Cuando discutir se vuelve una forma elegante de no avanzar.
Creía entender el orden… hasta que me lo pusieron en la cara.
Veníamos de una escala de horas desde Los Ángeles. De esa mezcla rara donde, en una misma tarde, puedes pasar de Rodeo Drive —con su opulencia perfectamente podada hasta en sus lindos jardines públicos— a Venice, con olor a marihuana, reggae de fondo y arte que parece improvisado, pero no lo es. Para terminar la noche en el aeropuerto: me olvidé la mochila en el bus de traslado y, a mi mejor e inesperado ritmo runner, lo alcancé. Y no solo la recuperé, sino que recuperé las palpitaciones cardíacas y la sensación de que el viaje ya había empezado.
En el vuelo de Cathay Pacific, las hostesses caminaban a pasitos cortos, rápidas, casi sincronizadas. Amables pero sin exceso. Como si el servicio no necesitara ruido para ser bueno.
Pensé que eso era orden. Hasta que llegamos a Hong Kong.
531 puertas de embarque en tremendo aeropuerto, e inevitable comparación con las 42 que hay en el nuevo Jorge Chávez. Todo pulcro. No limpio… pulcro. La diferencia es sutil, pero se siente. Nadie levanta la voz. Nadie sobra. Nadie parece apurado… pero todo avanza. El vuelo a Beijing sigue esa misma lógica: trato correcto, eficiente, sin adornos.
Y ahí aparece la primera pregunta incómoda: ¿esto es cultura… o entrenamiento? Creo que 40/60.
Beijing no te recibe. Te sobrepasa.
La Ciudad Prohibida no impresiona por antigua… impresiona por absurda: doscientas concubinas (supongo que alguna sonrisa aparece en otro mañoso como yo). Cuatro mil habitaciones. Setenta y dos hectáreas. Cincuenta mil visitantes diarios caminando por un lugar donde, alguna vez, ni los demonios podían entrar porque no sabían saltar el umbral de la puerta.

Pero hoy uno entra caminando, cámara en mano, como si nada.
Y, sin embargo… algo se siente.
Sales a la calle y lo extraño empieza a parecer normal. No hay basura. No es que limpien mucho… es que no hay. Los celulares suenan muy poco. No hay ese concierto de notificaciones, de esos tantos soniditos que irritan y que en nuestro Perú ya es paisaje cotidiano.
Los semáforos no solo ordenan… están sincronizados en línea con ese tipo Waze que usan los taxis.
Las bicicletas no tienen candado. No porque sean buenas personas… sino porque “no tienes dónde vender lo robado”. Ahí algo me hizo click.
Eso cambia todo.
O ese fuerte recuerdo de cómo aún saludas a un amigo: ¿Has comido?. De hecho, es la reminiscencia del hambre que, hasta hace pocas décadas, existía acá. Lo que para nosotros es un simple “hola, ¿cómo te va?”, para ellos es la evocación del estómago.
En Qianmen, los pinchos en la calle le dan vida a una zona que podría parecer turísticamente rígida. Y justamente ahí fue que probamos alacrán y saltamontes fritos. Crocantes a la parrilla, y sabían casi como nuestro chicharrón de camarón. “Si no lo hacemos ahora, no podremos contárselos a los nietos”, les dije. ¡Adentro!
En Houhai, un barrio que hace menos de 12 años no existía para el turismo, la noche existe… pero controlada. Incluso el ocio parece tener reglas.
Y mientras caminas, ves marcas de autos que no reconoces. Y a mí, que me fascina, parecía muñequito de torta usando el cuello para mirar todas, y donde definitivamente destaca BYD. No es que estés desactualizado… es que estás en otro sistema. Casi la mitad de las ventas de autos del 2025 fueron híbridos o eléctricos.
Ahí aparece la comparación inevitable: ¿somos desordenados… o simplemente distintos?
El tren bala no te da tiempo a pensar mucho. Beijing a Xi’an: casi 1,200 kilómetros en 3:50 horas. A 300 km/h. Y en ningún momento dejas de ver agricultura. Decenas de cientos de bloques de edificios, tipo Enace, por casi toda la ruta, que asemejan un paisaje urbano de bloque. El resto del camino, yo casi babeando con la cara pegada a la ventana: siempre hay algo sembrado. Siempre hay producción.
Las estaciones de tren son enormes. Bueno, todo es enorme aquí. Muy limpias. Tienes cuatro minutos exactos para bajar. Ni uno más.
Un supervisor grita a un pasajero como padre al hijo. El guía Quique se ríe: “son como italianos”. Yo pienso otra cosa… pero me la guardo. “Pendejo peruano”, se autodenominó él, en una mezcla de denominación charro-peruana. Y se refería a su “criollada” para hacer los trámites más rápidos.
Todo funciona. Incluso cuando no debería.
En Xi’an, el paisaje no es bonito… es eficiente. La gente, en su mayoría viste de negro.
Aquí, los Guerreros de Terracota no impresionan por ser 8,000… impresionan por lo que significan. Son poder enterrado. Un emperador que decidió, al parecer, que ni la muerte sería suficiente para bajarse del trono y ordenó que miles de figuras lo acompañen como ejército eterno. Cambian los materiales, cambian las épocas, pero la lógica es la misma: el que tiene poder quiere dejar claro —a toda costa— que está por encima del resto. Aquí lo hicieron con arcilla hace 2,200 años, y en otros lados se hace con monumentos, palacios, pirámides o templos. La pregunta que queda en el aire no es si eso pasó antes… la pregunta es si realmente dejó de pasar, incluso ahora.
Los guías que nos han tocado coinciden en algo: de niños, hubo hambre. Jubilados que viven sin problemas de su pensión. Comida barata si cocinas en casa. Mao unificó y lo siguen adorando. Deng Xiaoping aparece como punto de quiebre. Hace 50 años esto era otra cosa. Hoy… es difícil negar lo evidente.
Y ahí la pregunta se vuelve más incómoda: ¿Se puede lograr todo esto… sin pagar algún precio? ¿Se puede hacer en democracia?
En el grupo alguien dijo: “esto en democracia sería imposible”. Nadie respondió… pero nadie lo negó.
Aquí, el gobierno indica, y se hace… o se hace. Por la razón o la fuerza, como dice el escudo chileno.
La Muralla China empezó en el 220 a.c. Llegó a tener 21,000 kilómetros. Hoy quedan unos 7,000. No es solo historia. Es la idea de que algo puede sobrevivir siglos… y aun así cambiar.
Guilin baja la intensidad… y mucho, pero no la rareza. Un millón de habitantes y parece más ciudad que campo. “Por su tamaño es una aldea para nosotros”, nos dijo la guía. A las 12:00 ya estás almorzando. A las 12:30 terminaste. Prefieren tomar el agua tibia, y la carne de perro y de gato es más cara que la del chancho en los mercados. Ah, y si vas al parque antes de las 8 de la mañana, las clases de Tai Chi son gratuitas.
Y en las afueras de Guilin, cuando fuimos a ver los bancales (andenes) del arroz, las mujeres Yao se cortan el pelo una sola vez a los 18 años.
En el río Li, los cormoranes pescan, amarrados, para sus amos desde décadas, mientras cientos de botes navegan entre picos verdosos que parecen irreales. Misma película “El Señor de los Anillos”. Todo intervenido… pero igual de hermoso.

