Geopolítica en el urinario

Viajes, cultura y diplomacia… en el lugar menos pensado

Hay lugares donde las conversaciones son más sinceras que en una sala de reuniones.
Uno de ellos —curiosamente— es el urinario.

En la oficina me ocurre con Luis. Compartimos el mismo edificio, el mismo baño… y, según parece, una próstata de tamaño similar que ya no es la de nuestros veinte años. De modo que, con cierta frecuencia estadística, terminamos coincidiendo frente al mismo muro de porcelana blanca. Incluso hemos bromeado con hacer un cronograma preciso para encontrarnos más seguido y seguir desarrollando nuestra filosofía urológica.

Ahí, entre el eco del techo alto y el sonido de la descarga automática, solemos intentar arreglar el mundo. Hablamos de política, del país, de economía, de los disparates del Congreso o de las últimas decisiones municipales. Es curioso: nadie levanta demasiado la voz ni discute con intensidad. El protocolo tácito del lugar obliga a conversaciones breves, casi diplomáticas.

Tal vez por eso el urinario sea uno de los pocos espacios donde la geopolítica puede analizarse con cierta calma.

Viajar me ha enseñado que los baños dicen mucho más de un país que muchos discursos oficiales.

En Tokio, por ejemplo, el baño público es casi una ceremonia cultural. Todo está impecable. Los urinarios brillan como si fueran nuevos, algunas paredes son de acero inoxidable, el piso parece recién pulido y nadie deja nada fuera de lugar. Incluso el silencio parece formar parte del sistema.

Tengo además un olfato casi perruno desde siempre, así que un buen termómetro para mí es oler por donde paso, baños incluidos. En Japón el examen se aprueba con honores.

Uno termina pensando que un país que cuida así sus baños probablemente cuida muchas otras cosas.

Cuando llegamos al hotel yo estaba como niño con juguete navideño. El inodoro de nuestra habitación era eléctrico, calientito, con chorro de agua y aire. Por momentos pensé que iba a pasar más tiempo ahí que mirando la vista desde el piso 41.

Algo parecido me ocurrió una vez viajando en el tren de alta velocidad francés. En medio del trayecto me levanté para ir al baño y, cuando regresé al asiento, le comenté a Karen que daban ganas de hacer el viaje entero ahí dentro. Todo estaba impecable: limpio, perfectamente iluminado y sorprendentemente insonorizado, a pesar de que el tren avanzaba a más de 320 kilómetros por hora. Era uno de esos momentos en los que uno descubre que incluso el detalle más pequeño puede revelar el nivel de cuidado de un sistema.

En Cantón, en cambio, tuve una experiencia completamente distinta. Durante una visita a una ensambladora de camiones entré al baño industrial de la fábrica. Esperaba encontrar algo rudimentario, pero funcional.

Esa mañana me había dado un atracón de leche fresca en el hotel para regular el estómago… y el estómago decidió cobrar la cuenta a media mañana. Pero en esa fábrica.

Lo que encontré fue otra cosa: una pared larga convertida en la solución colectiva del lugar. No había inodoros, solo un par de huellas en el piso que indicaban la posición correcta. El contraste era curioso: afuera, líneas de montaje modernas produciendo maquinaria pesada; adentro, una solución sanitaria que parecía detenida en otro siglo.

Nunca olvidaré el color que adquirieron las mayólicas verdes del recinto.

Pero quizá el momento más inesperado de esta geopolítica urinaria lo viví en Lima, en el Gran Teatro Nacional.

Durante un intermedio fui al baño y, al ubicarme frente al urinario, noté que a mi lado estaba nada menos que el ex canciller José Antonio García Belaunde.

Pensé que tal vez no habría un momento más apropiado —ni más breve— para decir algo que tenía pendiente desde hacía años. No podía dejar pasar la oportunidad.

Respetando naturalmente el protocolo del lugar (mirada al frente y conversación mínima), le dije:

—Canciller, quería agradecerle lo que hizo en La Haya por el Perú.

Me refería, claro, al litigio marítimo con Chile que terminó resolviéndose en la Corte Internacional de Justicia a favor del Perú, en el cual él jugó un papel muy importante.

No hubo discurso.
Y, francamente, tampoco era el lugar para uno.

El ex canciller hizo una ligera venia con la cabeza, un gesto breve pero elegante.

—Gracias —respondió.

Ni cómo darle la mano.
El protocolo sanitario no lo permitía.

Fue, con certeza, la conversación diplomática más corta de mi vida.

En Amsterdam, en cambio, encontré quizá la solución más inteligente jamás aplicada a un urinario.

En muchos baños hay una pequeña figura de mosca dibujada en el fondo. Nada especial. Una simple mosca negra.

Lo interesante es que alguien descubrió algo fascinante: los hombres, casi instintivamente, tienden a apuntar hacia ella. Un estudio comprobó que la presencia de esa pequeña mosca redujo notablemente el chorreo fuera del recipiente y bajó el uso de detergentes.

