Crónica doméstica de un papá tratando de entender el menú de su hija
Para Anne, que ha convertido cada comida en una aventura…y a su papá en un investigador del menú.
Contaré una historia graciosa sobre Anne, mi hija.
Estoy en un dilema casi existencial. No logro descifrar con precisión científica sus gustos culinarios. Aunque estoy casi seguro —o quizá no tanto— de que el pollo a la brasa es su elección predilecta, basta que la luna cambie de fase para que, de pronto, el pollo haya volado misteriosamente de su lista de favoritos.
Con Anne me pasa algo curioso: muchas veces confundo sus gustos. Y, siendo sincero, a veces sospecho que ni ella misma está completamente segura de cuáles son.
Como en Mollendo los restaurantes tampoco son infinitos, solemos repetir una pequeña rutina familiar. Cada semana uno de nosotros elige el lugar donde iremos a comer. El resto debe respetar la decisión y aceptar el menú del establecimiento elegido.
Si vamos a la pollería, toca pollito con papas.
Si vamos a la cebichería, pescado frito, choros a la chalaca o el infaltable cebiche.
—¿Y no hay pastel de papa aquí? —pregunta Anne, mirando la carta con esperanza.
Todo se complica cuando entramos al terreno de las preferencias.
Alguna vez, cerca de Navidad, la conversación familiar giró alrededor del panetón y sus cinco mil calorías por bocado. Cada uno debía elegir su marca favorita.
—¡No hay como el D’Onofrio! —declaró Anne con absoluta convicción.
—Ese está fuera de mi presupuesto —dije yo—. Yo solo como el Bell, el alcanzable de Plaza Vea.
—¡No! Ese es feo.
Para resolver el conflicto creamos algo muy serio: el Estudio Panetonístico del Mes.
Establecimos reglas estrictas. Trajimos cuatro marcas a la casa, vendamos los ojos a los participantes y organizamos una cata profesional: platos separados, mesa tendida, vaso de agua para neutralizar sabores, concentración absoluta y comentarios muy técnicos.
Anne estaba convencida de que el mejor sería el D’Onofrio. Lo decía con la seguridad de quien conoce la verdad universal de las Navidades.
Al final del testeo, el ganador escogido por ella fue… Todino.
Y sí: Anne lo había elegido.
Otra vez pasó algo parecido con la cerveza. Los domingos, cuando abrimos una, a veces Anne pide un pequeño sorbo.
—Ah no, a mí solo me gusta la Cusqueña, la blanca —dice con firmeza cada vez que yo destapo una Pilsen.
Prueba un poco y reafirma su teoría:
—Más rica es la Cusqueña.
Para evitar contratar a Ipsos y realizar un estudio de mercado millonario, decidimos organizar el Reto Pilsen en la mesa familiar.
Ojos vendados, vasos numerados, planilla Excel en la laptop y lapiceros rojo y azul para el registro oficial.
Anne probó una, probó otra… reflexionó… y eligió la mejor.
Era Pilsen.
Con el cebiche ocurre algo todavía más complejo.
Ahora dice que no le gusta. Pero antes sí le gustaba.
El problema es que el “antes” puede significar hace dos días… o hace tres años. Entonces uno nunca sabe exactamente en qué momento histórico estamos.
—¿Pero el cebiche mixto te gustaba? —intento persuadir.
—No, papá. Eso era antes. Ahora me gusta el simple.
He decidido tomar medidas.
Una alternativa es sacar copias de todas las cartas de los restaurantes de Mollendo para que Anne pueda estudiarlas con anticipación.
La otra es llevar en las Notas de mi celular un registro detallado de sus preferencias gastronómicas.
Y también he pensado en salir a los almuerzos domingueros con mi laptop a la izquierda y la lista de sus gustos abierta en la pantalla.
Aunque temo que ni eso me salvará.
Por ejemplo, están las alitas BBQ. A ella le encantan las alitas BBQ…
pero sin BBQ.
Y con limón.
—Entonces alitas a la parrilla —propongo.
—No, prefiero las BBQ… pero sin la salsa.
Después viene el arroz con pato.
—Sí me gusta el arroz con pato —dice Anne.
—Perfecto —respondo.
—Pero que no le pongan el pato. Si pueden, un huevo frito queda más rico.
Y uno de sus favoritos es el tallarín rojo con pollo.
—Pero sin presa y que no sean los tallarines planos. A mí me gustan los normales.
—Son lo mismo —le digo—, tienen el mismo sabor.
—No. Prefiero los normales.
A veces me quedo mirando el menú como si fuera un problema de álgebra avanzada.
—Mi papá no se acuerda —dice ella.
Quizá la próxima vez debería sentarme a su lado con mi nota escrita en la mano, como quien consulta un documento histórico.
Aunque con Anne sospecho que incluso la historia cambia de un día para otro.
Hoy llegaron unos chocolates de regalo para Karen.
—Felizmente estos no te gustan —la molesto— porque te hacen estornudar.
Anne me mira y responde muy tranquila:
—No. A Andrea le hacen estornudar.
Y de postre…
—¡Tiene que ser el Papillon del Marco Antonio! —dictamina.
—Pero el Marco ya cerró hace tiempo —intento convencerla.
—Tu amigo prepara en su casa.
Y así fue: ese fue el postre elegido para su último cumpleaños.
Para divertirnos y burlarnos de nosotros mismos, en la familia solemos poner notas a los platos de los lugares en que comemos algo, del uno al diez.
Otro día probó una hamburguesa del flamante restaurante que acaban de inaugurar.
Anne la probó y le puso cuatro.
—¿Cómo que cuatro? —dice Gabu—. ¡Si está riquísima!
Casi la excomulgan en la mesa.
—Prefiero la hamburguesa del quiosco de la esquina de Inkafarma —sentenció—. La de ocho soles, con papitas al hilo y todas las cremas.
—¿Todas las “venenosas”? —le digo yo.
—Sí. Todas.
Esa es mi hija!Definitivamente austera: elige la de 8 contra la de 25 soles.
Ahorro es progreso.
En otra ocasión estuvimos en Moquegua y pidió chicharrón de chancho.
Después de probarlo dijo, muy seria:
—No es igual que el chicharrón de Mollendo.
—Claro —le respondí—. Es otro restaurante, otra ciudad, otra preparación… y otro chancho.
Anne lo pensó un momento.
—Bueno —dijo finalmente—. Prefiero el de Mollendo.
Hace años, en un restaurante cubano en Miami, intenté otra comparación gastronómica.
—Hija, pide Masitas de Cerdo, que es igualito a nuestro chicharrón de chancho. Y si no te gusta, me lo como yo.
Fallé.
Además de haber tenido que comer medio plato, Anne dijo que prefería el de Mollendo.
Y yo sigo tomando nota.
Aunque sospecho que para la próxima comida la lista ya habrá cambiado otra vez.
Y si mañana cambia otra vez de gustos, no importa.
Lo importante es que Anne siempre tenga apetito…
y yo la suerte de verla reírse.


Replica a Anónimo Cancelar la respuesta