Viajar: Kilómetros que me transforman. (Parte 1)

También mis tíos Yoli y Pancho han sido mis referentes para viajar. Recuerdo que cuando yo era adolescente, ellos llegaban a mi casa y, entre muchas novedades, contaban el viaje reciente que habían hecho. En realidad, viajaron siempre, y ese fue para mí un aliciente para soñar, volar con sus historias, y pensar que algún día yo también podría viajar, conocer nuevos cielos. Algo de lo que después conocí, y lo que aparece en mi lista Excel de pendientes por conocer, se inspira en el recuerdo de lo que ellos contaron.

Llevo esa lista hace muchos años con los lugares o experiencias que quisiera cumplir en los viajes planeados, pero el problema de ese listado es que se reduce solo un poco —al tachar lo ya conocido—, pero crece al tener mayores referencias de lo que mis ojos quieren ver. He llegado a la conclusión, con esta lista, de que tendría que vivir más de 100 años para tacharla toda, así que, o la reduzco a la mala, o me saco La Tinka y dejo todo.

En una entrevista, Vargas Llosa declaraba que, si tuviera que elegir una sola ciudad para regresar, esta sería Praga. ¡Quedó en la lista!

Siempre viajar me hace bien, no solo porque se ven cosas nuevas o porque me refresca el cerebro con algo que podría implementar aquí, sino porque extraño estar en Mollendo, en mi casa, en mi oficina, en mi rutina de ejercicios frente al mar. Siempre he escuchado que la gente se siente bajoneada cuando terminan sus vacaciones y a mí me pasa algo curioso, porque deseo ya regresar, ponerme al día en mis quehaceres y, como hago un reto de todo, cuando llego saco la cuenta de cuanto tiempo me toma ponerme al día por todo el período que estuve ausente. Sí, es un reto medio tonto, pero me gusta practicarlo para sentirme que no soy indispensable.

Sin orden geográfico, calendario, o de relevancia alguna, hago ahora un pequeño resumen anecdótico de algunos de los sitios que hemos podido conocer con Karen y que dejaron especial impacto por múltiples razones, las cuales intentaré describir. De hecho, no pretendo hacer una guía de lugares turísticos, sino compartir lo que estos dejaron en mí.

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Poder volar sobre y en el fondo del Gran Cañón del Colorado en helicóptero es algo indescriptible, porque desde el aire el tamaño de los acantilados potencian la emoción. El helipuerto, al pie de la caída, no es más que uno simple y sobre la tierra, como en nuestra Pampa de la Joya. Sin mayor infraestructura. Hago que a Karen la instalen en la butaca delantera, así que, o goza más de la vista en primer plano, o baña en vómito al piloto. 

Desde ahí empieza la aventura, y en pocos minutos una nave que aparenta ser muy nueva baja hacia el río Colorado para aterrizar en la orilla, otra zona sencilla y marcada con piedras puestas a mano, sin nada de técnicas modernas que impresionen. Ahí mismo nos esperaba una lancha rápida, de esas que tienen como cuatro motores detrás, y que por su notoria fuerza te hacen sentir el avance y la potencia en la espalda. Volvemos a regresar al helicóptero para la subida de retorno, pero lo hace muy pegado a las rocas para que podamos sentir ese vértigo de altura. Inevitable para mí compararlo y pensar que se podría hacer lo mismo en nuestro cañón de Cotahuasi o en el más conocido Colca. No es por jactarme, pero ese mismo paseo aéreo aquí dejaría más bocas abiertas.

* En lo que ahora es territorio turco, nos dirigíamos a Éfeso, una de las más importantes ciudades de la antigüedad. El bus que nos hace llegar estaciona en un pequeño descanso que me recuerda a San José. Ahí, en ambas bermas de la carretera hay algunos puestos donde ofrecen comida, refrescos, frutas y souvenirs para los miles de turistas que visitamos estos restos arqueológicos. Estamos con el grupo curioseando esas pequeñas tiendecitas cuando escucho una salsa conocida de Daniela Darcourt. ¡No puede ser!, pienso. ¿A miles de kilómetros de Perú, en un lugar apartadísimo de “occidente”, alguien escucha música peruana? Lo simpático de esta historia es que el vendedor de ese puesto, al percibir nuestra sorpresa, y aunque no hablaba español, ve el meneo e interés de Karen por llevar el ritmo de tan conocida pieza… y la saca a danzar. Imaginémonos la escena en mitad de esta carretera lejana: una mollendina y un turco bailando sin conocerse. Daniela los juntó y yo grabé esa graciosa anécdota que aún mantengo guardada en video. ¿Cómo sabes de esa música?, le pregunto en mi inglés masticado. —“Hay una radio de salsa que escucho porque me gusta el ritmo, y esa canción la programan con frecuencia, por eso la conozco”, me responde.

