Manual de supervivencia alimentaria para vagos (como yo)
Durante los últimos años me empezó a interesar más la alimentación que tenía, porque estoy convencido —cada vez más— de que es la gasolina de calidad que nos metemos a esto que llamamos cuerpo humano.
Hace muchos años escuché a una nutricionista decir: “Si tienes un BMW en tu garaje, ¿no procuras echarle la mejor gasolina que encuentras en el grifo? Si es así, y estoy segura de que todos estarán de acuerdo con ese parecer, ¿por qué le metes tanta comida chatarra a esta supermaquinaria que es tu cuerpo?”.
Así que dudas tenía…
Pero el punto de inflexión fue lo que me pasó en el Hay Festival, al que trato de asistir todos los noviembres en Arequipa. Justamente ahí, terminando una exposición del premio Nobel de la Paz Carlos Umaña sobre el desarme nuclear, fue que habló sobre su afición y recomendación de ser vegetariano. Andrea, mi hija, ya lo es hace más de seis años y entonces es una buena referencia. A mí siempre me había interesado el tema, pero fue esa noche en que dije: ¿por qué no empezar? Y así lo hice, medio en serio, medio en juego.
Aprovechando que suelo hacer periodos de ayuno intermitente, me dije a mí mismo si podría hacer el intento de dejar la carne roja. También lo hice con el alcohol para desinflamar un poco el cuerpo y mi agrandamiento prostático, que quiero cuidar para evitar una operación.
Y entonces no me puse plazos de duración y empecé esa misma noche saliendo de la charla. Estuve cerca de siete meses sin tomar nada de alcohol, de ese poco que solía beber los fines de semana. También dejé la res, el pollo, mariscos y el chancho y solo me quedé con el pescado.
Quizá porque sabía que me hacía bien al cuerpo es que no me ha costado mucho trabajo privarme de algunas de esas cosas. La carne roja la he comido toda mi vida, pero nunca le he tenido demasiado cariño.
En realidad, a la comida en general nunca le he tenido mucho afecto. Y no es que me disguste; es que creo que la veo como un medio para que mi cuerpo subsista. Nunca he sido un sibarita del alimento, de buscar “un gustito”, y me va bien con un pan con queso o un huevo frito. No cocino nada y soy un vago para la culinaria, al punto que si por mí fuera habría muchas veces que un domingo —que no se cocina en mi casa— me bastaría con un paquete de galletas o una fruta con tal de no salir a la calle. Soy un mal ejemplo en la cocina.
Creo que jamás prepararía un plato de comida de los que me gustan porque no concibo usar tiempo para cocinar cuando te lo comes en un pequeño lapso. Veo con envidia la facilidad con que Karen cocina y no se hace bolas para preparar algo. Lo hace rápido, práctico y hasta las piedras en adobo le salen ricas.
Tampoco es que, por intentar ser vegetariano, no acepte un plato con carne. Simplemente la separo y no la como. O como pescado frito, que podría ser mi menú eterno sin problema junto a una lata de atún —que me fascina— o al maravilloso y nutritivo huevo sancochado (técnicamente se puede sobrevivir con un huevo diario), al que tengo en mi lugar preferido como alimento. Como por lo menos cuatro de ellos al día y lo hago con verdadero placer. Y sin sal porque me da flojera pararme a recoger el salero con la “asesina silenciosa”.
Con el trago me pasa algo similar porque tampoco el alcohol ha sido nunca algo que me fascine. Sí, me gusta, lo dejé por varios meses pero tomo poco. Y lo bueno es que, como soy pollo de cabeza, el alcohol se me sube rápido al cerebro, por lo que me podría considerar como un borracho barato. Con dos rones ya estoy queriendo bailar, así que mi presupuesto ni sufre.
En los años de soltero, que viví sin mis papás y que fueron casi nueve antes de casarme, los domingos procuraba quedarme en mi departamento y nunca me hacía bolas con el alimento. Si había algo de lo que me había sobrado del día anterior, cocinado por la señora que me ayudaba, lo comía, y si no, un huevo frito con arroz de cinco minutos.
