace años, y donde ayudo gratuitamente a otros,  suelo repetir algo parecido: el miedo no siempre es malo. Bien administrado nos mantiene alertas, evita que nos confiemos demasiado y nos obliga a mirar con atención las oportunidades que aparecen a nuestro alrededor.

Coge nomás esa oportunidad que se te presente, tírate el miedo a la espalda y sigue adelante. O simplemente: «¡Adelante!», como repetía Fernando Belaunde.

Al terminar una de las charlas con los colegiales me quedé pensando que, en realidad, no había ido a enseñarles demasiado a esos muchachos. Más bien había ido a recordar algo junto con ellos.

Recordar que casi todas las cosas importantes de nuestra vida llegaron acompañadas de incertidumbre y que nunca estuvieron libres de miedo. Y probablemente nunca lo estarán.

Porque el miedo no desaparece cuando cumplimos 18, 30 o 60 años. Solo cambia de nombre.

Lo que sí cambia es nuestra capacidad para convivir con él.

Y quizá esa sea una de las diferencias entre la juventud y la experiencia: los jóvenes creen que algún día dejarán de tener miedo. 

Porque la mayoría de las veces el miedo no te destruye. Lo que realmente te destruye es quedarte estacionado esperando sentirte completamente seguro para actuar.

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El día que tocó en el Dean Valdivia

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Las buenas historias merecen seguir viajando.
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4 respuestas a «Los miedos no se van. Solo cambian de nombre.»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Es verdad , el secreto esdar el primer paso Es atreverse, Nosabía q hubieras querido ser arquitecto…. yo Tambien… y en esa época no había la carrera en la Católica

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  2. Avatar de
    Anónimo

    excelente Reflexión, estoy de acuerdo totalmente ,el tema es muy veraz.

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  3. Avatar de carpediem 789
    carpediem 789

    El miedo es parte de la vida,lo importante es poder transitar por él sabiendo que al tomar una decisión,este nos dejará hasta otro momento que nos toque vivir en cualquier ámbito… para bien o mal 🙌

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  4. Avatar de
    Anónimo

    excelente labor . Transmitir y dejar legado . 👏👏

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