Donde voy… me muevo (aunque no tenga que llegar a ningún lado)

Apuntes de un cuerpo que se resiste a quedarse quieto.

Hace muchos años apunto los lugares donde he trotado, donde hago ejercicios. Es otra de mis manías. No sé si es disciplina… o una forma de obsesión.
Antes de viajar, cuando hago la maleta, lo primero que coloco son mis zapatillas, el short, el polo y el Garmin. Casi un ritual. Como si el viaje empezara por sudar.

Uno viaja pensando que va a conocer lugares… y termina conociéndose a sí mismo en movimiento. Y a veces, no siempre gusta lo que encuentra.
Aquí algunas curiosas:

He trotado en San Petersburgo, con esa emoción de saber que estás corriendo absurdamente lejos de casa, en el mismo lugar donde alguna vez ocurrió uno de los asedios más brutales de la Segunda Guerra Mundial, sobre lo que leí de joven. No era solo trotar… era sentir el peso de la historia bajo los pies. Y entender que uno corre… pero otros no pudieron ni escapar.

En Venecia me perdí. Tenía como referencia la torre de la Plaza de San Marcos… pero las callecitas eran tan estrechas que desaparecía. Terminada la rutina, revisé el Garmin: había rodeado la plaza varias veces, como cuy en tómbola, sin darme cuenta. Iba por una calle, levantaba la cabeza para ubicar la torre… nada. Retrocedía… y terminaba en un canal sin salida. A regresar. Y otra vez. Como muchas decisiones en la vida: crees avanzar… y estás dando vueltas.

En Ámsterdam pasa algo curioso: uno nunca sabe si el carril es para correr… o para que te atropelle una bicicleta. Siempre parece que las bicis tienen la preferencia. 

En Londres, cerca de Hyde Park, le pregunté a un señor mayor cómo llegar al zoológico… y por poco me lleva de la mano hasta la puerta. Súper atento. Me quedó claro que la educación… todavía corre más que nosotros.

Y luego están las distancias largas. Las que… se sufren. Esas que nadie sube a redes.

Mi primera maratón fue desde Churacapi hasta la primera playa. Casi seis horas. En el kilómetro 39, cerca a La Aviación, ya quería parar. Pero la camioneta de apoyo nunca llegó… y menos mal. Si aparecía, me subía. A veces el fracaso depende demasiado de que alguien llegue a recogerte. Terminé. Y al llegar, no podía ni apretar el embrague del auto que manejaba.

Luego vinieron dos maratones en Lima, con mejores tiempos… 

En Nueva York corrí mi cuarta maratón. Después de 28 kilómetros entras a la Primera Avenida, ya en Manhattan, y sientes un ruido ensordecedor. Miles de personas gritándote como si te empujaran con gasolina en las piernas. Y cuando crees que ya está… Central Park te recibe con unas pequeñas cuestas que te hacen sentir que estás subiendo el Misti. Ahí entiendes que la meta siempre guarda una última trampa.

Y la última en Chicago, que la terminé caminando por el dolor en las plantas que hasta ahora tengo. Porque hay finales que no se corren… se aceptan.

He corrido en lugares donde el entorno se roba el protagonismo. Y uno pasa a ser un simple extra.

Hönnigsvåg, en Noruega, el punto más al norte donde he trotado. Un pueblo de no más de mil habitantes y tan pequeño que en cinco minutos llegas al final. Esa mañana me tocaban 14K… así que fui y vine varias veces de extremo a extremo. Por curiosidad, me metí por calles internas y terminé cruzando dos veces por el cementerio. Una romería deportiva… de un mollendino en tierras lejanas. 

Y por “abajo”, en Ushuaia, mi récord geográfico sur. De madrugada, el viento era tan fuerte en el malecón que podía inclinarme hacia adelante y seguir corriendo como si el cuerpo flotara. El frío era insoportable. Terminé tomando un taxi de regreso. Porque sí… hay momentos donde retirarse también es inteligencia.

