Lo que mi mamá me contó a sus casi 94.

Las pistas que me dejó antes de irse

Mi mamá se llamaba Rosa Elena Paula Valdivia Paredes. Nació en Mollendo el 26 de enero de 1932. Fue la tercera de seis hermanos —dos murieron muy pequeños—, vivió su adolescencia en Puno desde los 14 años, se casó con mi papá en 1959, enviudó en 2018 y falleció en diciembre de 2025.

Tuvo seis hijos. Cinco mujeres… y yo. La genética no descansa: yo tengo cuatro hijas y una nieta.

Estudió primaria en el colegio María Auxiliadora de Mollendo, en el local donde hoy es mi casa. (¿Coincidencia?) En ese mismo lugar también estudió mi papá. ¿Será que los genes empiezan a alinearse?

Esta conversación la tuvimos en octubre de 2025. La hice porque era inevitable pensar que, a sus 93 años, el tiempo ya no sobraba. Los dos nos sentimos muy cómodos al hacerlo.


Sus primeros recuerdos eran con sus hermanas, en Mollendo. Decía que no salía mucho a la calle, que vivía siempre con ellas. Dormían en una habitación con cuatro camas —Sara, Tere, ella y Doris— en la casa de los Montoya, en la calle Blondell. La recordaba como una casa moderna para su época: mi abuelo la alquilaba por 63 soles al mes y tenía algo que en los años 30 era casi un lujo: agua caliente y terma.

Uno de los baños tenía tina, y ahí jugaban a la piscina. A veces invitaban amigas solo para mostrarles cómo salía el agua caliente de la tubería. Un día incluso mintieron: no fueron a la playa y se metieron tantas en la tina que el agua se rebalsó sobre la mayólica del piso. Decía que gozaron mucho.

En el primer piso funcionaba una panadería. La dueña, Primitiva Montoya —alta, gorda, con moño en el pelo y de voz fuerte—, era, según mi mamá, una buena mujer. Pero lo que más recordaba era el olor: ese olor intenso a pan desde la madrugada, y también por las tardes. Desde el segundo piso podían ver la panadería y, desde las cuatro de la mañana, el pan salía en canastones. A veces bajaban una talega con una soga desde el balcón; abajo les ponían el pan y ellas lo jalaban hacia arriba.

También horneaban cosas para los clientes, y ellas olían todo desde arriba. Se peleaban para bajar a pagar el pan quincenal porque la señora les regalaba cachitos o caramelos… y a veces hasta alguna moneda.

Desde la azotea se gritaban con la casa de los Zuzu —donde hoy trabajo—, donde vivían las hermanas menores de mi papá. Como no había construcciones alrededor, las voces se escuchaban perfectamente. Un sábado iban unas; otro sábado, las otras.

A mi abuelo materno, Jorge, le decía “Papacito”; a mi abuela Isabel, “Mamacita”. Cuando mi abuelo estaba en casa —era administrador de Correos— no jugaban para no hacerle bulla.

Había también una señora Felicita que ayudaba en la casa: cocinaba, limpiaba y los lunes lavaba la ropa. Era viuda y usaba tul negro, que se quitaba para trabajar. Decía algo que a mi mamá le quedó grabado: “A mí me gusta trabajar aquí porque no hay que cargar agua. Sale por el caño no más”.

De niña tenía miedo a la oscuridad. Se despertaba y se metía a la cama de su hermana Sarita, que al darse cuenta la botaba. Sara y ella nacieron el mismo dia de diferentes años. El catre era de fierro y sonaba como lata.

En ese momento recordé algo mío. Cuando yo tenía 7 u 8 años dormía en el primer piso de la casa grande en la Mariscal. Mis papás y hermanas arriba. Yo también tenía miedo. Subía de puntitas al cuarto de mi hermana mayor, Rosi, y le pedía que me acompañe. Y lo hacía. “Que no escuche mi Pa”, me decía.


En segundo de secundaria se fue a vivir a Puno. En el colegio, las madres le decían que sea monja.

Cuando mi abuelo fue trasladado en los años 40, toda la familia se mudó. Vivían en una quinta, una de las pocas zonas asfaltadas de la ciudad.

En el colegio de Puno les hacían descuento en la pensión porque eran varios hermanos. Sus hermanas estudiaban en La Normal para ser profesoras, pero a ella no le gustaba esa idea. Quería trabajar para ayudar a su papá.

Le gustaba actuar (ese gen no lo heredé). Cantó en tercero y le fue bien. Hizo de monaguillo en una obra teatral del cole. En quinto cantó un vals y “Obsesión” de Pedro Vargas. La aplaudieron de pie.

Por problemas políticos, mi abuelo se quedó sin trabajo cuando Odría llegó al gobierno.

Faltaba plata.

A los 16 años, mi mamá consiguió trabajo. Era amiga de la hija del administrador Bedoya de la Caja de Depósitos —el Banco de la Nación de hoy— y le pidió que le preguntara a su papá si podía darle trabajo. Lo logró.

Como la mayoría de edad era a los 21, era prácticamente una niña. En el banco le decían “Chicoca”.

Me lo cuenta con orgullo: dos veces ganó el premio a mejor empleada, incluso con carta desde Lima, lo que le valió medio sueldo extra en ambas oportunidades. “No podía estar sin hacer nada”, decía (gen heredado). Cuando terminaba su trabajo, ayudaba a los demás: “Ellos felices”.

Los cierres del banco eran hasta el 25 del mes siguiente. Ella logró bajarlos al día 6 (otro gen heredado). Me dictó de memoria el orden de las agencias: Ayaviri, Azángaro, Huancané, Juli, Juliaca, Macusani y Sandia. Los cierres se amarraban con soga y se enviaban a Lima. Ella los cosía. A veces el portero la ayudaba.