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A pocos metros de esta “zona de baile” está el ingreso a Éfeso, una de las ciudades más importantes de la historia y que todavía conserva su magnitud impresionante. 3,000 años de antigüedad, lo que hace palidecer a nuestro querido Machu Picchu, le digo despacio a Karen, para no ser más pinchaglobos de lo habitual. Éfeso es importante por el estado en que se conserva y por el tamaño que tiene, considerando la cantidad de siglos que han transcurrido desde que fue activa como ciudad, cuando contaba con 250,000 habitantes y era un puerto que la hacía un centro comercial relevante, especialmente durante la época del Imperio romano.

* A pocas horas por carretera se encuentra Troya, que al contrario de Éfeso tiene muy poco que ver (casi nada, diría), porque es más el nombre que historia épica de los relatos que tenemos desde niños de esa ciudad. Caminamos por un sendero donde nos muestran los restos casi inexistentes de lo que fuera la ciudad antigua y especialmente de la zona donde fue la mítica y archiconocida Guerra de Troya. Claro que, con tremenda “escenografía”, todos nos sentíamos unos Ulises, con espada en mano y grito guerrero.

*No muy distante de Pekín (Beijing) se encuentra uno de los tramos de la Gran Muralla, y esa mañana brumosa ahí nos dirigíamos. Tienen tanta relevancia en el cerebro hitos históricos como estos, que la curiosidad puede más y trato de sacar medio cuerpo por la ventana del pequeño bus que nos lleva, cuando la guía anuncia por el micro: “ya estamos llegando”. Escuchar de ella que ese tramo que se ve tuvo “solo” 1,500 kilómetros ya de por sí es emocionante. Saber que sirvió como protección y sendero de comunicación de una red que podría llegar a más de 15,000 km es apabullante. 

Aprovechando el tiempo que al final nos dejaron libre, y con zapatillas en pies, me puse a trotar encima del monumento, y aunque era algo dificultoso por la cantidad de transeúntes y el piso adoquinado en piedra, igual logré mi cometido por algo menos de media hora. Ahora sí podía tachar el reto de mi listado de pendientes turísticos.

* Cuando llegamos a Narita con Maru y Kike vi con sorpresa lo ceremonial del saludo del chofer del bus que nos recogía de la terminal aérea. Sobria inclinación y, para mi sorpresa, la raya del pantalón gris, de una línea y rigidez que no usé ni en el día de mi matrimonio. Karen aprovechó para codearme y recordarme sobre los míos, mis pantalones que ni raya tienen y a los que ni al cesto de la ropa sucia quiero tirar porque me parecen más “suavecitos” cuando están más sucios. 

Otra cosa que nos sorprendió en Tokio fue el asfalto en la ciudad. Realmente parecía que lo hubieran puesto la noche anterior. —¿Recién lo hicieron? —le pregunté al guía. —No, lo deben haber lavado —me respondió. ¿Lavado? ¿Y las flamantes señales de tránsito pintadas sobre ese asfalto? De estreno parecían.
Los tokiotas fuman alrededor de un enorme cenicero en las veredas. No lo hacen caminando porque es irrespetuoso para el que no le gusta el humo. Y ver basura en el suelo, tan imposible como ver una acera limpia en Mercaderes. Como tengo aprensión por la puntualidad, me di cuenta de que, aunque en muchos otros sitios he visto cómo la gente llega puntual a una cita turística, en Tokio ya era algo marciano. No eran 5 minutos previos, sino por lo menos 15-20, que estaban parados haciendo la cola para subir al bus del tour que llegaría aún en buen tiempo. Conversan despacito, mientras tanto, como nosotros cuando chismeamos.

