Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro.

Hay una frase antigua que dice que uno, para justificar el paso por este planeta, debería hacer tres cosas: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro.

Siempre me pareció una frase medio acartonada, etiquetada. Casi como de calendario en consultorio del psicólogo.

Hasta que me di cuenta de algo curioso para mí: sin proponérmelo demasiado… terminé haciendo las tres.

 

Lo que heredé: mis hijas

Y la vida, como siempre, me dio más. No una: me regaló cuatro.

Anne y Marian, mis gemelas de 34; Andrea, de 25; y Gabriela, una pequeña conspiración de 12 años que llegó cuando ya, jactanciosamente, creía haber entendido la paternidad… solo para descubrir que no entendía absolutamente nada.

Porque los hijos no vienen a confirmar tu sabiduría. Creo que vienen, felizmente, a romperte los esquemas y a desordenarte la vida.

Estoy seguro de que los hijos no están para cumplir las expectativas de los padres ni para convertirse en una extensión de ellos, sino para desarrollar su propia vida.

Lo que pasa que somos unos metetes naturales y queremos “criarlos” hasta que cumplan cincuenta.  No corresponde.

Y uno, que se cree sabio al estar formándolas, guiándolas y enseñándoles cosas importantes sobre la vida… después termina aprendiendo de ellas cosas mucho más simples y mucho más difíciles: paciencia, ternura, tolerancia, flexibilidad —de esa que a mí me falta tanto— y una curiosidad que especialmente me encanta en ellas.

Las cuatro son distintas. Todas cargan pedazos de mí mismo.

Como dice la frase de Khalil Gibran en El Profeta:

«Tus hijos no son tus hijos.

Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida por sí misma.

Vienen a través de ti, pero no de ti.

Y aunque estén contigo, no te pertenecen.»

A los veinte, cuando la leí la primera vez,  me parecía una frase bonita. Hoy me parece una descripción bastante más precisa de la realidad.

De izquierda a derecha: Andrea, Gabriela, Marian y Anne

 

Lo que sembré: el árbol

Después está el árbol.

Lo planté en la primavera de 2018. Pequeñito, de unos 30 centímetros, del mismo tipo de los abundantes que hay en Mejía, y lo escogí porque es resistente al clima de mi jardín inevitablemente casi marino.

Está en la parte media alta del jardín, creciendo sin ruido mientras el resto del mundo corre desesperado detrás de reuniones, ratios de eficiencia y ansiedad premium.

Cuando tendría no más de dos meses de plantado y ya empezaba a brotar, falleció mi papá en noviembre de 2018. Aproveché, saqué un puñado de sus cenizas y las esparcí alrededor, abonando sus raíces.

Creció hasta unos cuatro metros y, aunque Justo lo poda regularmente para que no invada más espacio, ahí y en ese mismo tronco fue donde, en diciembre del año pasado, también eché las cenizas de mi mamá al día siguiente de su fallecimiento.

Así que no solo cumplí lo de plantar un árbol, sino que hice, sin querer, algo que todavía “siento” cuando paso a su lado y con frecuencia rozo su tronco con la mano: conectarme con ellos dos.

Y entonces, en ese “juego de caricias”, se entiende algo raro: que los árboles son quizá una forma de memoria.

Y lo digo porque no hablan, no explican, solo siguen creciendo. Se vuelven de tronco más grueso, más altos, más viejos… más sabios. Otra para aprender de ellos.

 

Lo que escribí: el libro

Y entonces el libro.

Ayer ocurrió la tercera cosa, porque la editorial de Lima me dijo que había enviado los paquetes y, ansioso, fui a recogerlos al transporte.

Publiqué mi libro: Narrativas desde el Balcón.

Qué extraño se siente escribir eso.

Porque uno pasa años diciendo: “algún día escribiré un libro”, como quien promete aprender chino, comenzar a bajar la panza en el gym o inscribirse en ese curso de IA que ahora está de moda.

Hasta que un día deja de hablar… y lo hace.

Y entonces entiendes que publicar un libro no tiene tanto que ver con ego (¿quizá un poco?) ni con literatura.

Tiene más que ver, como en mi caso, con dejar testimonio y con pretender transmitir optimismo que a mi siempre me desborda.

Decir: “esto pensé”; “esto vi”; “esto me dolió”; “esto aprendí mirando la vida desde mi pequeño balcón mental”.

Además, publicar un libro hoy tiene algo casi absurdo porque vivimos en una época donde la atención dura menos que un semáforo en amarillo. Acordémonos de los efímeros reels.

Y aun así, uno decide sentarse a escribir páginas y páginas esperando que otro ser humano, en algún lugar, se detenga a leerlas.

Casi un acto de rebeldía.

“¿Pero por qué todos los martes?”, me preguntan.

Porque escribir también es disciplina. Desde noviembre de 2024, en que empecé con www.novuz.blog no he fallado un solo martes y quizá sea también mi tok Vargas Llosa que inevitablemente me persigue.

Y anoche, mientras abría emocionado el primer paquete y veía el libro encima de mi escritorio ya publicado, hubo una primera imagen: la sonrisa de mis papás viéndome.

Creo en esa energía. No sé explicarlo racionalmente. Pero la sentí.

Después hice algo muy simple, de corazón y sin planearlo: tomé el primer libro que saqué de la caja y, sin pensar, lo guardé para Karen con una pequeña notita con el que se lo entregué.

No sé por qué lo hice, pero pensé que, si a alguien le iba a regalar el primero, tenía y quería que fuera a ella. Especialmente a ella.

 

Tener un hijo. Plantar un árbol. Escribir un libro. Durante años pensé que eran tres tareas distintas.

Hoy me circula la idea de que son exactamente la misma: una forma, quizá elegante, de aceptar que uno se va a ir… y aun así dejar algo creciendo cuando ya no esté.

3 respuestas a «Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro.»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Exacto, dejar un legado a la gente que te conoce y a los de Mollendo especial .

    felicidades querido amigo

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  2. no pude evitar tirar una lagrimita, muchas felicidades por esos logros, igual habra que plantearse 3 mas 🙂

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  3. Avatar de
    Anónimo

    Muy lindo , sentí cada palabra, y sentí la alegría de mis pas también. 😍

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