Hernán, rigor como forma de amor
Durante nuestra infancia, mi papá siempre nos habló de Hernán. Su héroe, como muchas veces lo dijo. Y tenía valederas y muy serias razones para pensarlo así. En este relato pretendo recordarlo como a mi papá le hubiera gustado: con respeto, con verdad y sin exageraciones. Porque la historia sola ya impresiona.
Mis abuelos Zuzu, Alicia y Hernán, se conocieron y casaron en La Paz. Por razones de trabajo —mi abuelo laboraba para una empresa familiar en Bolivia— consiguieron trasladarse a Mollendo en 1920. En brazos llegó también su primer hijo, Hernán, nacido en Bolivia. Así comenzó la historia Zuzu en este puerto.
Puedes leer más de la historia Zuzu aquí.
Mis abuelos tuvieron once hijos en poco más de veintiún años. Un récord que hoy parecería de Ripley. Hernán fue el primogénito. El mayor. El primero en cargar con lo que vendría.
Mi abuelo falleció antes de cumplir los cincuenta. Hernán hijo tenía apenas 22 años. Y ahí dejó de ser joven.
Alicia quedó viuda a los treinta y nueve, sin pensión, sin casa propia, sin seguridad económica y con hijos pequeños que mantener. Elena, la menor, tenía apenas cinco años. Mi papá estaba por cumplir doce. Carlos, el segundo, ya estudiaba Derecho en la Universidad San Agustín de Arequipa y no vivía en Mollendo. La casa familiar —Dean Valdivia con Arequipa, donde hoy tengo mi oficina— albergaba no solo a los hermanos, sino también a una tía y a la abuela, mi bisabuela.
Mi abuelo había sido encargado de la Empresa de Luz de la ciudad. Tras su muerte, los dueños ofrecieron el puesto a Hernán. Y él aceptó. Había estudiado contabilidad por correspondencia desde un instituto en Argentina.
No estaba destinado a ser el administrador, pero los empleados les dijeron a los dueños que Hernán, durante toda la enfermedad de su papá, estuvo llevando la administración. Lo escogieron.
A los 22 años se convirtió en el sostén de la familia: ¡doce personas sobre el hombro!
Esas circunstancias extremas forjan carácter. Y a Hernán lo templaron como acero.
En los días finales de mi abuelo, Hernán pidió al médico amigo de la casa que le permitiera hacer transfusiones de sangre desde su brazo al de mi abuelo. Incluso lo hizo, escuchando la recomendación de que eso lo debilitaba. Un gesto de compasión radical. De esos que solo entiende quien ha visto sufrir demasiado.
Hernán era severo. Le dijo a mi papá que, si no sacaba buenas notas, lo retiraría del colegio. Cumplió su palabra: lo retiró a medio año del tercero de secundaria. No había espacio para tibiezas. La vida no era blanda.
Pero no fue solo rigor. Fue también impulso.
Teniendo mi papá 14 años, Hernán le consiguió el primer trabajo en la tienda de José Abusada, donde él llevaba la contabilidad. Años después, cuando ese negocio se puso en venta, Hernán habló con los dueños, avaló la operación y mi papá pudo comprarlo. Mi papá repetía siempre lo mismo:
—El negocio debería ser a mitas con mi hermano. Él lo garantizó.
Hernán nunca quiso nada.
Hay grandezas que no firman papeles.
Mi papá odiaba comer porotos, pero por supuesto los comía, porque no había otra opción. Lo que tenía de sueldo en la Casa Abusada, donde trabaja, íntegramente se lo entregaba a mi abuela. Y ocurrió algo emocionante en el almuerzo, después de haber recibido el primer sueldo, el día que tocó porotos. Hernán se paró de la mesa, se acercó a mi papá y solemnemente dijo:
—Desde hoy Jorge no comerá porotos.
De solo imaginarme los ojos de mi papá con esas palabras, se me vuelve a escarapelar todo el cuerpo. Un verdadero maestro, Hernán.
“Es Lin Yutang”, decía mi papá sobre su hermano.
Considerando la estrechez económica en que quedaron como huérfanos, Hernán se daba el espacio para llevar a dos de sus hermanas (rotativamente) al cine una vez por semana.
Tenía frases que se quedaron en la familia. Cuando había discusión entre los hermanos por repartir algo —una chancaca de postre, por ejemplo— decía: “Uno parte, el otro escoge”.
El que corta debe hacerlo con precisión quirúrgica, porque no sabe qué pedazo le tocará. Justicia práctica. Lección simple. Filosofía doméstica.
Fue cariñoso y detallista. Y aquí un pequeño ejemplo: en la primera Navidad después de haberse vuelto huérfanos, Elena, la hija menor y aún niña, decía a sus hermanos que en esas fiestas no recibiría regalo porque no había dinero, porque a Papá Noel no le alcanzaría. Hernán hizo su mayor esfuerzo y, consiguiendo trabajos adicionales, logró comprar un triciclo para la hermana menor.
—Sí hay Papá Noel.
Le dejó el mensaje. Ella tenía solo cinco años.
Todos los años, mi papá viajaba a Lima para pasar el cumpleaños de Hernán. Era un ritual. Iban juntos a los baños turcos José Pardo y luego a comer parrilla a La Carreta, que a Hernán le gustaba. Esos viajes eran sagrados.
Lo recuerdo por detalles: el peinado con raya al centro, la corbata michi, la maleta reducida para viajar ligero. Las cartas de cumpleaños que siempre me enviaba. El billete de cinco soles, nuevecito, que me regaló y que guardé durante años en la caja fuerte de mi mamá como si fuera reserva del BCR.
Sus crónicas de viaje. Sí, y las tuvo muchas. Varias de ellas las he leído por manos de mi papá, y ahí se describe el detalle de todo lo sucedido durante esas vacaciones. Fueron también fuente de inspiración para mí al soñar de joven con ser un Marco Polo viajero.
Siempre, por boca de mi papá, nos contaba cómo su hermano mayor fue extremadamente riguroso y ordenado con el dinero, y el valor que él le daba no por el hecho de derrocharlo, sino por lo que se podía hacer con él. El automóvil austero que manejaba —y que podría haber cambiado— quizá era reflejo de una frugalidad que le impedía hacerlo.
Para nosotros era como un mariscal de guerra. Intuyo que esa imagen se formó por todas las historias que escuchamos de él por boca de mi papá.
“Bolognesi era un chiste si lo comparas con mi hermano”, decía. Puede sonar exagerado. Pero así lo sentía.
Su operación al corazón y posterior muerte marcaron profundamente a mi papá. Estoy convencido de que fue el mayor dolor de su vida, incluso más que la pérdida de mi abuela. Porque cuando muere la madre, uno queda huérfano. Pero cuando muere el hermano mayor que fue padre, guía y sostén, uno queda con la brújula desubicada.
Hoy, cuando pienso en Hernán, no veo solo al hombre severo. Veo al joven de 22 años que no tuvo opción de elegir una vida ligera. Veo al hermano que sostuvo, al que garantizó sin cobrar, al que repartía la chancaca con justicia quirúrgica. Veo al héroe de mi papá.
Y cuando un padre tiene un héroe, ese héroe termina formando también a los nietos.
Quizá algo de rigor, algo de temple, algo de esa obsesión por cumplir la palabra, viene de allí.
En cada familia hay uno que carga más de lo que le tocaba.
En la mía, fue Hernán.



Deja un comentario