Hace unos días leí un artículo (Gestión 21-25.8.25) sobre la cantidad de personas en Lima que ahora no tienen ni buscan trabajo, y cómo esa tendencia se viene incrementando desde hace casi dos años.
Solo en el último trimestre de este año, 244,000 personas han dejado de trabajar y son inactivos laboralmente.
Si a esto sumamos que la población “Nini” (jóvenes entre los 15 y los 29 años, esos que ni estudian ni trabajan) representa casi el 16% del país, estamos hablando de más de 1.6 millones de ninis en el Perú. Y eso si que es peligroso.
Esto lleva a pensar que alguien los mantiene, que perdieron la esperanza de sentirse productivos o que simplemente se sienten cómodos tumbados en la casa. Y también, por supuesto, como dice el artículo, que miles de estos jóvenes, al haber tirado la toalla en la búsqueda, terminan bajoneados. Y eso es tristísimo para ellos mismos. Imaginemos que, con las naturales falencias que se tienen a esa edad, se sume una más: la de no sentirse ni siquiera “queridos” para trabajar en algo. Justo, lamentablemente, en el preciso momento en que como país estamos viviendo un récord de homicidios y extorsiones.
Parece película de terror, pero es cierto.
Lo patetico, indica el informe, es que el crimen organizado se ha convertido en el mayor empleador de estos jóvenes, ofreciéndoles dinero fácil y rápido. Claro, si el Estado no cumple con su obligación de ofrecer trabajo, el caldo de cultivo está en su mejor ebullición. Empiezan entonces a formar parte de actividades ilegales (que no aparecen en las estadísticas oficiales) como las extorsiones, la minería ilegal, el narcotráfico o el ya famoso “gota a gota”.
Por un lado, los ninis —que críticamente para la sociedad nos dejan una capacidad ociosa laboral— se convierten en una carga y no contribuyen, rompiendo incluso el ciclo necesario y obligatorio de las pensiones de los jubilados. Si los jóvenes no aportan ahora, no existirá fondo para que los jubilados cobren sus míseras pensiones en el futuro. Y aunque eso ya ocurre hace muchísimo, el problema se agrava.
El tema de los ninis es extraño porque, además de la desidia estatal para incrementar la oferta laboral “natural”, existe una carga peligrosa: la social. Estar en el rango de hasta 29 años, no estudiar y cansarse de buscar oportunidades de trabajo convierte a estos jóvenes en una carga evidente para sus padres o para quienes los mantienen. Imaginemos esa situación en nuestros propios hogares: que uno de nuestros hijos sea nini. ¿Quién paga sus cuentas? ¿Quién la luz, el agua, el internet y los demás servicios? Cubrir sus alimentos, ropa, medicina, salud, todo tiene un costo para alguien. Entonces el hueco económico es mayor, porque de un solo presupuesto tienen que vivir más. Y el sueldo o la pensión, ni siendo de chicle, alcanza.
No es solo cuestión de billete, es quizá incluso cuestión de dignidad. ¿Y si no hay problema de dinero en la familia? También es un tema difícil, porque esa dignidad a la que apelo hace que el joven se acostumbre a la pasividad de que “otro toma la responsabilidad de lo que a mí me corresponde”.
Yendo al fondo, la “competencia” del crimen le va ganando espacio al Estado. Un trabajo formalmente ofrecido entrega bajos sueldos, inestabilidad y jornadas largas. El crimen organizado, por el contrario, promete liquidez inmediata, poder y sentido de pertenencia. Que aunque suene ilógico, lo da. ¿Sentido de pertenecer a un grupo ilegal? Sí. Como muchas veces me repite Andrea: la gente quiere sentirse parte del grupo, decir “yo soy parte de esto”. Los hacen sentirse reconocidos y aceptados, y eso genera motivación, seguridad y hasta orgullo.
Y para ser aún más críticos, los expertos mencionados dicen que esta situación difícil se incrementará por una razón simple: vienen las elecciones, el inversionista se asusta y no mete plata, y eso hace que los puestos de trabajo que ofrece se enfríen aún más.
Mientras tanto, los jóvenes que no estudian ni trabajan ya tienen una certeza: el crimen no espera procesos electorales para contratarlos.
El Estado se enreda en promesas, los empresarios esperan a que pase la tormenta electoral… y los ninis esperan también, pero en la esquina equivocada.



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