Una mosca dibujada resolvió lo que décadas de carteles y advertencias nunca lograron.

Incluso en mi oficina, donde puse un letrerito enfrente del urinario, el sistema no funciona: algunos usuarios siguen goteando… como regadera.

Algo parecido me ocurrió con un amigo que me prestó el baño de su casa. Frente al urinario tenía colgado su título universitario.

—¿Por qué ahí? —le pregunté.

—Porque justamente ahí todos lo leen. No hay otra cosa que hacer que mirar al frente. Así todos saben que soy ingeniero.

A veces el diseño inteligente supera a la disciplina.

En Londres, en el barrio del Soho, me encontré con otra solución curiosa: urinarios públicos instalados literalmente en la calle. No hay paredes cerradas ni puertas. Solo una estructura discreta que permite resolver una necesidad urgente en medio del espacio urbano. Tienes tres cuartas partes del cuerpo en exhibición.

La sensación inicial es extraña: uno tiene la impresión de estar orinando en plena vía pública. Pero el sistema funciona y la ciudad sigue su ritmo. Me hice tomar una foto en pleno acto porque sabía que no me creerían al contarlo.

En Munich, por supuesto, todo es distinto. El baño público parece diseñado por ingenieros. Sistemas automáticos, limpieza mecanizada, pH a discreción, mecanismos que se activan solos. Alemania logra que incluso el acto más trivial funcione con precisión casi espacial.

En Éfeso, Turquía, escuché una historia interesante. Los guías nos mostraron los baños públicos que usaban los romanos cuando dominaban esa región. Eran lugares donde las personas de cierto nivel social iban a conversar sentadas una al lado de la otra.

—¿Todos al mismo tiempo? —pregunté sorprendido.

—Sí —respondió el guía—. Venían a negociar, a hacer política.

Era una especie de club social… con consecuencias fisiológicas inevitables.

Fue una de las pocas fotos en que Karen me retrató sentado en aquel antiguo trono romano, haciéndome sentir parte de la historia.

Y para seguir con la sensación de continuar en el aire, en el aeropuerto de Hong Kong, te acercas al amplio urinario y encuentras una pantalla justo frente a la altura de tu cara que simula la ventanilla del avión y pasan imágenes de las nubes. Orinas, casi literalmente, en el aire. Muy bueno!

Y luego está Tallin, en Estonia. Allí encontré un urinario cuya altura parecía haber sido pensada para una población de vikingos. Yo, que no soy precisamente un gigante báltico sino un mollendino común, tuve que ponerme discretamente de puntitas.

Al salir se lo conté a Kike, mi cuñado. No me creyó. Entró a comprobarlo… y salió con una sonrisa amplia.

—Un latino como nosotros debería entrar aquí con banquito —dijo.

Quizá todo esto suene trivial. Pero con los años he llegado a sospechar que los baños públicos son una especie de radiografía cultural.

Los museos muestran la historia de un país.
Sus calles muestran su presente.

Pero sus baños públicos —curiosamente— revelan su verdadero nivel de civilización.

Y en San Petersburgo, paseando por el archiconocido Hermitage, el guía nos contó que alguna vez encontró a uno de sus turistas chinos orinando en una de las esquinas de las salas de exhibición. Le reclamó, pero le respondió que no aguantó.

Tal vez debería pedir disculpas por escribir sobre el tema. Pero siempre me he reído con estas pequeñas historias mentales que me han ocurrido viajando.

Y además hay otra realidad: cuando la vejiga ya no resiste y uno necesita un baño con urgencia e intenta usar el del restaurante de la esquina, suele encontrarse con el famoso letrero: “No hay agua.”

Incomprensible… hasta que uno ve cómo algunos usuarios dejan el baño.

Soy testigo de excepción en el de mi oficina. Incluso puse un cartel que dice:

“Déjalo tan limpio como el baño de tu casa.”

No ha funcionado.

Lo que me hace sospechar que el baño de algunas casas debe parecer un chiquero.

O en nuestros centros comerciales, donde las llaves de los urinarios están con cadena.

—¿Quién se puede llevar eso? —pregunté ingenuamente una vez.

—¡Muchos! —me respondieron.

Y mientras tanto, Luis y yo seguimos intentando arreglar el Perú en el urinario de la oficina.

Todavía no lo logramos.

Pero al menos ahí las conversaciones son breves, las ideas claras…
y la descarga siempre funciona.

Después de tantos periplos úricos he llegado a una conclusión incómoda:
la civilización de un país no se mide por sus discursos patrióticos ni por sus monumentos,
sino por el estado de sus baños públicos.

Hay naciones donde uno entra con respeto casi religioso…
y otras donde uno sale convencido de que Darwin tenía razón y que la evolución aún está en proceso.

P.D. Y poniéndome serio, la única vez que entré al Congreso de la República también pasé por su baño.

El diagnóstico fue bastante claro: en serio que apestaba… y mucho.

En Éfeso -Turquía- intentando imitar costumbre romana de parlar en el escusado público.

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