Manganzones adultos y cargas que no corresponden.

Cuando amar sin orden termina quitando responsabilidades

Sobre ese equilibrio de vida del que muchos procuramos —y que poco o nada ejecutamos— trata en parte este escrito.

Porque hay un desequilibrio silencioso, cotidiano y muy nuestro, que rara vez nos atrevemos a señalar con honestidad: no estamos haciendo, a la edad que tenemos, lo que nos corresponde hacer a esa edad.

Cuando somos bebés, no corresponde caminar. Es época de gatear.
Cuando tenemos seis años, no corresponde trabajar: nos toca seguir absorbiendo experiencia.
Cuando entramos al colegio, estudiar.
Cuando somos adolescentes, sí, seguir aprendiendo y especialmente estudiar.
Cuando somos jóvenes, hacer estudios superiores, si las circunstancias lo permiten.

Luego viene la etapa laboral: buscar los recursos para tener pareja, hijos, auto, viajes —si así se desea— y soñar. Y aquí una aclaración importante: la altura de la valla de meta que nos ponemos es válida en todos los niveles, porque corresponde exactamente al esfuerzo que cada uno está dispuesto a realizar para conseguirla. No todos quieren lo mismo, ni están dispuestos a pagar el mismo precio. Y eso está bien.

El problema no es el sueño.
El problema es vivir una etapa que no nos toca… trasladando la carga a otro.

Mi hijo se llevó mi auto a la playa. Tremendo tetudo – por recordar como los nombraba mis papá-  que a los cuarenta te sigue “robando” el carro para sus cosas, cuando ya debería comprarse uno para su uso y dejar de chocar el tuyo.
—Es que estuvo mareadito.
Bueno… pobre chico.

Y cuando nos jubilamos, no corresponde asumir deudas que no nos pertenecen, ni comprar cosas que no sean para nosotros, ni ceder el terreno para que construyan los hijos. Porque entonces la lechuga, el pollo, el baile y la gasolina se mezclarán inevitablemente.
Y lo peor no es la no correspondencia: es el ejemplo que damos. Estamos quitando el peso de la espalda de quien debería cargarlo y poniéndolo en la nuestra.
No corresponde.

En los años que dirigí Credishop, muchas veces tuve la oportunidad de atender a clientes amigos. Y a varios de ellos les reclamé amablemente que no correspondía “comprar el TV para el hijo casado” o “el juego de dormitorio para la nieta”.

—¿Parece que no quieres vender? —me dijeron varias veces.
—No —respondía—. Solo te digo que ese gasto no te corresponde. El responsable de hacerlo es tu propio hijo o los padres de tu nieta, pero no tú.

—Pero es mi amor de madre, de abuela.
—Sigue teniendo amor —retrucaba—, pero no malacostumbres ni asumas compromisos que no te corresponden.

Alguna vez atendí a un muy buen cliente de Cooperativa Tres Cruces. Me llamó la atención el plazo del crédito que estaba solicitando.
—¿Por qué 18 meses? —le pregunté—. ¿Para qué lo necesitas?
—No es para mí —me dijo—. Es el quinceañero de mi nietecita.

¿Te vas a endeudar año y medio para festejar una sola noche?
Que lo hagan sus papás.

No me hizo caso. Igual sacó el crédito.
No corresponde.  Esa deuda corresponde asumirla, si fuera el caso, a los papás y no al abuelo.

Otro frecuente: el padre que presta su departamento familiar a la nueva pareja para que viva allí los “primeros meses” de recien casados.
—Solo mientras se acomodan —me dicen.

No te lo devolverán.

Antes de casarse debieron hacer un presupuesto real: cuánto cuesta alquilar, dónde vivir, o si corresponde sacar un crédito hipotecario. Eso también es parte del matrimonio.
—No, es que los chicos están empezando.

Que empiecen con su susto y su riesgo, no con el sudor de una propiedad que a ti y a tu esposa les costó años de trabajo.

“Mi hija salió a bailar y me dejaron al nieto. Pasé una mala noche”, alguien me contó.
—No lo recibas la próxima vez. A tu edad, porque ya tuviste tu época de crianza, debes descansar. Tú eres abuela, no madre.
—¡Ya pareces Herodes! —me dijeron.
No. Solo estoy diciendo algo incómodo: no corresponde.

¿Y por qué compras el celular de última generación para tu hijo si tú apenas tienes uno básico?
—Es que yo no necesito.
¿Y lo necesita tu hijo adolescente que no trabaja? Lo estás malacostumbrando. Cuando salga al mercado laboral le chocará la realidad y, como lo acostumbraste a ese nivel, se comprará el “iPhone 25” y, al no poder bajar de estándar, pasará la tarjeta. Le fregaste las finanzas personales antes de empezar. No por maldad. Por desorden. Porque no correspondía ese gasto.

No corresponde preocuparnos en demasía por nuestros hijos que ya no viven bajo nuestra tutela. Eso les corresponde a ellos.
¿Acaso nosotros llevábamos nuestros problemas maritales para que nuestros padres nos los solucionaran?

A nosotros nos corresponde cubrir hasta la etapa educativa de nuestros hijos y luego acompañar con pequeños consejos y dejar que vuelen, que se equivoquen y que aprendan. Exactamente como nos pasó a nosotros.

“Es que tengo que asistir a la actuación colegial de mi nieto porque mi hijo no tiene tiempo”.
—¿Pero sí tuvo tiempo para la pichanga futbolera?
—No, es que el chico también tiene que divertirse.
No corresponde.
Lo que corresponde es que el hijo deje de ir al fútbol amiguero y vaya a la actuación. Eso se llama hacerse cargo.

Y luego, ya de mayores, no vale decir que somos “así” porque “así nos criaron”.
Porque entonces la pregunta es inevitable:

¿Dónde está nuestro aporte?
¿Dónde está nuestro granito para ser distintos, para ser mejores?

No se trata de dejar de amar. Se trata de amar, pero con orden.

Respetar las etapas. No vivir la vida que ya pasó.
No cargar mochilas ajenas.

Y entender que ayudar no siempre es resolver, sino permitir que cada uno cargue lo que le corresponde.

Eso también es equilibrio.
Y, aunque incomode, también es responsabilidad. ¡O irresponsabilidad!

Y jugándome el altísimo riesgo de que los pocos lectores de Novuz me abandonen al leer esto, díganme con honestidad: en la mayoría de los casos, ¿no es cierto?

Una respuesta a “Manganzones adultos y cargas que no corresponden.”

  1. cuanta verdad!

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