En El Cairo, el caos también corre. Quise cruzar una avenida para llegar al malecón del Nilo, donde un atento estudiante me dijo: “cruza nomás… los carros no paran”. Te sientes como un palitroque en medio del tráfico. De regreso, vi a un señor en silla de ruedas avanzando entre los autos… y nadie se inmutaba. Ahí ya me sentí mejor. 

En Quito, la altura te pone en tu sitio. Salí después de una lluvia intensa y el Parque Metropolitano estaba convertido en barro. Tenía que parar cada cierto tiempo a limpiar las zapatillas con una rama. Hay días en que avanzar implica ensuciarse más de la cuenta.

En Puno hice 14K alrededor del lago. Nunca había trotado a esa altura. El ritmo era lentísimo… pero igual estaba feliz de lograrlo. Porque a veces el orgullo no está en la velocidad… sino en no rendirse.

En Tokio, donde todo funciona… incluso tú. Alrededor de los jardines del emperador para sentirse de la realeza. Aunque por dentro sigas siendo el mismo mortal mollendino de pelo en pecho.

También hay momentos donde el lugar pesa. Y no precisamente por la geografía.

En Troya, sintiéndome Ulises, salimos a correr con Oscar porque al día siguiente partíamos de madrugada. Hicimos 10K y terminamos bañándonos en el mar. Más que cansados… nos sentíamos guerreros. 

En Roma, dando vueltas como Hamster alrededor del Coliseo, cuidando no doblarme los tobillos en los adoquines. Historia milenaria… y uno pendiente de no caerse.

En Tallin, que al pasar debajo de las puertas de la ciudad sientes que en cualquier momento te encontrarás atropellado por Robin Hood que huye a caballo y despavorido de alguna de sus travesuras.

En Praga, cruzando casi a oscuras el puente de Carlos y gozando al ver como unas novias orientales se tomaban fotos de madrugada.

En Beijing, saliendo del hotel con la idea de rodear el edificio más alto de la ciudad. Como si eso tuviera algún sentido.

En Guilin, súper húmedo pero verdosamente lindo. Ahí ni preguntar nada si me perdía porque muchos chinos callejeros ni mi poco inglés entienden. A veces estás solo… aunque estés rodeado de millones.

En Mont-Saint-Michel… donde uno no sabe si está trotando o atravesando una postal. Sin bromas, pero parece una. Y uno ahí, sudando, rompiendo la estética.

Y luego están las sorpresas. Esas que no planificas… y son las que más recuerdas.

En Mazuco, en la carretera a Puerto Maldonado, trotando en medio de un verdor increíble y sin tráfico. Pensando que era un solitario privilegiado… hasta que una moto pasó: ¡Jorgeeeeeeeeee! Se detuvo, dio la vuelta. Era un policía de Mollendo destacado en la zona. Me había reconocido trotando. Surreal. Porque el mundo es chico… incluso cuando crees que te perdiste.

En San Francisco, la gente te saluda. Te cede el paso. Te levanta el pulgar. “Good job”. Te ceden la vereda para que pases más cómodo. Creo que hasta lo disfrutan contigo. Adopté esa costumbre. Ahora saludo a todos con los que me cruzo en el ejercicio, incluso sin conocerlos. 

En Calafell, cerca de la casa de Marian, en una zona de lomas saliendo de la ciudad, me crucé con cazadores. Disparaban buscando jabalíes y liebres. Le pregunté a uno de ellos que parecía un Rambo camuflado si no era peligroso para mí. “No, confía nomás”. Plop. Hay consejos que uno acepta porque ya está ahí…y porque no queda otra.

En Anchorage, mientras corría por la bahía, veía letreros: si encuentras un alce, aléjate despacio. Eso bastaba para que el corazón se acelere. En algunos tramos me metía entre los árboles… casi esperando encontrarme con uno. Nunca vi a mi pasmarote soñado.

