Relato del 4 de enero de 2025
Nacimos con solo cinco días de diferencia, lo que ya dice algo sobre la conexión cósmica que tenemos. Él es del 16 y yo del 21 de diciembre. Ambos de 1965.
Revisando mis archivos cerebrales, me doy cuenta de que lo conozco de siempre. Suena literal y exagerado, pero es cierto. Mi cerebro así lo dice.
—¿Quién se atreve a hacer eso? —nos dijo Rosi.
Uno de los primeros recuerdos que tengo de él es cuando lamió el piso de goma de la rampa que subía hacia el comedor principal de mi casa de infancia en la Mariscal. Y no es que tuviese hambre, si no que simplemente quiso experimentar con los limites de lo absurdo, de lo que el se creía capaz de hacer
Condorito. Gabriel, como pocos lo llaman aún en Mollendo, pero que permanece en el recuerdo por las travesuras que hizo por aquí. Gabriel Elías Abugattas Abusada, mi gran y querido amigo al que siempre tengo al costado. Sí, a él me refiero ahora.
Mi papá lo llamaba Giabra, o algo asi, una deformacion fonética árabe, que acabo de descubrir como el apodo de su abuelo materno Gabriel Abusada.
Fuimos compañeros de estudio desde el jardín de la señorita Elsa Bejarano hasta los seis años, cuando ingresamos al San Francisco para hacer toda la primaria y secundaria. En primaria, con el libro Amigo, aprendimos a escribir en script después de la letra corrida de Bejarano y, mucho después, como la reforma educativa de Velasco tampoco funcionó, en tercero de primaria nos dijeron que escribiéramos con la que quisiéramos. El resultado fue que toda mi promoción compartía una caligrafía increíblemente desastrosa. Condoro no es la excepción y lidera el ranking de los manuscritos ilegibles.
Siempre me he preguntado, ¿cómo es posible que seamos tan amigos si a la vez somos tan disparejos?.
No hay duda de que la teoría del agua y el aceite es válida: soy tímido a rabiar, y Condoro es tan sociable que podría saludar a todo un salón mientras yo estaría pegado al techo como una araña para pasar desapercibido. Le gusta bailar salsa y hasta fue instructor de ese género mientras vivió en Múnich. Yo, en cambio, ni en mi matrimonio bailé. Cuando éramos jóvenes, piropeaba a las chicas en Mercaderes, y yo (aunque me moría de ganas también) era el que se sonrojaba. Molestaba por las calles a niños, jóvenes, mujeres y abuelos o devolvía el doble de insultos a quienes le gritaban algo desde la vereda contraria. Yo puedo estar en silencio por mucho tiempo, y él necesita muchedumbre y la televisión para dormir, mientras que yo quiero tirar el aparato por la ventana para descansar sin ruido.
Tendríamos unos 12 años cuando, por las tardes, él llegaba a mi casa para “hacer las tareas”.
A mediados de los 70, la puerta del garaje de mi casa, que daba a la cocina, estaba sin seguro durante el día, algo normal en esa época. No existía la inseguridad de hoy, y en esas circunstancias, Condoro entraba por esa puerta sin tocar, sin avisar a nadie, y pasaba directo a mi cuarto. Al rato, llegaban también Javicho y Ángel, y entre los cuatro completábamos el equipo con el noble fin de “estudiar” juntos.
Mi dormitorio estaba en la segunda ubicación de la primera planta de la enorme casa que mis papás construyeron en Mariscal Castilla 365. Todos vivían en el segundo piso, y yo en el primero. Mis amigos me preguntaban si no me daba miedo. La verdad es que sí me daba, y mucho, pero al final me acostumbré tanto a la soledad de estar conmigo mismo que hasta ahora disfruto de esos momentos de silencio.
Esa misma “cueva de amigos”, mi dormitorio, era grande y tenía doble ingreso: uno, el principal, que daba al pasadizo de distribución interno, y otro, una triple y linda mampara de vidrio desde donde se veía el jardín. Quizá por eso hasta ahora tengo la manía de querer ver «verde» desde donde duermo. Contiguo había un baño doble (mi papá era exagerado): dos duchas, dos lavamanos y un inodoro que usaba yo solo, como un jeque árabe. Ese baño, por supuesto, también lo usaban mis amigos.
En esas tardes, uno de los primeros que llegaba era él, Condoro, quien se dirigía directamente al baño de mi cuarto. ¿Ni siquiera saludas y te metes de frente al baño?, lo molestaba yo. No te pases!. – es que en tu baño se caga más rico- me respondía como si fuera la declaracion mas sensata del mundo.
Por las noches, cuando oscurecía y estábamos solos, Condoro tenía que regresar a su casa. Como tenía miedo a la oscuridad, salía corriendo como un petardo por el pasadizo hacia la puerta principal. Era una escena graciosísima porque incluso, varias veces, lo hacía gritando. Supongo ahora que esos gritos lo acompañaban en su carrera por ese callejón oscuro e imaginativo. Sí, de niño le tenía miedo a la oscuridad.
Ingresé a la Católica en el verano del 83 para estudiar Administración, y al tiempo él lo hizo en Odontología.
—¿Odontología tú? —le dije.
No duró mucho y, como en el 84, voló hacia Alemania.
