Suelo hacer bici de montaña los fines de semana porque se monta sin la presión de tener que regresar por el reloj. Cuando me toca “zona” Mollendo, casi siempre repito la ruta de Tintayani más Cruz de Fierro. Aclaro que uso bici eléctrica –te aporta aprox. un 30 % de potencia a tus piernas– para que no vayan a pensar que soy un súper ciclista. ¡Para eso está Osmar, que no usa eléctrica pero parece moto cuando pedalea!
El primer domingo de octubre salí muy temprano para cumplir mi tarea de bici y así poder regresar a la casa con el pan recién horneado bajo el mango de mi e-bike. Una exageración, porque ni pan aporto ese día. Lo que sí es cierto es que antes de ese desayuno ya estoy de vuelta. A quien madruga…
Ese día, ya en la mitad de la ruta, cerro arriba y con el corazón en la boca por exigirme —no sé para qué, porque nadie me persigue— llegué a la última parte de Quitasol (una majada verdosa —“la majada donde yo palomillé”, del ilustre vals porteño—) antes de hacer cúspide en el cerro frente a Mollendo, y me sentí extraño porque ahí ya debía estar viendo la Cruz de Palo. Por un momento pensé que me faltaba todavía buena distancia —o dudaba si ya me atacaba el Alzheimer—, pero me llevé una triste sorpresa al ver la famosa cruz tirada en el suelo. “Famosa” digo para los mollendinos antiguos, porque los jóvenes no saben si esta queda en la Primera Playa o en algún lugar de Chucarapi.
Haciendo una aclaración al vuelo, debo decir que frente a Mollendo, de espaldas al Pacífico, existe un cerro clásico donde hubieron: la Cruz de Versace (en el Cerro Colorado o “el APRA”); más arriba, en Quitasol, la Cruz de Palo y, antiguamente, también las Tres Cruces —de ahí viene el nombre de la Cooperativa que fundé— que fueron repuestas de unas preexistentes, en 1941, por los trabajadores del puerto; y a la derecha, más alta, la Cruz de Fierro, visible desde cualquier punto de la ciudad. Esta última fue puesta en su actual locación por el “Tata” Arenas el 1 de noviembre de 1900 y fue elaborada por los trabajadores de la empresa ferroviaria de la época. De allí los rieles con los que se soporta hasta ahora. Fácil entonces, es deducir que tiene 125 años.
Regresando a la historia: al ver la Cruz de Palo en el suelo, le tomé unas fotos y me fui hacia la de Fierro, pensando que si no se hacía algo, también ese signo de tradición se perdería. Llegando en dos ruedas hasta ahí, en aproximadamente unos dos kilómetros que las separan, me di cuenta de que también esta cruz estaba garabateada con espray en su base y quemada por el evidente tiznado en toda su extensión de más de siete metros. Tomé también otras fotos y regresé bajando hacia el Bike Park que está a sus faldas.
Ya en mi casa, pasé las fotos a un amigo periodista, a la Muni y las subí a Facebook con la esperanza de lograr conciencia cívica en el grupo de los leídos. Efectivamente, fue así: algunos opinaron y sugirieron que se “debía” reparar, que “alguien” debiera arreglarlas, «eso le corresponde a la Municipalidad»; «hay que castigar a esos delincuentes». Siempre es mas cómodo culpar al vecino. Mejor que otro lo haga, ¿no?
Timbré también a Tuto, porque su familia ha sido por muchos años protectora de la Cruz de Palo, y quedamos en coordinar algo a futuro.
Entonces hablamos con Mauricio y, a nombre de Tisur, se ofreció rápidamente a hacerse cargo de la restauración de una de ellas: la de Palo.
Pero con Christian, Víctor, Simón y Lucho decidimos empezar y no dejarlo para después, ni caer en la opción típica de que “otro” debe encargarse.