* Estambul y los olores de axila que provienen de todas partes, y no digo también de otras partes corpóreas, para dejarlo a la imaginación del lector. Junto a la delegación del “consulado mollendino” entramos a la impresionante Mezquita Azul, que tiene más de 500 años de edificada, pero la impresión no es solo por la majestuosidad del templo, sino principalmente por el olor. ¡A patas! para tenerlo claro. No es que lo relate con exageración, pero realmente es un shock a cualquier fosa nasal. Todos entran sin calzado para orar y se arrodillan en una inmensa alfombra que cubre toda la zona de rezo. Quiero confiar que Alá perdonará sus exabruptos sanitarios, porque lamentablemente aún mi nariz no lo hace.
Además de hermosos lugares, cruzar el Bósforo y darse cuenta de, que en una orilla uno está pisando Europa y en la otra Asia, es algo realmente significativo. Otra, por ejemplo, es cuando los altavoces de toda la ciudad suenan cinco veces diarias, con un cántico: “el llamado al rezo”, que hasta para herejes como yo, es difícil no emocionarse. Poco faltó para que de rodillas me quede… eternamente tendría que ser en mi caso

* Mucho más al oeste, El Capitán, un monolito de granito que tiene algo más de 900 metros de altura que pudimos ver desde abajo, nos dejó con una sensación de vértigo y, hasta me atrevería a decir, sin aliento. Ahí, en el Parque Nacional Yosemite, en California, puedes ver también esas potentes —por la fuerza que exhiben— y preciosas secuoyas que te hacen sentir como un enano, como algo insignificante contra la naturaleza. Tienen un tronco de gran envergadura y una altura difícil de calcular cuando, teniendo el celular en la mano y en la parte más baja del suelo, pretendes que salga en la foto la inmensidad de este majestuoso árbol.

 

Para llegar a ese parque, alquilamos con Charo y Beto uno de esos RV, un cómodo auto-casa. Era la primera vez para nosotros, pero admito que el servicio que brinda el parque a estos vehículos es de primer orden. Existen estacionamientos autorizados donde hay conexiones eléctricas, de agua y de desagüe, baterias de baños y duchas externas que elevan la experiencia a otro nivel, más aún si la comparamos con los servicios que en nuestras carreteras peruanas tenemos. 

* Imaginaba gozar  de esa excelencia en el Parque Nacional del Huascarán donde el paisaje es increíble pero las vías y servicios desastrosos. Hace unos años, con Beto y Rafo fuimos a conocer el Callejón de Huaylas, manejando desde Lima, y lo majestuoso del paisaje lamentablemente se opaca con el servicio turístico que se recibe. Pensaba, a su vez, que esas vistas podrían ser potenciadas si las frecuencias aéreas, la calidad de los buses, el asfalto y lo que podríamos llamar “corredor turístico”, fueran de primer orden. Tendríamos un cheque en blanco de los miles de viajeros que dejarían sus dólares aquí.

-Pero tú solo viajas fuera del país —me dijo un amigo. “Conoce el Perú primero”, me increpó.
Sí, es cierto. Viajo más al extranjero que dentro del Perú y me entristece admitirlo, pero es porque soy medio cómodo y me gusta tener, por lo menos, regular servicio. Falta de organización en los operadores, los paros que toman aeropuertos o la neblina que retrasa tu vuelo porque el radar aéreo no funciona, los cráteres en el asfalto, la criollada de los guías que te ofrecen 10 y te dan 7, y especialmente la falta de seguridad, es algo que realmente me ahuyenta a viajar un poco más por aquí. Más aún si a mí me llama tanto la atención los viajes a la naturaleza, de esos que en nuestro Perú tenemos en cantidad.

Además, como soy un cuadriculado, tengo planeado todo con meses de anticipación y me gusta que todo salga como el plan soñado. Salvo lo que aprendí a patadas y que puedes leer en este enlace para demostrarme que algo tengo que cambiar. Soy de los que, antes de viajar, hago cronograma impreso con el máximo detalle posible en una sola hoja que copio a Karen y a mis hijas por seguridad: “para que envíen a recoger el cadáver al lugar exacto, porque sino el seguro demora”, como siempre las molesto. Averiguo todo lo que puedo sobre los lugares que conoceremos, así que tengo frito al guía que nos toca, al preguntarle más que niño engreído.

* Cuando viajé por primera vez a Múnich, y estando de 21, no podía creer que los autos no cruzasen el rojo del semáforo y los trenes salgan y lleguen a las horas previstas. —¿Hay otra hora que la puntual? —me dijo Gabriela.
—Oye, Cóndoro, estoy ya diez días aquí y no he visto un solo policía.
Vivíamos en 1988 y Sendero Luminoso estaba en todo su auge, por lo que era cotidiano en el país ver muchos policías y oír sobre los coches bomba que eran a diario. El orden y las sociedades organizadas es lo que más rescato cuando viajo.

