Desde 1999, Venezuela vive bajo un modelo que se recicla en elecciones, reelecciones y reelecciones de las reelecciones. Cinco en total, repartidas entre Chávez y Maduro, en un proceso que a estas alturas suena a chiste.
Mientras tanto, más de 7 millones de venezolanos han hecho las maletas y se han autoexpatriado de los cuales mas de 1.8 están en Perú. Una diáspora gigantesca que no es moda viajera, sino de quien se tiene que ir porque ya no encuentra futuro en su propia tierra.
¿No es acaso desgarrador ver niños caminando por la carretera acompañados de sus papás sin un destino claro? Una de esas veces, manejando de regreso desde Arequipa, me encontré en San José con un grupo de ellos. Una de las niñitas tenía una muñeca de trapo entre los brazos; le pregunté su edad y tenía la misma que Gabu. Me subí al auto y sentí culpa por ser tan tonto y no hacer nada más que darles algo de comer y brindar una sonrisa que acariciara un poquito su alma. Hacer poco y dejar que la desidia me gane. Disculpando la expresión: sentirme una mierda, fue nada. Yo, manejando con aire acondicionado; ellos, sin esperanzas.
Y ahí viene la incomodidad: ¿qué hacemos los demás?
Hablaba con Karen y, viendo juntos, desde nuestra cocina, el hotel del frente —nuestros vecinos— le decía: si él viera desde su altura que nosotros abusamos de nuestras hijas, ¿debería simplemente mirar desde su ventana y no hacer nada? ¿Y si esto se repite 25 años, seguir contemplando?
“No deben intervenir”, dirá mi otro vecino, “porque Jorge es soberano y tiene derecho sobre sus hijas”. No. Hay que actuar: meterse a patadas, detener al abusivo y salvar a las niñas, aunque la diplomática soberanía sea manoseada. ¿Eso no haríamos si se tratase de nuestros propios hijos?
Miramos al vecino abusado como quien observa desde la ventana cómo en la casa de al lado golpean a alguien. Sabemos que pasa. Escuchamos los gritos. Pero nos convencemos de que “no podemos meternos” porque eso sería atentar contra la soberanía.
¿Soberanía? Esa palabra que suena tan solemne en los discursos de la ONU, en los pasillos diplomáticos y en las Cartas Magnas de nuestras naciones, pero que, en la práctica, se convierte en un escudo para la desidia.
Esa paradoja: ¿defendemos la soberanía de quien ya no es soberano, o defendemos a un pueblo que lleva 25 años siendo abusado?
Tengo una querida amiga venezolana a la que conozco hace varios años en Arequipa y hace poco le pregunté qué pensaba hacer si Maduro caía. Me respondió que, inicialmente, no regresaría porque su país económicamente estaba destruido y su reconstrucción tardaría mucho. Muy triste.
¿Y los delincuentes venezolanos?, se estarán preguntando otros. Sí, son parte del problema, pero no son la mayoría. La delincuencia es delincuencia, venga de nuestros propios paisanos, de China, Cusco o de Venezuela. Estoy seguro de que eso no es motivo para generalizar y, peor aún, discriminar.
La metáfora es clara: cuando dejamos que el abuso siga, esperando que el abusado “aprenda a patadas”, no solo se degrada el que recibe los golpes… también nos degradamos nosotros, que contemplamos sin reclamar, desde el cómodo televisor, desde las redes de nuestro Iphone. Eso es lo peor… nos estamos acostumbrando.
Y entonces aparece el antipático de Trump, lo más probable con intenciones ocultas e interesadas, enviando sus ocho buques frente a las costas caribeñas y diciendo: “yo lo saco, porque ese pueblo está secuestrado”. Y la fuerza militar sirve de disuasivo para que el abusivo de Maduro huya a Nicaragua —donde Ortega, el otro tirano—, se vaya al infierno y deje a Venezuela libre para empezar de nuevo.
Tengo la esperanza de que suceda esa intervención. Citando a alguien que escuché en la TV: Trump no tendrá otra opción, porque si después de un tiempo simplemente se retira sin hacer nada, quedará mal ante los ojos del mundo porque Maduro “ganó”.
Y nosotros, los latinoamericanos, dudamos: por un lado, nos indigna la idea del gringo más fuerte abusando de la soberanía de un país. Por otro, sabemos que ese país ya está siendo abusado… desde dentro.
¡Ya basta de mirar al otro lado!


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