En el mercado rural, venden serpientes, ranas, gato, perro, tortugas. Karen se prueba un vestido típico en Yangshuo y sale como típica… pero con rulos peruanos. Y cuando es la “Fiesta del Amor”, la chica lanza la bola (literal) y, si la aceptas… ya sabes lo que sigue.
Y uno piensa: lo que aquí es normal… ¿por qué allá sería escándalo?
Después de diez días, hay algo que empieza a incomodar más de lo esperado: el dulce.
Los postres casi no tienen azúcar, y los del grupo que la buscamos como en kermesse, te das cuenta de cuánto dependes de algo tan simple. Uno no sabe lo que tiene… hasta que le falta.
Shanghai ya no intenta impresionar. Lo logra sin pedir permiso.
Veinticinco millones de habitantes, y funciona como si fuesen muchos menos. Veintidós líneas de metro, y Lima va recién por la segunda. Hace 35 años, la zona financiera eran chacras. Hoy, el Maglev (ese que levita magnéticamente y el que goce como si fuera enano en Disney) te lleva 27 kilómetros, desde el aeropuerto al centro de la ciudad, en ocho minutos por quince dólares. Y mi baba volvió a quedar en la ventana.
El Bund es claro: si no iluminas, no existes. Cientos de edificios que tienen que luchar por sobresalir en un mar de LED marketero. Y recién aquí ves algo raro en China: gente gorda. Pocos, pero raro verlos.
Hace 15 años que estuvimos la primera vez aquí, me paraba en las esquinas a tomar fotos de los cientos de bicicletas que, al tropel, esperaban el verde del semáforo para cruzar. Hoy son casi historia, porque han sido reemplazadas por motos eléctricas.
No solo crecieron. Se transformaron, se desarrollaron. Claro, porque una cosa es crecer en PBI y otra desarrollarse. El Perú creció las últimas décadas pero no se desarrolló a la par.
Y mientras uno camina entre esa inmensa infraestructura impecable, mantenida, pensada… aparece la conclusión que no quieres decir en voz alta:
China no es solo un país sino un espejo incómodo.
Porque te obliga a preguntarte si el problema nunca fue la falta de capacidad…sino la abundancia de justificaciones.
Allá no se discute… ¡No se puede!
Acá todo se discute… y casi nada se hace.
Y entonces, sin querer, te cae la pregunta que incomoda de verdad: ¿queremos desarrollo … o solo la libertad de seguir postergándolo?

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