#109 | Nos encanta el ahora

Hay una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “Si yo me sacara la lotería…”

Casi nadie dice: “Si yo ahorrara durante veinte años…”

Hace poco leí una columna de Joswilb Vega en Gestión que relacionaba dos datos que aparentemente tenían poco que ver. En Estados Unidos, millones de personas tendrían dificultades para afrontar una emergencia de apenas 400 dólares sin recurrir a algún tipo de deuda y, al mismo tiempo, las apuestas deportivas siguen creciendo de manera impresionante. Es decir, no tenemos un guardadito para una emergencia, pero sí podemos tener algo para apostar a una esperanza bastante improbable.

En el Perú también apostamos cada vez más y ya estamos dentro del top tres en sudamérica.  

Pero más que las cifras me interesó una idea del artículo: las apuestas ofrecen una recompensa inmediata y, además, cierta sensación de control. Algo así como: yo sé de fútbol, conozco a los equipos, esta sí la puedo acertar.

Y entonces me pregunté qué es realmente lo que venden las casas de apuestas. Porque, pensándolo bien, no venden solamente la posibilidad de ganar dinero.

Venden emoción.

Durante unos cortos minutos uno siente que cualquier cosa puede pasar, que quizá hoy sea ese día distinto que tantas veces imaginó. Y ahí entendí por qué el ahorro siempre juega con desventaja.

¿Cuántas veces hemos fantaseado con la lotería, la Tinka o ese boleto milagroso que nos deje la cuenta bancaria reventando? Yo también, por supuesto. La idea de levantarse una mañana siendo millonario es bastante más entretenida que imaginar veinte años separando disciplinadamente una parte del sueldo.

El ahorro ofrece tranquilidad futura. La apuesta ofrece ilusión inmediata.

Y entre tranquilidad futura e ilusión inmediata, ya sabemos cuál resulta más emocionante.

En Mollendo tenemos dos casinos y, como ocurre en cualquier ciudad pequeña, todos alguna vez hemos visto entrar a alguien conocido. A veces incluso a alguna persona que sabemos que no está pasando precisamente por su mejor momento económico. Durante años pensé que aquello tenía que ver solamente con querer ganar dinero. Hoy, después de leer el artículo al que hago referencia, ya no tengo mis dudas.

Quizá durante esas horas esa persona no está comprando solamente fichas. Está comprando ilusión, la posibilidad de que ocurra algo inesperado, de que esta vez la suerte sí pueda ponerse de su lado.

Y tampoco creo que haya que entrar a un casino para entender esa sensación. Ocurre mas frecuentemente de lo que pensamos.

Nos atrae la dieta que promete bajar cinco kilos en un mes bastante más que aquella que simplemente propone cambiar nuestros hábitos. O, para decirlo de una manera menos elegante: ¡cerrar la boca y comer menos!

Yo quiero bajar la panza hace veinte años, pero llega el fin de semana y aparece la hamburguesa venenosa en cremas acompañada de un par de cervezas heladas. Evidentemente, ninguna de las dos contribuye demasiado a reducir mi neumático estomacal. Lo sé perfectamente y, sin embargo, ahí sigo.

Y quizá de eso se trata.

Sabemos muchas cosas que después no hacemos.

Nos entusiasma el negocio que podría multiplicar rápidamente nuestro dinero más que aquel que promete crecer poco a poco durante diez años. Nos seduce una inversión que supuestamente “se va a disparar” bastante más que otra que avanza despacio y sin hacer ruido.

Y aquí tampoco puedo mirar desde la tribuna.

Yo mismo he sentido esa emoción mirando una acción bursátil y, creyéndome un Warren Buffett porteño, pensando: esta puede ser. Y probablemente buena parte de quienes hemos hecho empresas conocemos también esa sensación de comenzar un negocio convencidos de que todo va a ocurrir bastante más rápido de lo que finalmente ocurre.

Cambia el escenario, pero nuestra impaciencia se parece bastante.

Quizá por eso ahorrar tiene tan mala publicidad.

Nadie llama emocionado a un amigo para decirle:

—¡Acabo de depositar plata en mi fondo de emergencia!

Suena hasta gracioso.

En cambio, basta un penal en el último minuto, con algunos soles jugándose el pellejo, para producir una descarga de adrenalina difícil de comparar con el pequeño interés que apareció ganado ese mes en nuestra cuenta de ahorros.

Y no escribo esto para criticar a quienes apuestan. Siendo honesto, creo que todos llevamos un pequeño apostador dentro. A veces aparece frente a una máquina de casino o en una apuesta deportiva, pero otras veces se disfraza mejor: aparece, como ya dije, en la Bolsa cuando creemos haber encontrado “la acción del año”, en un negocio que pensamos que despegará inmediatamente o simplemente cada vez que preferimos una posibilidad extraordinaria y rápida frente a un resultado pequeño pero probable.

Yo también lo tengo.

Porque todos sabemos, más o menos, que ahorrar es bueno, de la misma manera que sabemos que hacer ejercicio, comer razonablemente bien o dormir suficiente nos hace bien. El problema es que saberlo no necesariamente hace que provoque hacerlo.

La disciplina tiene además un serio problema de marketing: es aburrida. Si, muy aburrida.

No suele producir grandes historias mientras está ocurriendo. Uno ahorra un poco este mes, otro poco el siguiente y vuelve a hacerlo durante años. Nada extraordinario parece suceder hasta que, un día, sucede: miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que parecía insignificante dejó de serlo.

Quizá por eso terminé pensando que el verdadero rival del ahorro nunca fueron el casino, la Tinka ni las apuestas deportivas. Es algo bastante más cercano y que, por supuesto, también me acompaña a mí: nuestra dificultad para esperar.

Queremos bajar la panza, pero queremos hacerlo rápido. Queremos que el negocio funcione, pero mejor si es…ahora. Queremos que la inversión suba, pero mejor si se dispara. Queremos ahorrar, pero veinte años suenan a una eternidad.

Quizá el problema no sea solamente la impaciencia.

Es que nos encanta el ahora.


2 respuestas a «#109 | Nos encanta el ahora»

  1. Avatar de Ross

    Ojala fuese vivir en el ahora, entonces sería aceptar en momento tal cual es…

    Lo que se quiere es YA 🤷🏻‍♀️

  2. Avatar de
    Anónimo

    La vida me enseñó que lo bueno tarde o temprano llega, solo hay que trabajar en esa dirección, sin desesperarse.

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