En Andorra, por la emoción del caprichoso paisaje, no sentí el frío… hasta que llegué al hotel y vi: -5 grados. Ahí recién me congelé. 

Y en Lourdes, que sacrílegamente me metí a trotar por medio del santuario. No sé si la virgen se hizo la ciega, pero me sentí observado. Como cuando haces algo que sabes que no deberías… pero igual lo haces.

En Puerto Varas, en shorts, hasta que el botones del hotel me hizo notar que la temperatura estaba cerca de cero. Hay veces que uno necesita que le avisen lo obvio.

En Zorritos, Tumbes, donde más he sudado en mi vida. Tuve que exprimir el polo dos veces. Literal.

En Belo Horizonte… terminé saliendo en la web municipal por trotar alrededor de Pampulha. Casi influencer. 

Y en San Isidro, ese curioso fenómeno: gente que parece bañarse en colonia antes de salir a correr. Como si compitieran también con el olfato.

También nado. Porque combino para no matar las piernas.

He nadado en el Nilo —pocos metros, pero igual emocionado, versión faraón—. En Pacaya Samiria, con delfines rosados que primero asustan… y luego acompañan. En Galápagos, viendo tortugas gigantes bajo mí. En Zorritos, con mar a temperatura chupe de camarones, esquivando ramas del río. En Aruba, casi infarto al ver una mantarraya pasar debajo. Porque el mar siempre tiene la última sorpresa.

En Mollendo, frente a mi casa, siempre con la sospecha de que en alguna brazada me voy a encontrar con un lobo marino cara a cara… o meterme un cabezazo inesperado con un enorme labrador nadando feliz, lo que sucedió el verano pasado. La realidad siempre supera cualquier previsión.

Mi récord fue un domingo de verano: desde el muelle de Mollendo hasta la altura de la planta de Tasa. Iba por 4K… terminé haciendo 7.2 antes de subirme al bote que acompañaba a una competencia en la que yo participaba de puro metete. Porque a veces uno empieza midiendo… y termina exagerando.

En Río de Janeiro, nadando contra la corriente… hasta darme cuenta de que el reloj avanzaba, pero yo no. Y al regresar a la arena a recoger mis cosas: sin polo. Me lo habían robado. Las sayonaras eran tan viejas que esas sí las dejaron. Mis hijas no me perdonaron la historia y se burlaron de mí todo el día. Hay derrotas que vienen con humor incluido.

“¿Y por qué haces esto en vacaciones tan temprano?”, me pregunta siempre Anne.
Porque si no lo hago… siento que el día me gana.

Pero hay algo más. Como todo en mi vida… me gusta medir. 

En mi oficina tengo un mapa mundi de madera, grande, pegado en la mampara. De esos donde uno cree que el mundo cabe y al que miro a cada momento, no sé si pensando que me falta mucho por conocer o porque me incentiva a seguir viajando.
Cada ciudad donde he trotado tiene un pin. Uso de varios colores para hacerlo divertido.

Lo tengo frente a mí, y cada vez que lo vuelvo a mirar… entiendo lo mismo: soy un enano en un planeta inmenso. Y eso, lejos de incomodar, aterriza.

Estoy en el punto más lejos que he estado de Mollendo… y estoy corriendo: Hong Kong a 18,500 kilómetros de distancia. Y ese día, trotando por el malecón, no aguanté. Paré, lo que nunca hago, y apoyándome en la baranda me sentí suertudo de que mis piernas me hayan llevado hasta ahí. No es el viaje… son las piernas que todavía responden.

Y cuando regreso a Mollendo… al día siguiente, como siempre, salgo a moverme: bici por las lomas o algo de gym para compensar los kilómetros no corridos por las dolencias. No hay Coliseo, no hay Central Park, no hay Hong Kong… pero mis piernas todavía pueden. Y eso basta.

Porque al final… no importa dónde estés. Si puedes moverte… ya estás en el mejor lugar del mundo.
Y si es Mollendo… mejor para mí.

Deja un comentario