Es una postura corporal sostenida durante las ocho horas laborales.
Aquí casi nadie vive. Aquí se trabaja, se transita, se gestiona la imagen. Lo sé porque, desde hace años, las pocas veces que duermo en Lima lo hago en Miraflores, donde todavía se permite cierta relajación. Pero esta vez me tocó San Isidro. No por moda, sino por una cita médica más cercana. Beneficios logísticos de la edad. Y al quedarme aquí, veo de cerca lo que normalmente solo cruzo de pasada.
San Isidro funciona como una puesta en escena bien ensayada. La gente no camina: circula con propósito. Todos llevan el mismo rictus, una especie de gesto inglés aprendido, mandíbula firme, mirada recta, monturas D&G, celular en la mano como si fuera un activo financiero. Incluso cuando hablan por teléfono parece que estuvieran cerrando algo importante, aunque estén, simplemente, pidiendo pan integral o un café. ¡Un latte, por favor!
El almuerzo nunca es almuerzo. Es light. Ensaladas, wraps, poke bowls con nombres impronunciables. Aquí nadie dice “voy a comer”, dicen “salgo un rato”. Comer mucho estaría mal visto: restaría eficiencia.
El gimnasio no espera al final del día. Ir al gym en horario laboral no solo está permitido: cotiza. Sudar a las 11:30 a. m. o a las 3:00 p. m. no es ocio, es gestión del cuerpo. En San Isidro el cuerpo también trabaja. Y salir caminando por la vereda, buzo apretado y botella en mano a las 12:30, es una señal clara de jerarquía: yo puedo.
Ellos visten jean pitillo, zapato café mate, camisa metida con precisión quirúrgica y una correa gruesa de cuero Versace que comunica solvencia. Casual, pero no tanto. Relajado, pero con esfuerzo. El casual corporativo: parece cómodo, pero no respira.
Las zapatillas son blancas. Marca ON, no hay otra. Siempre blancas. No Tigre, como en mis épocas escolares. Blancas de marca. Blancas por estatus. Las Tigre eran blancas por necesidad; estas lo son por declaración. Y el logo del calzado también habla. El de las carteras de ellas son logos aún más grandes, que hasta ya parecen embajadoras de la marca.
Ellas caminan bien producidas. Muchas son guapas, y cuando el rostro acompaña, se exhibe sin culpa. Cuando el cuerpo no es perfecto, el vestuario y el porte lo resuelven todo. Alguna vez me preguntaron, sabiendo que he viajado bastante, dónde había visto a la mujer más atractiva. Siempre respondo lo mismo: en Lima. No por estereotipo, sino por garbo.
El idioma ayuda. Aquí no se habla inglés: se lo intercala. Meetings, feedback, follow up, deadline. No importa si es necesario; importa que suene global.
En el desayuno del hotel confirmé que no exageraba. Nadie comía pan. Frutas, yogurt, semillas. Media tostada, con culpa. Mate en vez de café. Té verde. Y entonces me asaltó la duda inevitable: ¿las barrigas… resultado de qué son?
Ayer, en un café, unas señoras conversaban a viva voz:
—¿La fulanita sabes dónde fue por Navidad? Nosotros a Urubamba, con las chicas… ¡ella a NY!
Lo dijo tan fuerte que por un momento me sentí al pie del Rockefeller Center. No era chisme: era geolocalización social. Aquí no basta con viajar; hay que dejar constancia auditiva.
Por aquí no pasan combis. Mucho menos las llamadas “asesinas”. Uber o Cabify. La movilidad también comunica estrato. Si uno va a trotar, tiene que hacerlo alrededor del Golf. No por el ejercicio, sino por el marco simbólico y porque quede el registro en el Garmin Platinum Solar Extra Zafiro XLS, que, por su tamaño, más parece el Big Ben de muñeca.
Los ejecutivos top pasan en Lexus, con la mano apoyada en la ventana, gesto de “todo bajo control”. A veces uno duda: ¿esto es San Isidro o la City de Londres? ¿Wall Street con sol limeño?
Los que salen del gimnasio lo hacen con vestuario fitness completo. No van a entrenar; salen a ser vistos. El gimnasio no termina en el vestuario, continúa en la vereda.
Para lonche, hamburguesas ultra Angus. Carne especial, pan artesanal y precio que duele. Aquí hasta el colesterol tiene branding.
Creo que aquí se vende básicamente imagen. Todos saben quién soy, pero aparento otra cosa.
Y en ese juego, la mayoría está.
A mediodía fuimos con unos primos a almorzar en pleno centro financiero. Local pro de carnes. Mientras yo entraba con mi eterno pantalón viajero y polo negros, la gentil hostess casi me lleva a la puerta de servicio. “Tengo reserva”, le dije. Le cambió la cara y no tuvo otra que acompañarme hasta la puerta vidriada. Ya sentado, me resistí a pedir la típica Pilsen y accedí a la recomendación del gentil mozo: “cerveza artesanal de la casa”.
En la mesa de la izquierda yo estaba atento a ver cómo llegaban los platos, porque un rato antes les habían traído una gran bandeja con cortes premium congelados de trozos carnívoros “fuera de lista” para que los seis orangutanes almuercen. Claro que cada uno escogió sin saber qué pedían, pero ya había quedado registro de que ellos podían darse ese lujo ante los curiosos y misios como yo.
—¿Y se verá mal que les pida probar un bocadito? —le dije a mi primo.
Al momento de la cuenta es típico que no la revisaron (se ve mal desconfiar de los mozos) y cada uno pagó su parte, seguro con más de tres ceros. Tarjeta en mano y sonrisa natural.
No está mal. Hay reglas claras, buena iluminación y música new age horrible de fondo, esa que nadie escucha pero todos soportan.
San Isidro exagera porque cree que el éxito, si no se muestra, no existe.
Y mientras camino entre rictus, pitillos, inglés intercalado y hamburguesas premium, me divierto observando. Sabiendo que todo esto es una puesta en escena. Que uno entra, actúa un rato… y luego vuelve a casa a sacarse el traje.
Porque al final, “parecer” es un trabajo de tiempo completo.



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