Nos creemos dueños del planeta… y llegamos en el último segundo

Una mirada a la edad de la Tierra que debería hacernos un poco más humildes

Hace unos días tuve la suerte de salir a nadar en el ocaso en el mar frente a mi casa. El sol ya estaba cayendo cuando paré en el fondo, me agarré de mi boya y me quedé quieto, flotando,  mirando los últimos minutos de luz sobre el agua.

No hice nada más. Solo mirar.

En ese momento me sentí tan emocionado y tan pulga frente a todo aquello que esa sensación también inspiró lo que ahora escribo.

A los días vi en Netflix un documental, Dinosaurios, recientemente lanzado. Lo dirige el super capo Steven Spielberg. Lo recomiendo porque su imaginación volará y les sugiero subir el volumen: se sentirán unos enanos.

Eso me pasó a mí mientras lo veíamos sorprendidos con Anne y Gabu.

Ahí encontré algunas curiosidades que terminaron de darle forma a este artículo.

La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Para tratar de entender esa cifra descomunal conviene hacer un pequeño ejercicio mental: imaginemos que toda la historia del planeta se comprime en un solo año calendario. En ese escenario, la Tierra se forma el 1 de enero. Durante meses enteros no ocurre nada que se parezca a nosotros. El planeta se enfría, los océanos aparecen y la vida comienza lentamente a abrirse camino en formas diminutas y silenciosas. Pasan estaciones enteras sin que exista nada que remotamente recuerde al ser humano.

En ese calendario imaginario, recién en diciembre comienzan a aparecer escenas que reconoceríamos. Hace 235 millones de años comienza el Triásico. Un poco después, hace 225 millones, todos los continentes formaban una sola masa gigantesca llamada Pangea. Más tarde, hace 199 millones, empieza el largo reinado de los dinosaurios, que dominaron el planeta durante otros más de 130 millones con una tranquilidad que hoy nos parece eterna. Con el tiempo, hace 160 millones de años, la Pangea empieza a fracturarse y el planeta se reorganiza lentamente. Hace 153 millones termina el Jurásico y la Tierra sigue girando. Girando, indiferente a cualquier pretensión de permanecer quieta.

La vida, mientras tanto, continúa su experimento. Las especies aparecen, prosperan durante un tiempo y luego desaparecen. No hay drama wagneriano en ese proceso. Es simplemente lo que la ciencia llama selección natural, el mecanismo por el cual la vida se adapta o deja espacio para que otras formas ocupen su lugar. La naturaleza no tiene sentimentalismos; solo tiene continuidad.

Si seguimos avanzando en nuestro calendario fílmico, llegamos al 31 de diciembre, casi a la medianoche. Allí, en ese último instante del año planetario, aparece finalmente el ser humano moderno. Hace 60 mil años surge el Homo sapiens. Hace 15 mil aprendemos a sembrar y domesticamos al perro. Hace 8 mil años nacen ciudades como Babilonia. Hace 2 mil años nace Cristo. Y hace apenas 20 años aparece Facebook.

Todo lo que solemos llamar historia —imperios, religiones, revoluciones, tecnología— ocurre en los últimos segundos del último día del año.

Y aun así discutimos como si el planeta nos perteneciera. Como si la Tierra hubiese sido diseñada para nosotros. Como si nuestra especie fuese el destino final de la evolución.

Pero basta observar con más calma. La próxima vez que veamos una cucaracha —o un capi, como le decimos en Mollendo— quizá convenga recordar algo antes de pisarla: esa especie vive en la Tierra muchísimo más tiempo que nosotros y ha sobrevivido a cambios climáticos, glaciaciones y extinciones masivas que habrían puesto en aprietos a nuestra orgullosa civilización.

O pensemos en los pelícanos que pasan rozando las olas de la Primera Playa. Evolutivamente, un pelícano está mucho más cerca de un pterodáctilo que nosotros de un chimpancé. Y, sin embargo, esos pelícanos llevan millones de años habitando este planeta con una discreción elegante y hasta de vuelo anónimo.

Nosotros, en cambio, somos una especie muy reciente que todavía está aprendiendo a convivir consigo misma. Si no, pensemos ahora mismo en Gaza, la guerra no oficial de Irán o la lucha por ganar el tránsito en el estrecho de Ormuz.

Suena algo satírico, pero muchas veces pienso que nuestra especie, tan orgullosa de su inteligencia, tiene muy poco de superior. Somos frágiles. Dependemos de un clima estable, de una atmósfera precisa y de un equilibrio ecológico delicadísimo. Basta un pequeño cambio en cualquiera de esas variables para que nuestra sofisticada civilización se vuelva sorprendentemente vulnerable. Si no, acordémonos de la viruela que trajeron los europeos a América hace 500 años y que pudo matar al 70–80% de la población indígena; o, para volver a asustarnos, recordemos el Covid de 2020.

Y aun así subimos al Everest y por un momento sentimos que hemos conquistado el mundo. Quizá olvidamos que la montaña estaba allí mucho antes de nosotros y seguirá allí mucho después.

Visto desde la edad del planeta, nuestra historia es apenas un suspiro… ¡Ya suena a vals!

Llegamos en el último segundo, hicimos mucho ruido y rápidamente nos declaramos dueños del mundo. Tal vez la verdadera inteligencia no consista en dominar la naturaleza, sino en comprender nuestro lugar dentro de ella. Porque cuando uno observa la escala del tiempo de la Tierra, la conclusión resulta inevitable: somos una especie muy joven en un planeta muy antiguo. Y si alguna vez logramos entender realmente esa perspectiva, quizá descubramos que la humildad no es una debilidad… sino una forma más profunda de sabiduría.

Así que la siguiente vez que veamos una de las lagartijas en nuestras rocas mollendinas, o pasar planeando a los señorones pelícanos por las orillas, quizá deberíamos pensar en hacerles una reverencia.

2 respuestas a «Nos creemos dueños del planeta… y llegamos en el último segundo»

  1. Avatar de
    Anónimo

    linda reflexión, a estar mas arentos de cual es nuestro lugar.

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  2. Avatar de carpediem 789
    carpediem 789

    Bonito y bien escrito post, sobre todo el mensaje que transmite … me copiaré algunas frases relevantes … es verdad “sharing the planet” .. la perspectiva puede ayudar mucho a entender y valorar a cada especie de nuestro planeta..

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