Soy también aburrido para antojarme de algo para comer y por ello moverme e ir tras el tesoro gustativo. Lo hago pero sin emoción y quizá más por socializar.
Algo similar a mi seudovegetarismo nos pasó con Karen cuando hace poco más de un año empezamos a hacer un día por semana ayuno intermitente para darle un descanso al sistema digestivo y procurar hacer autofagia, ese proceso natural mediante el cual las células “se limpian” a si mismas: degradan y reciclan componentes dañados, viejos o que ya no funcionan correctamente. Eso que sucede después de más de 16 horas de no ingerir nada.
Empezamos juntos y primero nos dábamos cuerda dejando de comer en las noches, después saltándonos el desayuno hasta que un día nos sorprendimos y llegamos a 24 horas sin comer nada: desde el almuerzo de un día hasta el almuerzo del día siguiente. La primera vez que lo pudimos hacer estuvimos emocionados y medio incrédulos de haberlo podido realizar. Particularmente escogía el día de ayuno la mañana que me tocaba gimnasio, porque es menos desgastante que el trote y la bici que también practico. A las semanas de hacerlo uno ya se acostumbra y, aunque a eso de la media mañana y ya teniendo casi 20 horas sin probar alimento alguna vez nos ha dolido un poco la cabeza las primeras veces, después ya ni te acuerdas. Y aunque los días que me toca hacerlo quiero masticar la puerta al llegar a mi casa, me alegra hacer descansar a mi cuerpo. He logrado hacer ayuno por 30 horas alguna vez y también me resultó más fácil de lo esperado.
Así que, como mi relación con las comidas no ha sido de lo más sublime, es quizá que para mí bajar de ración, quitarme la carne roja o un poco menos de trago no ha sido algo que me haya costado demasiado trabajo. Karen me molesta y dice que mi cerebro entiende que me hace bien y entonces no “sufro”. Debe ser cierto.
Soy dulcero y eso también he logrado manejarlo los últimos años. El día que nos toca postre de ese rico y “venenoso” como lo llamo, procuro comer una ración pequeña o no pedirme y robarle unas dos cucharas del plato de mis hijas o del de Karen. Lo malo es que cuando pido compartir me ven con cara de pocos amigos, pero entiendo también que ese es el costo de cuidar mi cuerpo y me alegro por ello.
Y sin “querer” he conseguido bajar algunos kilos los últimos dos años. Nunca me lo propuse pero después de haber pesado 80 kilos los últimos 30 años de mi vida ahora estoy como en 75, que compruebo y registro todos los viernes que me peso invariablemente en calzoncillos y después del desayuno. Tenemos en la casa esas balanzas electrónicas que se sincronizan con el celular y que te enseñan hasta los pecados cometidos que hubieras querido evitar, así que me ayuda. Lo malo de la bajada de peso es que estos dos inviernos me he congelado de frío. Yo, que siempre fui un caluroso del diablo, he sufrido y vestido hasta con calentadores por el frío que siento. Igual me ha pasado con los ejercicios que hago muy temprano porque me he tenido que conseguir ropa especial y me siento como un ekeko montando bicicleta o trotando con malla calentadora como pantalón. Todo este invierno tampoco me he metido a hacer natación en el mar frente a mi casa, porque aunque tengo el supertraje térmico, salí congelado a los 20 minutos la última vez que lo hice en abril pasado.
Así que, cuidando lo que me meto al cuerpo, bajando la ración y preguntándome primero si es hambre o ganas antes de comer, ayudo, desinflamo y mantengo un poquito la máquina, la que pretendo al querer tener una mayor probabilidad de llegar oxidando menos mis bisagras hacia la vejez. ¡Esa es mi apuesta!
Y tú, ¿qué gasolina le estás echando a tu propia maquinaria?



Replica a Anónimo Cancelar la respuesta