* Tuve la suerte de cruzar con toda la familia el Canal de Panamá en un lindo crucero que, desde Colón en el Atlántico, hasta Balboa en el Pacífico, navegó toda esta increíble obra de ingeniería. Desde muy temprano estuve merodeando la zona de proa para intentar entender y ver la operación de cómo se puede “subir” desde un océano y “bajar” al otro como si nuestra nave fuera un barquito de papel, de esos que hacíamos en el colegio. La empresa operadora nos había dado, la noche anterior, una charla muy didáctica de cómo es todo este proceso. Durante las casi diez horas que duró para nosotros la aproximación, cruce y salida, había un “profesor” que, desde un salón con vista frontal, iba describiendo detalladamente lo que sucedía. Desde el balcón de nuestro camarote yo, como águila al acecho, miraba la carga y descarga de agua de las esclusas en ocho minutos, y la operación casi quirúrgica de las “mulas” —las locomotoras— que tensan y jalan a los buques ahí dentro, comprobando la precisión al ver que es menos de un metro lo que separa el costado lateral de la nave con el hormigón del sólido muro. Al “profesor” que nos explicaba lo podías interrumpir y preguntarle sobre el mínimo detalle que veías, desde el grosor del cable que tensaba hasta el nombre de los árboles que crecían en la zona. Todo un experto.

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* Otra de las cosas de mejor recuerdo es haber hecho el Camino Inca y los casi 45 km que logramos junto a Marian y Andrea, hace ya varios años. La agencia, con un servicio de primera, nos llevó al grupo por el conocido trayecto, armando los campamentos, preparando las comidas y absolviendo todas las dudas que podríamos tener. El final de película fue lo mejor: entrar de madrugada a Machu Picchu por la Puerta del Sol, con la bruma que parecía de película Indiana Jones y con la sensación placentera de terminar tremendo reto en la misma ciudad inca. Recomendable de verdad.

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* El primer viaje que hicimos con Karen al empezar nuestro servinacuy fue al Manu, allá por 1999. Como nuestro viaje de luna de miel, el año anterior, fue desde Yura a Lluta y solo por el día, teníamos que desquitarnos. Este admirable parque nacional, poco visitado por peruanos como nos dijo el guía, te causa la sensación de sentirte minúsculo ante algo tan grande, tan espectacular. Hicimos carretera desde Cusco hasta Atalaya, pasando por Tres Cruces y la imponente salida del sol —dicen que el que ahí se mira es el que aparece desde el Atlántico— cercana a Paucartambo, para después meternos por río por otros 4 días y acampar en las orillas, durmiendo viendo las estrellas y los satélites (sí, pasan junto a los aviones) y dejan cuadrículas inmensas.
Nunca habíamos visto destellar miles de luciérnagas que parecían redes de luces navideñas; sorprendernos, en las salidas nocturnas en bote, con las decenas de ojos rojos de los caimanes que reflejaban la luz de la linterna del guía.
—¿Y si nos volteamos? —le pregunto al guía.
—No, es poco probable —me responde.
La duda igual queda.

Una de esas mañanas en que “subíamos” por el río, el piloto del pequeño bote en el que estábamos, apagó repentinamente el motor y nos avisó cauteloso que nos fijemos a la izquierda: un jaguar enorme dormía, como a unos diez metros de nosotros, y se calentaba con el sol matutino. Todos nos quedamos mudos y aún más impresionados. Karen, por avisar al bote que venía detrás, gritó: ¡un jaguar! Imagínense las miradas casi asesinas que la atravesaron mientras el “gatito”, ante el sonoro aviso, se despertó, nos vio de reojo y lentamente se escondió entre los árboles. Siempre me quedó la duda de que ese dia Karen pudo haber sido cautivadora carnada de pirañas. Lo digo por voz de los turistas que nos acompañaban.


La segunda parte será publicada el martes próximo, que es el día que semanalmente nOVUz aparece en las redes con un nuevo relato: www.novuz.blog



5 respuestas a «Viajar: Kilómetros que me transforman. (Parte 1)»

  1. No hay mejor inversión que viajar, es un hecho y veo que es medio genético en nosotros. Un abrazo fuerte.

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  2. Avatar de Flor de Maria
    Flor de Maria

    viajar es el mejor regalo q nos podemos hacer.
    Cuando mueres nada te llevasss. Mis viajes van conmigo .

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