Serie:Soñadores que Cumplen / Segunda Temporada – VICTOR HUGO SANCHEZ

El hombre que ayudó a encender una provincia

Esta historia nace de una conversación de 20 preguntas. 

Hay personas que dejan huella construyendo empresas. Otras la dejan construyendo carreteras, colegios o puentes.

Víctor Hugo Sánchez Valencia ayudó a construir algo menos visible, pero igual de importante: la electricidad que hoy llega a miles de hogares de la Provincia de Islay. Y lo hizo durante cuarenta y cuatro años.

Pertenece a una generación de mollendinos que no hablaba demasiado de liderazgo, propósito o desarrollo personal. Simplemente trabajaba. Trabajaba mucho. Y entendía que servir también era una forma de dejar legado.

Como ocurre con muchos jóvenes, sus primeros sueños estuvieron condicionados por las posibilidades económicas de su familia. En aquellos años, estudiar una carrera dependía tanto del esfuerzo como de las circunstancias. Sin embargo, hubo un episodio que marcaría su adolescencia. Mientras cursaba segundo de secundaria tuvo un problema con un profesor de idiomas que utilizaba la violencia contra los alumnos que no pronunciaban correctamente el inglés. La experiencia le generó tal impacto que dejó de estudiar durante varios años.

La vida siguió su curso.

En 1959, empujado por las ilusiones propias de la juventud, dejó Mollendo y partió hacia Lima. Allí descubrió rápidamente que los sueños suelen venir acompañados de golpes. Trabajó en distintos oficios, aprendió mecánica de motores marinos, participó en construcción naval y operó maquinaria. Fueron años de aprendizaje acelerado, de esos que pocas veces aparecen en los currículums, pero que terminan formando carácter.

Después de seis años decidió regresar a su tierra. Y fue una casualidad la que cambió el rumbo de su vida. Se encontró con Alberto Chang Álvarez, entonces administrador de la actual SEAL, quien le ofreció trabajo de inmediato.

—Tienes la opción de trabajar en tu casa o en la oficina.

Víctor Hugo eligió la oficina. Quería aprender.

Durante un año recorrió prácticamente todas las áreas de la empresa. Conoció cómo funcionaba por dentro y entendió que allí podía construir una carrera. Al año siguiente ingresó a planilla. Poco después se abrió un concurso interno para cubrir la plaza de cajero. Se invitó a participar a trabajadores con mucha más antigüedad, pero solamente una persona se presentó: él. La plaza fue suya.

Era una responsabilidad importante y también una oportunidad enorme.

Afortunadamente ya había tomado una decisión que terminaría marcando toda su trayectoria: estudiar. Se capacitó en contabilidad, administración y gerencia integral mientras trabajaba. Aquella combinación de estudio y experiencia le permitió crecer dentro de la organización. Con el tiempo fue nombrado contador de la Zonal Mollendo, luego jefe administrativo contable en Tacna y, finalmente, en 1999, cuando SEAL pasó a la administración de Electroperú, asumió la Jefatura Zonal.

No todo fue sencillo. Uno de los momentos más difíciles de su carrera ocurrió cuando un auditor llegó inesperadamente a la oficina de Mollendo y solicitó una revisión completa de los fondos. El efectivo y los cheques cuadraban perfectamente, pero apareció una diferencia en los registros de cobranza del Banco de la Nación. La cifra no cerraba. Durante días revisaron libros, conciliaciones bancarias y documentos. La diferencia seguía apareciendo y Víctor Hugo pasó cinco noches sin dormir. Finalmente descubrieron que el error provenía de información registrada en la oficina de Matarani. No existía perjuicio alguno para la empresa, pero el susto quedó grabado para siempre.

Curiosamente, rendirse nunca fue una opción. Mientras Electroperú ofrecía programas de capacitación, él los aprovechaba. Cada curso era una herramienta más para seguir creciendo. Si reconoce algún error en el camino, fue confiar demasiado en ciertas personas que terminaron defraudándolo. Sin embargo, tampoco guarda resentimiento. Prefiere llamarlo experiencia.

