Soñadores que Cumplen #30 | Rosamarie Ocola – Sosteniendo una gasa de niña

Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma.

Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la Provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.

Sosteniendo una gasa de niña

Hay personas que descubren su vocación después de muchos intentos. Y hay otras que la encuentran cuando apenas alcanzan a mirar por encima de una camilla.

Rosemarie Ocola parece pertenecer a este segundo grupo.

Tenía apenas cinco años cuando un accidente doméstico marcó el rumbo de su vida. Su mamá se había quemado gravemente una pierna con aceite y quien la atendía era su tío, el médico Juan Rivera Arenas. Mientras realizaba las curaciones, le pedía ayuda a la pequeña Rosemarie: alcanzar una gasa, una pinza, algún instrumento. Ella observaba cada movimiento con la fascinación de quien todavía no sabe que está viendo su futuro.

Cuando su mamá finalmente sanó, tomó una decisión que nunca volvería a cuestionar:

—Yo voy a hacer lo que él hace.

Y así fue.

Desde niña soñó con ser médica y nunca cambió de rumbo. No hubo etapas de duda, ni planes alternativos, ni carreras sustitutas. Su vida estuvo marcada por el estudio y por una convicción sencilla que escuchaba constantemente en casa: la educación podía abrir cualquier puerta.

Sus principales maestros fueron Oswaldo y Silvia…sus papás.

Silvia, en una época en la que las oportunidades para las mujeres eran más limitadas, repetía frases que terminaron convirtiéndose en una filosofía de vida: “Todo lo que los hombres hacen, las mujeres lo hacen mejor”; “Lo ganas o lo empatas, pero nunca pierdes”; “Lo que tengas que hacer, hazlo lo mejor que puedas”.

Oswaldo completaba la lección con otra frase que ella todavía recuerda:

—El estudio es la mejor inversión y tu capital es tu cerebro.

Con esas ideas creciendo dentro de ella, la medicina dejó de ser un sueño para convertirse en un destino.

Su primer contacto profesional con la realidad llegó durante el SERUM. Frente a ella aparecieron pacientes con enormes necesidades y una profunda esperanza de encontrar alivio. Aquellos primeros días confirmaron que había elegido correctamente. Curar cuando es posible y aliviar cuando no lo es se transformó en una misión de vida.

Pero la medicina también le enseñó una lección difícil: no siempre el esfuerzo obtiene el resultado esperado.

Durante los primeros años de ejercicio profesional, cada paciente que fallecía dejaba una huella profunda. Entender que existen límites, incluso para quienes dedican su vida a sanar, fue uno de los aprendizajes más duros de su carrera. Sin embargo, lejos de rendirse, decidió estudiar más, capacitarse más y seguir aprendiendo cada día.

Nunca pensó abandonar el camino.

Uno de los errores que más recuerda fue confiar en revisiones realizadas por otras personas y respaldarlas con su firma. Aquella experiencia le dejó una enseñanza que mantiene hasta hoy: la responsabilidad profesional es personal e indelegable. Hay cosas que solo pueden verificarse con los propios ojos y la propia conciencia.

Por circunstancias de la vida regresó a Mollendo pensando que sería algo temporal. Imaginó unos meses antes de volver a otros proyectos. Ya está aquí treinta y cinco años.

Desde entonces ha desarrollado su labor en ESSALUD, ha establecido un consultorio médico, ha formado una familia, dirigió el Hospital de ESSALUD entre 2017 y 2020 y ha servido a la comunidad desde diversas instituciones, entre ellas la Cruz Roja.

Quizá una de sus mayores satisfacciones sea haber demostrado que no es necesario abandonar la tierra que te vio nacer para desarrollarte profesionalmente.

Durante años le preocupó no haber conseguido una especialidad médica. Con el tiempo entendió que la actualización permanente, la experiencia acumulada y el compromiso con sus pacientes podían generar un impacto enorme, especialmente en una provincia donde muchas veces los especialistas escasean.

Su historia también rompe otro mito: el de que nadie es profeta en su tierra.

Desde 1991 ejerce la medicina en Mollendo y siente que no solo ha atendido pacientes, sino que también ha contribuido al crecimiento de la ciudad.

Cuando habla de valores no duda un instante. Para ella la honestidad ocupa el primer lugar. Cree que las personas no tienen precio, que los actos deben ser transparentes y que la empatía es indispensable tanto en la medicina como en la vida cotidiana.

“Trata a los demás como te gustaría que te trataran”, resume.

Y aunque la medicina le ha dado muchas satisfacciones, quizá el descubrimiento más importante haya sido otro: comprobar que era mucho más fuerte de lo que imaginaba. Que la constancia suele derrotar a las dificultades. Y que el dinero, aunque importante, nunca supera la satisfacción de hacer bien aquello que uno está llamado a hacer.

Cuando se le pregunta qué consejo daría a los jóvenes, responde con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino: estudien, sean perseverantes, aléjense de los vicios y no se desanimen frente a los problemas.

Porque los sueños, al igual que los pacientes, necesitan cuidado constante.

Y porque a veces una vida entera puede nacer de una escena aparentemente insignificante: una niña alcanzando gasas y pinzas mientras observa cómo alguien devuelve la salud a su querida mamá.

El resto de la historia fue simplemente cumplir el sueño que empezó aquel día.

«Hay sueños que nacen en un quirófano. El de Rosemarie nació sosteniendo una gasa a los cinco años.»

Rosemarie con su nieto Biel y su hijo José Humberto
Junto a sus hermanas Madeleine y Eveline, sus papás Oswaldo y Silvia

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Las buenas historias merecen seguir viajando.
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