Todavía estoy acá: cuando el reconocimiento no se dice, se pierde.

El narcisismo compensatorio tardío es un fenómeno frecuente en los varones entre los 45 y 55 años, y no debe entenderse como una patología, sino como un proceso de ajuste de identidad. Hacemos balance de nuestras vidas. Comparamos lo que habíamos soñado de niños con lo logrado; nos comparamos con el amigo, con el vecino, con el compañero de trabajo. No nace del ego chambullero, sino del balance que aparece cuando una etapa larga de la vida empieza a cerrarse.

Andropausia o crisis de la mediana edad, también lo llaman los psicólogos.

A esa edad, muchos hombres ya han demostrado que pueden producir, responder y cumplir. Han sido funcionales y responsables durante décadas. Sin embargo, ese mismo logro trae consigo una pregunta silenciosa pero persistente: “¿Esto era todo?”. No es una crisis por falta de éxito, sino por agotamiento del guion de vida. 

El fenómeno suele activarse por tres factores simultáneos. Primero, el cuerpo cambia, aunque aún funcione. Segundo, el deseo deja de ser automático y necesita estímulo. La testosterona baja radicalmente, así que el Viagra empieza a subir su consumo, aunque mis amigos de la promo colegial no lo quieran admitir. Tercero, el reconocimiento externo disminuye: ya no se es promesa, sino resultado. Estos cambios no quitan valor, pero sí sacuden la imagen interna. Al fin y al cabo, la cueva cambió de forma pero el instinto no.

En ese contexto aparece la necesidad de reafirmar la masculinidad, no desde la utilidad sino desde la vigencia. El narcisismo compensatorio busca sentirse vivo, deseable y capaz de elegir, no simplemente cumplir funciones.

Los símbolos clásicos de este proceso —el auto descapotable, la moto grande, el reloj llamativo, la teñida de canas, el gimnasio intensivo, la ropa juvenil apretadita o las aventuras tardías de viejo verde— no son el problema en sí. Funcionan como representaciones visibles de un mensaje interno: “todavía puedo”, “todavía atraigo”, “todavía decido”, “no soy solo función”. El descapotable no simboliza velocidad, sino visibilidad: ser visto existiendo.

Hace años leí un artículo en MotorTrend, una revista de autos, que describía cómo, en la andropausia, las preferencias por la compra de autos llamativos, descapotables y de alta performance se incrementan en este período. Los vendedores lo saben, y por eso quizá se hayan dado cuenta de que, en la publicidad de los autos “fichos”, el personaje del costado suele ser un suave musculoso, barbón y cincuentón.

Este tipo de compensación es saludable cuando no niega la edad, sino que la integra; cuando no depende de la validación constante; cuando no humilla a otros ni se vuelve compulsiva. En esos casos actúa como un reorganizador vital que devuelve juego, deseo y curiosidad. Es una especie de segunda pubertad… pero sin ingenuidad. Ya hasta poético suena.

A veces puede ser peligrosa. Se vuelve problemática cuando necesita ser confirmada permanentemente por la mirada ajena, cuando niega el paso del tiempo en lugar de dialogar con él. Y ahí sí es un verdadero problema, porque hasta adictiva se vuelve. Ahí deja de ser compensación y se transforma en huida.

En el fondo, el varón maduro no busca volver a ser joven. Busca sentirse deseable sin dejar de ser quien es. 

El problema no es el narcisismo en sí, sino no saber para qué se lo usa. Cuando se mezcla con aceptación de la edad, deseo compartido y vínculos sólidos, no degrada: rejuvenece con dignidad.

En síntesis, el narcisismo compensatorio tardío no dice “mírenme”, sino “todavía estoy acá”.

Y quizá —o de alguna manera— esto sucede porque es más difícil que a un “macho alfa” se le reconozcan los logros: se entiende implícitamente que los tiene que hacer, porque era su rol natural ser el “cazador”. A esa edad especial podría suceder que él necesite autoapreciarse. Vi hace poco un video de una psicóloga que contaba que, en el caso de las mujeres —nuestras compañeras—, en ciertos momentos deberían verbalizar lo que piensan de nosotros y no dejarlo a la imaginación. A veces lo intuyen, lo piensan, pero no lo dicen. También hay que cuidarlos, sin que suene a reclamo: “mi papá es fuerte”, “sí, él sabe que lo quiero proteger y cuidar”, “los problemas él los soluciona solo”. ¿Nos han preguntado?

Hace poco Andrea, mi hija, me dijo que ella también me puede ayudar desde su punto de vista. “No quiero abrumarte con mis problemas”, le respondí. “¿Para qué contarte, si yo puedo solo?”. “Déjame ayudarte a cargar un poquito”, me dijo. Antes no me había dado cuenta, pero recibí una linda y sabia lección. Sí, a veces nos creemos Atlas.

Y quizá aquí esté la reflexión incómoda —pero inevitable— para nuestras esposas: a veces no necesitamos consejos, ni silencios bienintencionados, ni la suposición de que “él puede solo”. A veces lo que más sostiene a un hombre en esta etapa no es la fidelidad tácita ni el cariño implícito, sino el reconocimiento explícito. Ser elegido hoy, no por costumbre sino por deseo. Ser nombrado, no adivinado. Porque cuando el afecto no se dice, el varón no siempre lo inventa: lo duda. Y cuando la duda se prolonga, empieza a buscar confirmación afuera. No por falta de amor en casa, sino porque el silencio —aunque no lo parezca— también puede erosionar. 

Como lo dije lineas arriba: La cueva cambió de forma; el instinto no.

4 respuestas a «Todavía estoy acá: cuando el reconocimiento no se dice, se pierde.»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Ciclo de vida….

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  2. Avatar de carpediem 789
    carpediem 789

    Carpe Diem…

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    1. Avatar de
      Anónimo

      que lindo

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  3. Avatar de babyhappily17750ce585
    babyhappily17750ce585

    Que linda experiencia maravillosa vivencia es una historia ejemplar

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