Entre sus mayores preocupaciones no aparecen balances ni auditorías. Aparece algo mucho más doloroso: el robo sistemático de cables y redes eléctricas en la provincia. La delincuencia asociada al cobre ha provocado accidentes y la muerte de personas inocentes que tuvieron la mala suerte de encontrarse con cables caídos. Esa realidad todavía le preocupa.

Cuando recuerda a las personas que marcaron su camino, menciona con especial respeto al doctor Hernán Montoya Valdivia, dos veces alcalde provincial de Islay y compañero suyo durante dos periodos como regidor. La relación entre ambos fue mucho más que política o institucional. En 1988, durante un viaje a Lima, Víctor tomó conocimiento de que Electroperú había elaborado el proyecto de factibilidad de la línea de transmisión Charcani-Cerro Verde-San José-Mollendo. Convencido de la importancia de aquella obra para la provincia, consiguió una reunión con el presidente ejecutivo de la institución y llamó al doctor Montoya para que viajara a Lima. Ambos ingresaron a la reunión, expusieron la necesidad del proyecto y lograron impulsar una iniciativa que terminaría cambiando para siempre el servicio eléctrico de Mollendo y gran parte de la provincia, poniendo fin a los frecuentes apagones que durante años habían afectado a la población.

Cuando recuerda ese episodio suele decir que muchas cosas importantes se consiguen mediante el diálogo y la construcción de buenas relaciones. También aclara que el apoyo entre él y el doctor Montoya fue siempre recíproco. Ambos se respaldaron en momentos difíciles, especialmente cuando la oposición municipal hacía más complejo el trabajo.

Cuando se le pregunta qué significa ser emprendedor, no piensa únicamente en negocios. Piensa en iniciativa. En la capacidad de mejorar permanentemente el trabajo que uno realiza, de crear valor, de observar fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, y de recordar siempre que el cliente tiene la razón. Tampoco duda cuando se le pregunta qué valor jamás estaría dispuesto a negociar: la verdad. Incluso cuando resulta incómoda, impopular o contraria a lo que otros desean escuchar.

A quienes más admira no los busca necesariamente en los libros. En el ámbito profesional reconoce al personal de trabajadores que durante años aportó conocimiento y esfuerzo para mantener la calidad del servicio y la imagen de la empresa. Y cuando mira su vida personal, la admiración tiene nombres concretos: su esposa y sus hijas.

Entre todas las decisiones que tomó, hay una que considera la más importante: haber contribuido a la electrificación de los asentamientos humanos de la provincia, de El Fiscal y de Valle Arriba. Porque al final, más allá de los cargos y los reconocimientos, siente que allí estuvo su verdadero servicio.

Después de tantos años de trabajo descubrió algo sencillo: que la voluntad y el interés de servir terminan convirtiéndose en el timón del destino. Por eso, cuando habla a los jóvenes, rescata aquella vieja frase de “Juventud, divino tesoro”, pero inmediatamente la aterriza a la realidad. Les recomienda prepararse para la acción y no para el placer, entender que los sueños requieren disciplina y asumir que nadie construirá su futuro por ellos.

Hoy habla con la tranquilidad de quien siente haber cumplido su propósito. Y cuando le preguntan por qué vale la pena seguir apostando por la provincia de Islay, responde sin romanticismos. Apostar por la provincia no significa quedarse pasivamente a sufrir; significa quedarse a construir algo propio, aunque sea pequeño: un negocio honesto, una familia, una comunidad. Porque todo eso termina contagiando a otros.

Y porque sigue convencido de que la provincia, la región y el sur del Perú tienen oportunidades enormes por delante. Entre ellas menciona una que lo entusiasma especialmente: el megapuerto de Corio. No lo ve solamente como una obra de infraestructura, sino como una oportunidad para las juventudes del presente y del futuro.

Quizá por eso, después de cuarenta y cuatro años de servicio, Víctor Hugo Sánchez continúa hablando más del mañana que del ayer.

Hay personas que se jubilan de un trabajo.

Él parece haber decidido no jubilarse nunca de la esperanza.

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