Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la vida misma. Las grandes historias no siempre ocurren lejos. A veces nacen aquí mismo. En la provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.
El hijo que aprendió a mirar más lejos
Hay personas que heredan un apellido, un negocio o una profesión. Otras heredan una forma de servir. La historia de Manuel Montoya no empieza en un consultorio ni frente a un quirófano, sino mucho antes, en las calles de Mollendo, cuando un niño observaba el cariño y el respeto con que los pacientes saludaban a su papá: el muy conocido médico Hernán Montoya Valdivia.
Desde pequeño tuvo claro que quería ser médico. Cada vez que su papá le preguntaba qué deseaba ser de grande, ambos conocían la respuesta antes de escucharla. Manuel no solo admiraba la profesión; admiraba la manera en que aquel hombre la ejercía, el brillo de sus ojos al hablar de medicina y la huella que había dejado en las personas. Años después ingresó a la Universidad Católica de Santa María, en Arequipa, convencido de que estaba siguiendo el camino correcto, pero en el segundo año de la carrera su papá falleció y todo cambió. Perdió al hombre que había inspirado su vocación y también el soporte emocional y económico que sostenía a la familia. Desde entonces ya no había espacio para fallar.
Fue entonces cuando su mamá tomó una decisión que Manuel todavía recuerda como uno de los mayores actos de amor de su vida. Viajó a Estados Unidos para trabajar y permitir que él pudiera terminar la carrera. Sacrificó sus últimos años de juventud para que su hijo continuara avanzando, y Manuel convirtió aquel esfuerzo en una responsabilidad personal: defraudarla nunca fue una opción. Terminó medicina, realizó el SERUMS en Ilave, Puno, y comprendió que todavía estaba apenas a la mitad del trayecto. Quería especializarse, pero conseguir una plaza quirúrgica exigía una preparación tan intensa como la necesaria para ingresar a la universidad. Se trasladó solo a Lima, dejó de trabajar y utilizó los ahorros de su servicio rural para estudiar a tiempo completo.
El esfuerzo dio resultado. Ingresó al hospital Guillermo Almenara, donde durante tres años se formó como oftalmólogo en una sede que considera una de las mejores del país. Allí encontró maestros, colegas y una exigencia profesional que terminó de moldearlo, aunque muy pronto sintió que todavía podía ir más lejos. Había decidido subespecializarse en retina y mácula, una rama compleja de la oftalmología, y para conseguirlo debía salir nuevamente de su zona de confort. La oportunidad apareció en México, en la Fundación Hospital Nuestra Señora de la Luz, el hospital de ojos más antiguo de América Latina. Después de un exigente proceso de selección entre postulantes locales y extranjeros, obtuvo una de las plazas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Viajar ya no era tan sencillo como antes. Manuel estaba casado y su primera hija apenas tenía poco más de un año. Partir significaba dejar a su familia durante dos años y confiar en que el sacrificio tendría sentido. Su esposa fue el soporte que necesitaba. Saber que su hija quedaba bajo su cuidado fue el consuelo de un corazón que viajaba dividido entre la ilusión profesional y la culpa de estar lejos. En Ciudad de México encontró una institución extraordinaria, amistades que todavía conserva y un país que lo acogió con generosidad. Aprendió técnicas quirúrgicas, amplió su visión de la medicina y confirmó algo que ya intuía: todo lo que merece la pena exige renuncias.
Nunca pensó en rendirse. La memoria de su papá, el sacrificio de su mamá y la confianza de su esposa le recordaban constantemente por qué había empezado. Tampoco esperaba que apareciera el momento perfecto, porque con los años descubrió que esa espera puede convertirse en una de las trampas más peligrosas. Pensar que siempre habrá tiempo para comenzar hace que muchas oportunidades desaparezcan sin que uno lo advierta. Por eso, cuando habla con jóvenes, insiste en que aprovechen la energía de esa etapa, se atrevan a empezar y entiendan que el tiempo avanza sin pedir permiso.
Al regresar al Perú, Manuel comenzó a aplicar lo aprendido en beneficio de sus pacientes y entró en una etapa de consolidación profesional. Es miembro titular de la Sociedad Peruana de Oftalmología y de la Sociedad Panamericana de Oftalmología, y próximamente presentará un trabajo quirúrgico en un congreso de retina en Viena, representando al país. Sin embargo, sus mayores convicciones no están escritas en ningún diploma. Para él, la medicina solo tiene sentido mientras exista pasión por ejercerla. El día en que desprecie una consulta o atienda únicamente por obligación, dice, habrá dejado de ser médico.
También descubrió que ser emprendedor no consiste necesariamente en crear una empresa. En su caso significó atreverse, abandonar excusas, mudarse de ciudad, competir por una plaza, aprender en otro país y regresar para construir un camino propio. Los cambios siempre trajeron miedo: miedo al fracaso, al qué dirán y a no estar a la altura. Pero Manuel entendió que dondequiera que estuviera representaba también a su familia y a su pueblo, y que debía procurar dejar ambos nombres en alto.
Mollendo nunca estuvo lejos. En su consultorio conserva un óleo del Castillo Forga, colocado de manera que sea una de las primeras cosas que observan sus pacientes. Cuando alguien pregunta dónde queda aquel lugar, Manuel encuentra la oportunidad perfecta para hablar del mar, de su ciudad y de la provincia donde comenzó su historia. Ese cuadro resume una idea que lo acompaña desde hace años: uno puede ser profeta en su tierra y, al mismo tiempo, su embajador en otros lugares.
Cuando piensa en el futuro de la provincia, ve mucho más que turismo. Ve proyectos marítimos, mineros y comerciales capaces de colocar a la Provincia de Islay en una vitrina nacional, pero también reconoce que ninguna oportunidad se aprovecha sin valentía, creatividad y perseverancia. Los resultados no siempre llegan rápido y lo bueno, como suele repetir, muchas veces se hace esperar. Él seguirá observando ese crecimiento desde donde le corresponda estar, aunque sabe que regresará cada vez que el corazón lo llame.
Quizá su historia comenzó con el deseo de parecerse a su papá, pero con los años Manuel comprendió que honrar un legado no significa repetirlo exactamente. Significa conservar sus valores y encontrar una forma propia de llevarlos más lejos. Su papá le enseñó a amar la medicina; su mamá, a no rendirse; su esposa, a confiar; y Mollendo, a recordar siempre de dónde viene.
Porque en la Provincia de Islay también se puede soñar…y cumplir.




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