Nosotros vivimos la época de escribirnos cartas. Condoro se fue a Alemania, y manteníamos correspondencia contándonos lo que nos pasaba. Algo que ahora suena cavernario. Esa conexión quizá fue lo que soldó la amistad para siempre.
En uno de sus regresos desde Munich, cuando venía a Mollendo a poner una heladería por verano, lo fui a recoger al aeropuerto. Bajó del vuelo con todo el pantalón jean húmedo.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—La azafata está guapisima y no me hacía caso. Opté por derramarme el café sobre la pierna y asi llamar su atención.
Estrategia cumplida: ella se sintió mal por el «error» y esa noche salieron juntos en Arequipa. Mismo Maquiavelo.
En 1988, a mis 22 años y terminando la universidad, viajamos con Beto para visitarlo. Aprovechando que seguía en Alemania, dimos una vuelta por Europa de casi dos meses que ha quedado grabada hasta ahora. Los tres siempre recordamos esa experiencia con la mayor alegría porque lo hicimos con un presupuesto muy reducido y un nivel de incomodidad increíble que, a los 20, no se siente, pero que queda fijado mágicamente. Siempre he pensado que, aparte del extraordinario ejemplo con que me criaron mis papás, ese fue el mejor regalo que me hicieron: permitirme ver el mundo que no existía en mi Perú de cuatro paredes. Con Beto y Condoro pude verlo y cambió toda mi perspectiva de vida. Ese mapamundi de madera pegado ahora en mi oficina, lo confirma.
—Tú te deberías apellidar Zuzunaga —le dijo una tarde Lucy, su mamá, sobre la vereda frente a mi casa—. Paras tanto con «el Jorge» que deberías traer tu cama para acá.
—No gastes tanta plata —le insisto desde hace años—. ¡Ahorra más para la vejez!
—¡No seas huevón! —me respondió—. Ya has criado, y ahora no te tienes que preocupar por hacer plata para protegerla como a las tres primeras. Es más simple. Me quitó varios kilos tontos de la espalda en esa terapia express.
—No —me responde—. Si ganas plata, hay que ahorrar, pero no tanto. Hay que gastarla.
Me hace dudar de la teoría de finanzas personales que predico.
Las fotos en blanco y negro del paseo para sacar renacuajos cerca de Albatros; juntos como en un ejército en el jardín de Bejarano; con sombrero, a nuestros 9 años, subiendo a la Cruz de Fierro y luego en el jardín de mi casa; sentados en una orilla de Venecia fumando, o los dos colgados en el SkyWalk sobre el Cañón del Colorado, hacen que mis recuerdos y vivencias junto a él se aglutinen.
Tiene un corazón inmenso y un sentido de humanidad que admiro y siempre se lo hago notar porque eso me da la esperanza de que en el mundo aún hay gente buena y no solo la sarta de deshonestos que leemos en los diarios. Sí, viéndolo, tengo la convicción de que el mundo siempre será mejor con más Condoros adentro.
Nunca hemos tenido un roce. Nunca, y no lo digo para que la historia suene mejor. Debe ser porque sabemos medirnos sin decirlo, sin ponernos de acuerdo. Por supuesto que hemos discrepado, pero nunca hemos peleado, quizá porque sabemos hasta qué límite avanzar en nuestra posición sin transgredir y evitando herir al otro. Nunca tampoco he sentido eso de su parte por lo que veo que actuamos en democracia fraternal o en “empatía” como ahora se dice de moda.
Me llamó para felicitarme por el nacimiento de Gabrielita en 2013, y le conté que estaba preocupado porque ya era un papá viejo de 47 años para ella y temía no poder criarla bien.
– No seas huevon!, me respondió- . Ya has criado, y ahora no te tienes que preocupar por hacer plata para protegerla como a las tres primeras. Es más simple . Me quitó varios kilos tontos de la espalda en esa terapia express.
Condoro es además padrino de Gabrielita y el plan fue que si ella hubiera sido hombre, Gabriel se llamaría.
En noviembre de 2018, el día que murió mi papá, yo estaba en Lima por trabajo. Cuando me enteré caminando por la vereda, tomé un taxi y me fui a Sarcletti.
—Condoro, me voy al aeropuerto ahorita —le dije, contándole lo sucedido.
—Saca dos pasajes —le indicó a su secretaria.
Nos vinimos juntos. Almorzamos en el aeropuerto junto a Angel y me acompañó en el vuelo. Mientras yo manejaba desde el aeropuerto hasta Mollendo, conversamos como loros sobre mi papá. Esa noche en el velorio estuvo con mi mamá y mis hermanas y al día siguiente no fuimos al crematorio de Arequipa. El que dio unas palabras durante el velorio fue él porque así lo pidió. Nosotros los hijos no hablamos.
Tengo una linda foto de ese día, cuando llevábamos el ataúd en el trayecto al crematorio. En el grifo de San José paramos a descansar y posamos todos alrededor de mi mamá. El único de la foto que no es pariente de sangre ni político es Condoro.
Desde pequeño, ha tenido una relación íntima con mis hermanas, quizá por todo lo que ahora cuento.
Así termino esta historia de inicio de año. Una historia que solo me trae recuerdos cariñosos, me produce gratitud y genera muchísimas sonrisas, recordando esa frase que dice que los amigos son los hermanos que nosotros escogemos en la vida.
Ese eres tú, Condoro. ¡Mi gran hermano!




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