(Anoté algo mío en ese momento: miedo, timidez… y quizás el no merecer).

Trabajó casi ocho años, hasta que se casó.

Recordaba a César Silva Santisteban, un joven que llegó de Lima a hacer la carretera. Se enamoraron.

Buscando trabajo, mi abuelo llevó a la familia a Arequipa.


Se comprometió en julio de 1958, por carta. Cuando ya era novia, era tímida con mi papá.

Mi abuelo los hizo casarse por civil en diciembre para que en el pasaporte de ella figurara como “casada”. No quería que pareciera que viajaba como soltera. Se fueron a Buenos Aires de luna de miel (otro gen heredado).

Allá estaba Alfredo Quiroz, quien luego sería querido cuñado de mi papá. Le dijo a mi mamá que le pidiera un regalo a mi papá. Ella no quiso; le parecía mal que una mujer pidiera. Alfredo habló a escondidas con mi papá y le dijo que a mi mamá le gustaba un anillo. Se lo compró.

Hasta el día de su velorio usó tres anillos: el de compromiso, el de matrimonio y ese regalo de luna de miel.


Le dio alegría que Rosi, mi hermana mayor, se casara por primera vez. No le dio miedo.

A sus hijas les decía: “Háganse respetar”. No salir mucho… pero sí socializar.

A ella le gustaba bailar. A mi papá no. Y por eso ella no bailaba (quizá eso explica por qué yo tengo tantas libertades en mi matrimonio).

No creía en el divorcio, pero en estos tiempos le parecía bien. También aprobaba la convivencia.

Sobre la religión, decía que no la veía real, aunque en sus últimos meses recibía la comunión todos los jueves.

Su orgullo era la unión de sus hijos. Me lo repitió varias veces.

La viudez la vivía sintiéndose protegida por ellos.

Sobre el dinero, decía: “Debí haber gastado más”.

Sobre la vejez: “No se debe vivir tanto” (y tuvo una vejez lúcida y físicamente envidiable).

Sobre el matrimonio: “Escoger bien”.

Sobre la verdad: “Siempre, sin engañar”.

Sobre la niñez: “Que las niñas vivan su edad y no actúen como viejas”.

A sus hijos: “Vivan más tranquilos… y viajen todo lo que puedan”.

Sobre el gasto: “Ahora la gente gasta sin pensar en el futuro”.

Sobre la corrupción: “Es maldad”.

Y sobre la política: “No hay moral. Ahora todos son unos sinvergüenzas”.


No sé si esa conversación fue una entrevista. Creo que no.
Fue más bien un intento de congelar el tiempo y de guardar algo que, de todas maneras, se iba a ir.

Esa mañana volvimos a hablar de cómo quería que fuera su velorio: sencillo, cremación, solo ustedes. Me lo dijo sin ningún drama.

Hoy, al releer sus respuestas, entiendo algo que en ese momento no vi: mi mamá no estaba respondiendo preguntas. Estaba dejando pistas.

Y ahora me toca a mí entenderlas.


Coincidencias (o el espejo que no siempre es cómodo)

Releyendo todo esto, me quedó dando vueltas una idea.

Muchas de las cosas que siempre creí propias… en realidad ya estaban en ella.

Mi mamá, con 16 años, no se quedó esperando a que la vida se ordene. Se movió. Consiguió trabajo cuando hacía falta plata en la casa y, una vez adentro, no hizo solo lo suyo: hizo más. Terminaba su trabajo y seguía con el de los demás. “No podía estar sin hacer nada”, decía.

No sé en qué momento eso se me volvió natural. Pero ahí está el espejo.

También su forma de ordenar el mundo. De caminar rápido. En el banco, los cierres eran hasta el día 25; ella los llevó al día 6. Sin discursos. Solo haciéndolo.

Cuando miro mi manera de trabajar, de empujar, de no soltar las cosas hasta que salgan… aparece otra vez.

“¿Por qué siempre caminas rápido?”, me dicen muchas veces.


Pero hay un punto donde el espejo cambia.

A mi mamá le gustaba bailar. “Me hubiera gustado usar pantalones de joven”
Y no lo hacía.

Porque a mi papá no le gustaba.

Y entonces, simplemente, no bailaba. Sin reclamo. ¿Ma, y porque no te rebelaste ? le dije ya de joven. Sonrio. 

Ahí es donde la historia da una pequeña vuelta.

Porque en mi caso es distinto.

Yo incentivo a Karen a que salga, a que baile, a que disfrute… incluso si es sin mí.
Que haga todo lo que a mi mamá, quizás, le hubiera gustado hacer y no hizo.

No es rebeldía. Tampoco corrección.

Es, tal vez, una forma silenciosa de continuar la historia… pero ajustando una línea.


También heredé otras cosas más livianas. La memoria para los detalles. Esa idea tan clara de que la familia es refugio y sobre todo unión.

Y algunas contradicciones.

Ella decía: “Debí haber gastado más”.

Yo todavía estoy digiriendo eso.


Y quizás de eso se trata todo esto.

No de inventarnos desde cero.

Sino de mirar bien de dónde venimos…
para decidir, con un poco más de conciencia,
qué queremos repetir…
y qué queremos cambiar.

Y, por supuesto, agradecerle.

Porque si no, no estaría escribiendo esto…
y mis hijas no conocerían un poquito más a su abuelita, como le gustaba que se refieran a ella.



Con Martín, su bisnieto, a tres días de empezar su nueva vida… porque, como dice la sabiduría egipcia, nada termina: solo continúa.

Una respuesta a «Lo que mi mamá me contó a sus casi 94.»

  1. Avatar de
    Anónimo

    hermoso relato con tanto encanto

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