El día que me enteré que era un cornudo. 

Tranquilos, no es lo que están pensando.

En Japón no te preguntan qué tan limpio llegas… te invitan a lavarte antes de entrar. Entendí que eso de los 108 “pecados” no es un número, es solo raro e incómodo recordatorio: todos cargamos algo que preferimos no mirar. La diferencia es que ellos lo reconocen… y siguen. Nosotros, en cambio, le intentamos siempre sacar la vuelta y lo negamos hasta con elegancia. Y en medio de ese contraste —entre capuchas, rituales y una broma que me persiguió todo el día— terminé entendiendo que no se trataba de religión, ni de cuernos… sino de lo difícil que es aceptar que no somos tan impecables como nos gusta aparentar.

En Nara nos contaron que cada uno tiene 108 pecados. Lo dijeron sin que suene dramático, simple, como quien te dice la hora.

—¿Solo 108? —repliqué—. Yo debo estar llegando al millar.

Antes de entrar al templo, nos invitaron a lavarnos las manos. Era una linda fuente y un ritual de levantar con la mano derecha un pequeño recipiente de bambú y rociar con agua la mano izquierda. Repetir lo mismo con la otra mano. El agua estaba medio fría, pero la experiencia súper buena, y yo, como buen curioso, procuré hacerlo de la mejor manera, quizá pensando en el fondo, y a propósito, que era mi oportunidad de redimir ante los dioses mis acalorados pecados.

El protocolo era simple. Pero no era higiene… era otra cosa. Era como si te dijeran: entra a mi templo, pero no te hagas el limpio.

Según el budismo japonés —una mezcla de shintoísmo con budismo hindú— tenemos 108 impurezas. Para nuestro lenguaje: pecados. Y probablemente algunos más en camino.

Ese número viene de una combinación: seis sentidos (vista, oído, olfato, gusto, tacto y mente), tres reacciones (placer, desagrado e indiferencia), dos estados (puro e impuro) y tres tiempos (pasado, presente y futuro).

Multiplica y ahí lo verás: 6 × 3 × 2 × 3 = 108.

El shintoísmo, en cambio, no tiene ese concepto estructurado de “pecado”. Es más bien algo así entre pureza e impureza —kegare—, y propone rituales de limpieza como el harae o el misogi. No te castiga… te limpia.

El 1 de enero de cada año, los templos tocan la campana 108 veces. Cada campanada simboliza eliminar una de esas impurezas. Es una forma de empezar limpio.

Ellos suelen esperar el año nuevo en casa, en familia, y al día siguiente todo el clan va al templo. Todo está abarrotado… pero la idea es potente: empezar de cero vale la pena. Podríamos replicar eso aquí, pero implicaría abstenerse del trago añonuevero madrugador, y eso sí lo veo verde.

Un rato más tarde, paseábamos por los jardines cuando vimos a dos novios, bastante jóvenes, caminando hacia nosotros. Elegantes. Ella, de blanco… pero con capucha. Una especie de caperucita oriental.

—¿Por qué usan esa capucha? —le pregunté a Harumi (belleza de primavera) , nuestra guía.

Y ahí vino la historia.

En la tradición shintoísta, las novias usan una capucha blanca para “esconder sus cuernos”: celos, ego, ira. Pero no es para ocultarlos, sino para demostrar que, en esta nueva vida, pueden dominarlos. Solo reconocerlos y controlarlos.

Muy potente.

Me reí. No por ellas. Por nosotros.

Porque nosotros no escondemos nada con sutileza. Lo hacemos con ruido, dramáticamente. Lo negamos con una dignidad que a veces roza lo ridículo.

Solté la broma:

—Entonces los hombres también deberíamos usar capucha.

Harumi no dudó:

Claro… señor cornudo. Desde ahí me lo repitió varias veces.

Y ahí entendí que no se trataba de cuernos. Ni de matrimonios. Se trataba de algo más simple: somos naturalmente imperfectos… pero nos cuesta muchísimo reconocerlo.

—¿Por qué quiere también usar capucha? —me preguntó.

—Porque necesitaría un capuchón para ocultar los tremendos cuernazos de mi cabeza pecadora.

Entonces me imaginé a los peruanos entrando a nuestras ceremonias nupciales con capucha. En el caso de los hombres… probablemente necesitaríamos una carpa. Me río.

—Entonces yo, como novio peruano, no solo debería lavarme las manos por mis 100,108 pecados… sino bañarme completo —le digo.

Ahora ella es la que se ríe.

La idea japonesa es simple y potente: tienes impurezas, pero en vez de castigarte… límpiate y sigue.

En Nara no te juzgan. Te lavan las manos… y te dejan entrar igual.

Quizá no deberíamos detenernos tanto a flagelarnos por nuestros pecados —aunque eso ya suena peligrosamente a excusa—, sino aprender a “lavarnos” y seguir adelante, sin tanto juicio.

“No eran cuernos lo que había que esconder… era algo peor: la incapacidad de admitir que los tenemos.”

—A lavarse no más —me dice Harumi, con una sonrisa.

2 respuestas a «El día que me enteré que era un cornudo. »

  1. Avatar de
    Anónimo

    Me gustaría saber mas de esa cultira, ellos también practican feng shui ? Como en china?

    Le gusta a 1 persona

    1. En Japón no es frecuente el Feng Shuig como lo es en China de forma masiva. Los japoneses son más de cultivar los Zen.

      Me gusta

Replica a Anónimo Cancelar la respuesta