La democracia no necesita que ames ni que odies. Necesita tu voto

No es matrimonio. Es administración.

Debo confesar algo: jamás he votado por un candidato perfecto.

Ni una sola vez.

En más de cuarenta años de vida adulta he votado por personas que me entusiasmaron, por otras que me parecieron aceptables y por algunas que simplemente consideré menos riesgosas que las demás. Bienvenido a la democracia. Porque la democracia no consiste en enamorarse. 

Consiste en elegir.

Por una cuestión de civismo, de pertenencia, de creer que nuestra «casa» es nuestro país.

Porque si es nuestra casa, ¿por qué dejarla a la deriva sin elegir a alguien que la administre? ¿Por qué dejar la llave colgada en el cerrojo de la puerta para que cualquier candidato que pase por la vereda entre y “la resguarde» durante los próximos cinco años?

En esta segunda vuelta, donde solo hay dos candidatos —Keiko Fujimori y Roberto Sánchez— imaginemos que existen 100 ciudadanos con derecho a votar.

Supongamos que ocurre esto: 40 votan por Roberto, 35 por Keiko y 25 deciden no votar, votar en blanco o viciar su voto.

¿Qué pasa?

Roberto gana. Pero no porque tenga el apoyo de 40 de cada 100 ciudadanos. Gana porque los 25 que decidieron no participar desaparecen del cálculo. La elección ya no se decide sobre 100 personas, sino sobre 75 votos válidos. Entonces, los 40 votos de Roberto pasan a representar el 53% de los votos válidos. Suficiente para ganar.

Los 25 que no votaron por ninguno no ayudaron directamente a Roberto, pero sí hicieron algo importante: renunciaron a influir en el resultado.

Es como si diez vecinos tuvieran que elegir al administrador del edificio. Cuatro se molestan porque ninguno les gusta, abandonan la reunión y se van a casa. Los seis restantes votan. Luego los cuatro regresan y descubren que el administrador elegido no les gusta.

La pregunta es inevitable:¿Y dónde estaban cuando había que decidir?

Por eso, cuando alguien vota en blanco, vicia su voto o simplemente no participa, reduce el número de personas que toman la decisión. Y cuando menos personas deciden, el voto de quienes sí participan vale más.

La inasistencia en distritos como La Molina, Surco y Miraflores fue una de las más altas en la primera vuelta. Si ese casi medio millón de ciudadanos hubiera votado, ¿estamos seguros de que los contrincantes de hoy serían los mismos?

Eso es indiferencia pura.

Lo curioso es que muchos de esos ciudadanos sí opinan después, y opinan bastante: sobre economía, corrupción, seguridad y el futuro del país.

Lo único que no hicieron fue votar.

Porque en democracia ocurre algo tan simple como incómodo: Si tú no eliges, alguien elegirá por ti.

Y muchos dirán: «Da igual. Cualquiera de los dos es lo mismo».

Puede ser.

Pero incluso si uno cree eso, sigue teniendo que decidir quién administrará la casa. No podemos dejar que la indiferencia nos gane y pensar con el hígado: «No votaré». Porque eso equivale a decir que nuestra casa —es decir, el Perú— la administre cualquiera.

Y claro, muchos electores se comportan como clientes decepcionados: «No me gusta el servicio, así que no participo». Pero un país no es un restaurante. Es una propiedad compartida. Si eres copropietario de un edificio y hay una asamblea para elegir administrador, no te quedas en casa porque los candidatos no te entusiasman. Vas, porque sabes que las consecuencias te alcanzarán igual.

Y aunque el siguiente comentario hará arder a algunos, tengo que decirlo: durante miles de años la mayoría de seres humanos jamás pudo elegir a sus gobernantes. Reyes, emperadores, caudillos y dictadores decidían por ellos. Hoy tenemos el extraño privilegio de poder hacerlo y, sin embargo, hay quienes deciden no usarlo. Es como heredar una herramienta valiosa y dejarla oxidarse en el garaje.

Otros dicen: «No voto porque ninguno me representa».

Pero el voto no es una medalla que entregas al candidato perfecto. Es una herramienta para escoger entre las opciones disponibles, como elegir un médico, un abogado o un gerente. Rara vez aparece el ideal, pero igual hay que decidir.

Hay personas que dedican más tiempo a elegir una pizza por la app que a revisar una cédula electoral. Analizamos durante semanas qué celular comprar o qué serie ver en Netflix, y después decidimos en cinco segundos si vamos a votar o no.

La abstención nunca deja vacía la silla del poder. Alguien siempre se sentará en ella. Y como la política detesta los vacíos, si los ciudadanos razonables se retiran, otros ocuparán el espacio.

Jamás he sentido que todos los candidatos fueran buenos, pero tampoco he sentido que la indiferencia sea una solución. No votar o viciar parece una protesta, pero casi siempre termina siendo una renuncia.

Y las renuncias tienen una característica muy incómoda: Alguien más ocupa el espacio que dejamos vacío.

La democracia tiene muchos defectos, pero sigue teniendo una ventaja enorme sobre las demás alternativas: todavía nos permite quejarnos después de haber participado.

Tengo 60 años. He aprendido que la vida está llena de decisiones imperfectas. Elegimos ciudades, trabajos, socios, médicos, inversiones y hasta parejas sin ninguna garantía de éxito.

¿Por qué la política tendría que ser distinta?

Este 7 de junio probablemente tampoco elegiré al candidato perfecto. Pero elegiré.

Porque sigo creyendo que esta casa también es mía.

Porque, al final, no estamos hablando de amor. No es matrimonio. Es administración.

Y porque principalmente cuando renuncias a decidir, otros deciden por ti.

2 respuestas a «La democracia no necesita que ames ni que odies. Necesita tu voto»

  1. Avatar de
    Anónimo

    A votar es nuestra obligación y responsabilidad

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  2. Avatar de
    Anónimo

    cuanta razón!

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