Soñadores que Cumplen · Segunda Temporada: Alfonso Málaga Cuba

Este relato nace de una conversación de 20 preguntas. El resto lo pusieron la memoria, el tiempo y la misma vida.

Historias reales que inspiran y confirman lo que muchos aún dudan: en la Provincia de Islay también se puede soñar… y cumplir.

La insistencia de un abuelo

Hay personas que nacen mirando el mar. Y otras que nacen mirando mucho más allá del mar. Alfonso parece ser de esos últimos.

Mientras muchos apenas soñaban con salir de Mollendo unos días, él terminó aprendiendo diez idiomas por cuenta propia —francés, chino, italiano, griego, inglés, portugués, alemán, japonés y ruso—, viviendo casi dos décadas en Río de Janeiro y construyendo una vida enseñando idiomas mientras pinta acuarelas con la misma calma con la que otros llenan formularios o hacen cola para quejarse de algo.

Curiosamente, todo comenzó casi por obligación.

Su abuelo, Carlos Cuba, fundador de academia George Washington en Mollendo, insistía cada verano en que estudiara inglés. Alfonso probablemente habría preferido cualquier otra actividad. Ir a la playa, salir con amigos o simplemente disfrutar las vacaciones. Pero el abuelo era terco.

Y, felizmente, insistió.

Porque a veces los destinos más grandes comienzan exactamente así: con alguien empujándote cuando todavía no entiendes hacia dónde vas.

De niño soñaba con viajar. Los idiomas eran simplemente el vehículo para acercarse a ese sueño. Con el tiempo desarrolló una costumbre que mantiene hasta hoy: cada vez que visita un lugar intenta hablar la lengua local. No importa si se trata de unas pocas palabras o de una conversación completa. Para él, viajar siempre ha significado algo más que trasladarse físicamente; significa comprender a las personas desde su propio idioma.

Lo que comenzó como una obligación familiar terminó convirtiéndose en una vocación.

Su abuelo tenía una academia de inglés en Mollendo y aquella cercanía lo llevó poco a poco a involucrarse en la enseñanza. Primero fueron algunas clases particulares. Luego llegaron grupos más grandes. Uno de los primeros fue en Credishop, donde tuvo que enfrentar un desafío inesperado: tenía apenas 18 años y la mayoría de sus alumnos eran mayores que él.

Más que enseñar idiomas, aquella experiencia le enseñó a vencer la timidez.

Con los años descubrió que aquello que empezó como algo temporal podía convertirse en un proyecto de vida.

La oportunidad de dar un salto importante apareció en 2007, cuando decidió mudarse a Brasil.

Llegó a Río de Janeiro prácticamente sin conocer a nadie. Entendía el portugués, pero todavía no se sentía capaz de hablarlo con naturalidad. Aun así, logró conectarse con un grupo de personas que trabajaban con turistas y enseñaban idiomas en empresas. Aquellos primeros contactos le permitieron abrirse camino en una ciudad enorme y comenzar una nueva etapa.

Mirando hacia atrás, reconoce que tuvo algo de suerte. Pero también entiende que la suerte suele encontrar trabajando a quienes están dispuestos a moverse.

Hubo momentos de desánimo, como los tiene cualquier persona que deja su ciudad y su país para comenzar desde cero. Estar lejos de casa, lejos de la familia y de los amigos, genera incertidumbre. Sin embargo, fue precisamente esa incertidumbre la que terminó impulsándolo.

Ya estaba allí. Ya había dado el paso. Lo único que quedaba era demostrar que podía hacerlo.

En estos más de veinticinco años dedicados a la enseñanza de idiomas, aprendió que uno de los errores más comunes es confiar demasiado. La vida, dice, tiene una forma muy eficiente de enseñarnos a través de nuestros propios errores.

También aprendió que los miedos siempre aparecen al inicio de cualquier proyecto.

Más de una vez escuchó comentarios que intentaban hacerlo dudar.

—Estás loco. ¿Por qué te vas tan lejos si puedes trabajar aquí?

—¿Y qué vas a hacer si no consigues alumnos?

Las preguntas eran razonables. La incertidumbre también.

Pero siguió adelante.

Hoy entiende que al comienzo de cualquier aventura siempre existe una cuota inevitable de inseguridad. Lo importante es no permitir que esa inseguridad tome las decisiones por nosotros.

Cuando recuerda a las personas que marcaron su vida, vuelve inevitablemente a la figura de sus abuelos, Carlos y Olga.

A Carlos le debe mucho más que el aprendizaje de un idioma. Le debe un destino.

Si hoy pudiera decirle algo, probablemente sería algo sencillo:“Gracias por obligarme a estudiar en los veranos cuando quería irme a la playa. Gracias por sentarme en la academia cuando yo no quería estar ahí”.

A veces la gratitud llega muchos años después de la insistencia.

Para Alfonso, emprender no consiste solamente en generar ingresos o administrar un negocio. Significa tener la posibilidad de ayudar a otras personas a superar una barrera que muchas veces parece imposible.

Ha visto alumnos de todas las edades comenzar llenos de dudas.

“¿Será que voy a aprender?”

Y también ha visto cómo, con perseverancia, esas dudas terminan transformándose en confianza.

Por eso no sorprende que el valor que considera más importante sea precisamente la perseverancia.

Ni tampoco que considere que una de las mejores decisiones de su vida haya sido dedicarse a la enseñanza de idiomas.

A lo largo del camino descubrió algo que hoy repite con convicción: cuando una persona se propone algo, estudia y trabaja para conseguirlo, puede abrirse camino prácticamente en cualquier lugar.

A los jóvenes les recomienda exactamente eso.

No subestimarse.

Las críticas siempre existirán. Las opiniones también. Pero pocas cosas limitan tanto como creer que uno no es capaz antes siquiera de intentarlo.

Cuando se le pregunta por los mitos que le gustaría derribar sobre emprender en la Provincia de Islay, responde con una frase que seguramente muchos han escuchado alguna vez: “Aquí no se puede hacer nada”.

Y precisamente por eso vale la pena demostrar que sí se puede.

Aunque ya no viva permanentemente en Mollendo, sigue regresando con frecuencia. Le gusta observar los cambios de la ciudad, recorrer sus calles, mirar sus playas y comprobar que conserva algo que muchos lugares han perdido: tranquilidad.

Esa tranquilidad, cree, también tiene valor.

Y quizá por eso sigue apostando por esta provincia.

Porque hay lugares que nunca dejan de ser parte de uno, incluso cuando la vida te lleva a miles de kilómetros de distancia.

Después de todo, la historia de Alfonso Málaga no es únicamente la historia de alguien que aprendió diez idiomas.

Es la historia de un muchacho que soñaba con viajar, de un abuelo que insistió cuando nadie entendía por qué insistía tanto, y de una vida entera demostrando que algunas de las mejores oportunidades llegan disfrazadas de obligación.

Porque a veces el primer paso hacia un sueño no lo damos nosotros.

A veces lo da alguien que cree en nosotros antes de que aprendamos a creer en nosotros mismos.

Exposición en Río de Janeiro

Algunas acuarelas de Alfonso

Si te gustó este texto, compártelo.

Las buenas historias merecen seguir viajando.
Novuz crece gracias al boca a boca… y a lectores como tú.

Deja un comentario