El pasado no se olvida. Se recicla
Caminábamos de la mano por las calles de una ciudad cuando sentí una molestia en uno de mis dedos. No era artritis, ni un calambre, ni los achaques de la edad. Era un anillo de Karen que, cada vez que entrelazábamos los dedos, se me clavaba en la mano. Un dolor pequeño, pero insistente.
Lo verdaderamente sorprendente vino cuando recordé de dónde había salido aquella joya: de su primer matrimonio. ¡Qué bonito! Uno cruza medio continente para pasear románticamente con su mujer y termina dándole la mano a un recuerdo de su exmarido. El hombre lleva décadas fuera de nuestra vida y, sin embargo, encontró finalmente una manera de hacerme daño. Físicamente, por supuesto.
Karen estuvo casada antes de conocerme. Aquel matrimonio duró poco y terminó bastante antes de que comenzara nuestra historia. De esa etapa quedaron algunas cosas, como el aro matrimonial que tuvo un destino bastante más interesante: terminó fundido para convertirse en otra joya. Cuando Karen me aclaró este detalle, respiré aliviado. ¡Ah, bueno! Mi mujer no conserva recuerdos de su primer matrimonio. Conserva la materia prima. El matrimonio no resistió, pero el oro resultó ser de buena calidad. Se disolvió el vínculo, se derritió el metal y, de alguna manera, el sujeto consiguió permanecer en circulación. Parece que los matrimonios pueden terminar, las promesas hasta caducar y los proyectos tomar caminos distintos, pero ciertos metales preciosos tienen vocación de eternidad.
Sinceramente no tengo nada contra el reciclaje. Al contrario, me parece una buena práctica. Pero hay que reconocer que convertir un matrimonio terminado en un accesorio permanente es llevar la economía circular a extremos insospechados. Y, para completar el cuadro, Karen usa esa joya junto a nuestro aro matrimonial. El pasado y el presente comparten dedo, separados por unos milímetros y sin necesidad de un tratado de paz. Uno de los dos matrimonios, eso sí, tuvo que pasar primero por un horno. Si los abogados matrimonialistas tuvieran la resistencia de ese oro, probablemente no existirían los divorcios.
Lo curioso es que Karen no conserva aquellas joyas por nostalgia ni por algún sentimiento escondido. Simplemente le gustan. Y como a ella le encantan las joyas, las usa con absoluta naturalidad. A veces juntas, otras veces en distintos dedos, según la ocasión. Mi antecesor, por lo visto, no tiene residencia fija, pero conserva plena libertad de movimiento. En materia de joyería, Karen parece tener una política migratoria bastante generosa.
Entonces se me ocurrió preguntarle por nuestro anillo de compromiso. «recuerda que se perdió hace aaaaaaaños», respondió, con la tranquilidad de quien acaba de decir que olvidó un paraguas. ¡Magnífico! El símbolo de nuestro compromiso se esfumó, mientras el oro del ex cruzó el Atlántico con nosotros. No pagó pasaje, no pagó camarote en el barco, no dejó propinas y, por si fuera poco, duerme con nosotros. No sé si eso califica como equipaje de mano o como polizón. Lo cierto es que habíamos organizado un viaje para dos y terminamos haciendo turismo de a tres. Y el tercero, naturalmente, viajaba con todos los gastos pagados.
Cuando cuento esta historia a mis amigos, la reacción suele ser unánime: «¡Noooooooo!». Algunos me miran como si acabara de confesarles una humillación matrimonial de proporciones históricas. Otros seguramente convocarían una reunión de emergencia para exigir la expulsión del intruso. Yo me río. Karen también. Nunca he encontrado una razón convincente para preocuparme por un pedazo de metal, por mucho simbolismo que alguien quiera darle. El anillo no toma decisiones en nuestra casa y, hasta donde sé, tampoco tiene derecho a voto. Su única actividad comprobada es apretarme un dedo cuando caminamos de la mano. Aunque, visto lo ocurrido en este relato, empiezo a sospechar que también disfruta bastante de viajar.
