El Perú es un país turístico… en teoría. Tenemos historia, paisajes, gastronomía sin igual y diversidad como pocos. Pero cuando uno mira las cifras reales, la historia es otra.
En un acertado artículo, Juan Stoessel, CEO de Hoteles Casa Andina (Perú21, 25.1.26, p.13), explica claramente por qué nuestro país no puede incrementar la cantidad de turistas que llegan. Dice ahí que en el 2025 el Perú recibió 3.4 millones de turistas internacionales. Menos de un millón de lo que entró en prepandemia. El año pasado, Colombia casi 4 millones; Chile 5.2; Brasil 9 millones. Es una cifra que muestra recuperación post pandemia, pero aún modesta para el potencial del país.
Y señala que esto sucede principalmente por las zancadillas que las autoridades le han puesto al turismo en los últimos años. Da ejemplos evidentes y categóricos: el gobierno de Castillo cortó a cero la publicidad del país en el extranjero; las revueltas sociales post autogolpe, en el momento que entró Dina, ahuyentaron a los visitantes que traían su dinero para dejarlo. Esos acontecimientos generaron 28 alertas de viaje mundiales (ni en la época del terrorismo tuvimos tantas). A eso se suma el pésimo manejo del acceso a Machu Picchu, al punto que desde fines del 2020 ha sido cerrado 17 veces. Algo increíble.
Lo que relata Stoessel parece de película, pero película de terror. Como si nos estuviéramos haciendo el haraquiri constantemente y ganando todos los puntos para ahuyentar a quien nos quiere visitar.
El turismo a nivel mundial es un hiper generador de recursos. Puede dejar más de 1,000 dólares al país solo en una semana y por pasajero, que se distribuyen en hoteles, restaurantes, transportes, entretenimiento e impuestos. Un pequeño agricultor puede generar esos mismos 1,000 dólares por hectárea, pero con cuatro meses de trabajo. Y con esto no quiero decir que dejemos de apoyar a la agricultura, sino más bien que, de una vez por todas, no dejemos de lado a la industria sin chimeneas.
Francia anunció que el año pasado sobrepasó los 100 millones de turistas recibidos; España casi 90 millones. Solo el Museo del Louvre, en París, recibe más de 15,000 visitantes al día. Disney World, en Orlando, Florida, más de 17 millones en doce meses. Un solo parque de diversiones más de cuatro veces lo que recibe todo nuestro país.
El turismo genera más empleo por persona que la industria minera. Es como para no creerlo. Mientras otros países rebotaron rápido, el turismo peruano sigue a media caña.
El contraste lo dejo aquí con una buena experiencia que se viene dando en Mollendo. El turismo de invierno ha venido creciendo de manera sostenida desde el 2020. Ese año estaba como alcalde Edgard “el Chino” Rivera, quien impulsó denodadamente la zona de la primera y segunda playa. Durante su gestión, acertadamente, se hicieron sustanciales mejoras: nuevo malecón, ciclovía, canchas deportivas y eventos culturales y deportivos durante los meses fríos. Muchos no le creyeron, pero felizmente prendió.
En todos estos años, entre abril y noviembre, los fines de semana la zona de playas parece verano. Y no estoy exagerando. Los estacionamientos de sábado y domingo están llenos; las canchas deportivas con jóvenes jugando; la zona de recreo para los niños con bastante acogida; los quioscos y ambulantes con buena rotación; y eventos y decoración que se renuevan de acuerdo con las fechas que se van celebrando.
Hay que resaltar que también, con igual acierto, el actual alcalde Richard Ale ha continuado con ese punche en la zona, y entonces el movimiento continúa. Es común, por ejemplo, ver en los meses mencionados cómo las sombrillas en la arena están ocupadas, la gente juega paletas, fútbol o simplemente camina. Muchos se bañan en el mar, lo que hace pocos años era impensable. Una prueba de que la inversión en turismo es más que rentable.
Sin grandes campañas ni presupuesto nacional, el flujo no se detuvo en Mollendo. De verdad, para aplaudir lo que ha sucedido aquí.
El país necesita que se coloque en el Mincetur a personas que tengan experiencia y que no sean improvisados, como viene sucediendo hace varios años.
¿Por qué dejar pasar otra oportunidad de desarrollo? Tenemos destinos increíbles y lo que nos falta es inversión estatal en infraestructura: conectividad cara (la mayoría de vuelos llegan a Lima), inseguridad percibida, informalidad y falta de estrategia. El turista se pasa de largo y a nuestro país le siguen pesando esos factores.
Que haya más aeropuertos provinciales, mejores pistas, y el privado se encargará de invertir eficientemente. Los turistas vendrán, incluso más que a Disney.
Entonces, de nuestra parte, también queda una lección. Mientras esperamos que el Estado se ordene —si es que algún día lo hace—, al menos hagamos bien lo que sí está a nuestro alcance. Tratemos bien a los turistas que vemos en la calle. No como si fueran billeteras con patas, sino como invitados. Seamos atentos, indiquemos con paciencia, recomendemos dónde se come un buen cebiche, una papa a la huancaína decente o un perol bien servido. Hagamos que se sientan en casa, aunque el país todavía no termine de arreglarla.
Porque al final, el turista no se lleva solo fotos. Se lleva historias. Y esas historias las contamos nosotros con pequeños gestos: una sonrisa, no haciéndoles el perromuerto con un mal servicio, una recomendación honesta, un “bienvenido” dicho sin desgano. Si se van contentos, volverán. Y si no vuelven, al menos hablarán bien. Eso, hoy, vale más que cualquier campaña millonaria mal pensada.
El Perú no necesita más maravillas ni más discursos. Necesita orden, gestión y sentido común. Y mientras eso no llegue desde arriba, que al menos no se nos escape desde abajo, desde cada uno de nosotros. Porque espantar turistas es fácil; recibirlos bien debería ser lo natural. Y, sin embargo, ahí seguimos… sorprendiéndonos de que no vengan.


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