El domingo siguiente, con la 4×4 de Simón, subimos de madrugada los cinco y, después del vicio safárico de pensar que estábamos en una misión de las cruzadas, llegamos hasta la de Palo. La desarmamos y la montamos en la tolva para llevarla hasta Tisur. A su vez, y aprovechando que estábamos tan arriba, nos fuimos a tomar medidas a la de Fierro para ver cómo podríamos arreglarla. Aprovechamos las habilidades arquitectónicas de Víctor, y nosotros simulando ser expertos ayudantes, tomamos nota de lo requerido.
Teníamos que hacerlo rápido porque el 1 de noviembre es fiesta de la Cruz de Fierro y es tradicional —cada vez menos, sinceramente— subir caminando a visitarla. Sería bueno que ya la vean restaurada.
Una vez de regreso a la casa, publiqué en Facebook la buena nueva: Tisur se encargaría de reconstruir la de Palo y nosotros, como colectividad y vecinos, la de Fierro… y lanzamos una colecta.
Nos sorprendió la reacción tan rápida del público. Es cierto que muchos me escribieron y solo la quinta parte colaboró, pero igual es destacable que exista unión por un recuerdo de la infancia y por una tradición que los “viejos” conocemos y que, en el fondo, no queremos que muera. Fueron 38 los donantes y, en pocas horas, sobrepasamos el presupuesto, así que incluso quedará para colocar una plaquita recordatoria en cada cruz, una estola nueva para la Cruz de Fierro y para los panes con palta y café de la segunda y tercera subida en que se realizarían los trabajos.
Entonces, para la de Fierro, con el soporte de los recaudado se volvió a ir con tres ayudantes dirigidos por Víctor, una escalera que nos prestaron los Bomberos de la 12, escuadras metálicas para ajustar los brazos que se están desprendiendo, grupo electrógeno, bomba y andamios. Además de los arreglos ajustes, se puso base sincromática y se pintó con el verde tradicional. Incluye cubrir con esmalte la base que quedó como un grafiti callejero. El plan era completarlo todo de 6 a. m. a 6 p. m. No pudo cumplirse el plan, porque se encontró llovizna, así que se tuvo que repetir la faena algunos días después.
Y para la de Palo, con Tisur que ya se está haciendo cargo, habremos dado —entre los aportantes, los voluntarios y la empresa privada— un grano de arena para que esta tradición no se pierda.
Y ahora sí, hablando en serio —lo que Novuz rara vez hace—: cuando la vecindad se une, todo cambia. La ciudad deja de ser un reclamo y vuelve a ser una causa. Porque si esperamos que el “otro” lo haga, el “otro” siempre será nadie.
Se demuestra que Mollendo no solo se habita: se cuida. Que las «Cruces del Cerro» no son símbolo de fe únicamente —y lo dice un no creyente—, sino de comunidad.
Porque, al final, esta ciudad no es de nadie… es de todos los que todavía creen en ella.
Gracias especiales al Arq. Víctor Solís, a Luis Calderón, Simón Adco, Christian Castro, Joselino Murga, Mauricio Núñez del Prado de Tisur y a los Bomberos de la 12 por la escalera, porque ellos no esperaron que el “otro” lo haga.
¡Hechos y no palabras!
Fotos del archivo de Antonio “Crispín” Núñez Del Prado Villegas:



Refacción octubre 2025:












Y como toda buena historia necesita nombres propios, aquí van los 38 donantes que con entusiasmo, dijeron “yo también” en esta cruzada vecinal:
Luis Felipe Abusada, Mercedes Misad, Ximena Gonzales Polar, Roxana Doig, Karla Misad, Glenm Sosa R., Nancy Santana S., René Muñoz U., Juan Manuel Flores V., Roberto Garayar, Lulo Velásquez, Luis Pérez-Egaña, Eduardo Abusada, Alejandro Oviedo Ch., Marcelo Abusada, Gustavo Murillo, Alfonso Pastor A., Rafael Chang, Gerardo Fuentes, Erick Chang, Alejandro Zavala, Jacobo Saba, María Eugenia Zuzunaga, Edilberto Salazar Z., Fernando Gamero E., Alberto Muñoz Najar, Janet Chang, Henry Armando Contreras, Américo Siu, Edgar Rivera C., Mauricio Chang, Freddy Cabello, Alberto Ochoa B., Sandro Denegri, Gonzalo Galdós, Pablo Molina Z., Rosa María Ciñera y Luis Gonzales Polar Z.


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