Además, hay un detalle que mis amigos desconocen. Cuando recién conocí a Karen, ella me enseñó una frase que adopté inmediatamente: «Lo que no fue en tu año, no te hace daño». Me pareció una filosofía bastante sensata y durante nuestra vida en pareja la hemos respetado escrupulosamente. Nunca imaginé que también se aplicaba a los metales preciosos. Porque el pasado será pasado, pero al parecer las cenizas quedan. O, mejor dicho, queda el oro. Aunque tengo la sospecha de que, si intentara aplicar aquella doctrina a algún recuerdo de mi propio pasado sentimental, su autora introduciría algunas modificaciones al reglamento. Quizá hasta convocaría una asamblea extraordinaria para declarar inaplicable el artículo primero. Las leyes matrimoniales, como tantas otras, no siempre se aplican con absoluta reciprocidad.
No crean que el asunto tiene que ver con el valor económico de la joya. En nuestros años de servinacuy le he regalado poquísimas joyas, incluidos nuestros anillos de compromiso y matrimonio. A Karen le encantan; a mí nunca me han interesado demasiado. Si tuviera que representar con una joya el amor que siento, tendría que regalarle un minúsculo meteorito para que lo llevara en el dedo. Y aun así, su valor sería lo de menos. Es más, si aquel anillo del ex hubiera tenido un diamante valioso, hace años habría propuesto venderlo para hacer caja. El negociante que llevo dentro tampoco distingue demasiado bien entre los metales preciosos y el capital de trabajo.
El viaje continuó y nuestro invitado invisible siguió acompañándonos de puerto en puerto, siempre pegado a Karen y sin soltarle la mano. En una cervecería canadiense encontramos una IPA que nos gustó a los dos. Ahora que lo pienso bien, no sé si el brindis fue entre dos o entre tres. Pedimos también un poutine, ese plato de papas fritas, queso y salsa que nos pareció sin gracia. Entre risas, llegamos a la conclusión de que el tercero también había pedido su ración. ¡Qué zampado! Ya no bastaba con que viajara gratis: ahora también brindaba y comía a nuestra cuenta.
Por supuesto, nunca le he pedido que se quite el anillo. Es más, no quisiera que lo hiciera. Forma parte de su historia y no tengo interés alguno en borrar lo que ocurrió antes de que nos encontráramos. El pasado no desaparece porque uno se quite una joya, ni permanece vivo simplemente porque decida conservarla. Karen no es una propiedad que vino con inventario, ni nuestro matrimonio exige destruir los recuerdos anteriores para demostrar su vigencia. Después de tantos años juntos, tenemos cosas bastante más importantes de qué ocuparnos. Y un anillo es poca cosa. Salvo, naturalmente, cuando se incrusta entre dos dedos y uno descubre que hasta los recuerdos ajenos pueden tener bordes filosos.
Cuando le conté que escribiría sobre el asunto, Karen se mató de risa. «Seguro que te saldrá gracioso el Novuz sobre el anillo», me dijo. La conozco lo suficiente para saber que disfrutará leyéndolo, aunque seguramente tendrá alguna respuesta venenosa preparada. En eso también nos llevamos bastante bien: nos gusta tomarnos el pelo y ninguno suele quedarse callado.
Aquella tarde, mientras regresábamos de nuestro paseo, volví a tomarla de la mano. Ahí seguía el anillo, discreto, brillante y aparentemente inocente. Acomodé los dedos para evitar otro pinchazo y Karen, al darse cuenta, soltó una carcajada. Le advertí que semejante atentado contra mi integridad física merecía alguna compensación. No conseguí ninguna, pero sí otra carcajada. Después de tantos años juntos, he aprendido que con ella algunas discusiones se ganan, otras se pierden y las mejores terminan entre risas. Seguimos caminando de la mano. Eso sí, con los dedos cuidadosamente acomodados. Porque una cosa es aceptar el pasado de tu mujer y otra muy distinta dejar que te siga hincando.


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