Relatado el 13 dic 2024
Hace un par de semanas, en El Nuevo Herald, se publicó un contundente artículo de Andrés Oppenheimer donde describe cómo Australia se ha convertido en el primer país en haber aprobado, a fines de noviembre de este año, una restricción para que los niños menores de 14 años no usen celulares y que solo a partir de los 16 puedan acceder a redes sociales. No más TikTok, Facebook, X, ni Instagram.
Oppenheimer sustenta en esa columna periodística el daño comprobado que las redes sociales causan al cerebro. “Queremos que nuestros niños tengan una infancia normal”, declaró el primer ministro australiano Anthony Albanese al argumentar la decisión, en referencia a la norma recientemente aprobada.
Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, cita en el artículo que los padres deberían impedir que sus hijos menores de 14 años tengan un celular y que solo desde los 16 puedan usar redes sociales. “Los niños necesitan primero desarrollarse en el mundo real para después pasar al virtual. Hagamos que jueguen entre ellos. No queremos que crezcan en TikTok, porque eso es falso”.
Las niñas son las más afectadas en este asunto, dice Haidt, porque “si eres una adolescente insegura y tus fotos no reciben más likes que las de tus compañeras, eso te hace sentir mal”. Los estudios demuestran que la adicción a las pantallas repercute en una inevitable depresión infantil, al no sentir que consiguen la aprobación (likes) que esperaban de sus amigos o de su entorno.
Desde hace poco, Francia también exige que los adolescentes tengan permiso de sus padres para abrir cuentas en redes sociales. El estado de Florida, en EE.UU., aprobó una norma similar, que se espera entre en vigor el 1 de enero de 2025. Sin embargo, se cree que será impugnada judicialmente, lo que podría dejarla suspendida, como ya ocurrió en California, Ohio y Arkansas. Quienes se oponen alegan que la norma restrictiva atenta contra la privacidad de las personas.
¿Y el ejemplo que damos nosotros? Sí, debemos predicar con el ejemplo antes que imponer reglas. Una buena práctica de nosotros, “los viejos”, sería navegar con tiempos autocontrolados, mesurados y, preferiblemente, no delante de los niños. Por último, y no como excusa, hay cosas que los niños simplemente no tienen que hacer porque primero deberían recorrer la cronología natural de la niñez y adolescencia que les corresponde. Además, creo que los padres tenemos el derecho de imponer restricciones de acuerdo con la edad de nuestros hijos, como sucede, por ejemplo, con el consumo de tabaco, alcohol o las normas de horarios domésticos.
Pero es inevitable, algunos pensarán. “El mundo avanza así”, dirán otros. Sí, es inevitable, pero para nuestros hijos pequeños hay que intentar postergarlo lo máximo posible. Si aceptamos ese criterio, entonces tiremos la toalla en la educación desde ahora y dejemos que el mundo los moldee. No, eso no es lo adecuado. Aunque parezca lógico, lamentablemente está sucediendo. Seamos, entonces, la excepción.
Ah, y sobre esto: no solo les damos un celular, sino que les compramos uno de “gama media alta”, como se dice en el argot comercial. Así, no solo les estamos proporcionando una herramienta potencialmente perjudicial con el equipo y el uso de redes, sino que además les subimos la vara tecnológica. Cuando ellos tengan que comprar su propio teléfono al ingresar al mercado laboral, el iPhone 28 o 37 les parecerá insuficiente. Les dañamos el cerebro ahora y, además, comprometemos su educación financiera y cultura crediticia futuras.
Quizá porque he vivido de cerca el consumismo de la venta de celulares en mi época de Credishop, esto me escandaliza especialmente. Es cierto que, por ese exceso, me he beneficiado económicamente, pero no por ello dejo de señalarlo ni de resistirme a normalizarlo. Es súper difícil ir contracorriente, pero más difícil aún es ser consciente del daño que les estamos haciendo al dejarnos llevar por “lo que todos hacen”.
Un dato curioso: los hijos del famoso tenista Novak Djokovic se quejan de que sus amiguitos en el colegio usan celulares y ellos no. Nole responde que aún no tienen la edad suficiente para usarlos y dice que no transigirá en esa restricción familiar.
Pero lo anterior es solo una parte de lo “plástico” de la vida actual, como yo lo llamo. No solo mostramos lo que somos, sino que exhibimos lo que no somos. Y eso es aún más peligroso.
El cebichito en la playa, el trago en el bar de moda, la ropa que nos compramos la noche anterior o los lentes de marca que cubrirán mis artificiales retinas este verano. Todo lo publicamos en redes para crear un perfil social que sabemos que es falso, pero que igual exponemos: “Yo feliz, ¡bella!”, “¡Qué joven se te ve, regia!”. Subo a mi estado de Instagram. Lo irónico es que tanto el que lo publica como quien lo lee saben que es falso.
“Aquí, feliz con el amor de mi vida” (cuando el mes pasado todos se enteraron de que el marido le fue infiel). “Ahora uso las Adidas Strung Titanium, ¡son otra cosa!” (cuando en mi grupo de trote saben que salgo una vez al mes). “Mi foto en la arena de Cancún, gozando” (cuando hasta el vecino se enteró de que Infocorp me reportó por falta de pago).
Entonces, ya no importa tanto si nos reunimos para disfrutar la amistad y conversar en la parrilla sabatina, sino la marca que vestimos, el bocadito de moda o el color de la etiqueta de la bebida que tomamos.
Interesa más el envase que el contenido.
Y ahora que viene la navidad, hay que romper la tarjeta y no dejar de hacer regalos hasta para el vecino que ni conocemos. Es la moda !. Quizá un simple queque, una flor o una nota escrita a mano valga mas que cualquier complicado artilugio de los que ya estamos acostumbrados. ¿Un solo regalo para mi niño? Nooooooo. Como se te ocurre?.
¿Pueden creer que a fines de noviembre ya recibi un tarjeta digital por fiestas navideñas de esas masivas que llegan a los correos o al whatsapp ? . Se envían y reciben en automático y muy despersonalizado. ¿Se envian para decir que “cumpli” con hacerlo?
La mayoría de las noticias en las redes son vidas plásticas. Y no está mal que alguien decida exponerse así porque es su elección. Lo altamente riesgoso es el ejemplo que damos a los niños que estamos criando, haciéndoles vivir un cuento de hadas inexistente. Lo más probable es que eso les estalle en la cara cuando enfrenten la vida ordinaria. La burbuja plástica explotará y entonces sufrirán la crudeza de la realidad. ¿Dramático? Sí, pero real.
En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa plantea que: “La cultura ha dejado de ser un espacio de reflexión profunda y creatividad para convertirse en un espectáculo vacío, diseñado principalmente para divertir y evitar el esfuerzo intelectual”. Aunque reconoce que el cambio cultural es inevitable, advierte sobre las consecuencias de una sociedad que prioriza la diversión sobre el pensamiento, la superficialidad sobre la profundidad y el consumo sobre la creación. Más claro no podría decirlo el Nobel.
Además, sugiere que “el papel de la prensa se enfoca en el escándalo, en la banalidad”, que “la política es un espectáculo mediático por su carisma y no por sus propuestas. La religión, buscando su relevancia, debilita su tradicional guía moral”.
Leer ese libro es como darle la razón a la odiosa pero más vista Magaly, quien critica a toda la farándula, pero tiene un rating altísimo porque todos encendemos el televisor a la hora de su programa. Entonces, justamente ahí reafirmo mi teoría de lo plástico.
El ron que tomo en la parrillada con los amigos, la cerveza premium (¡que no vaya a salir en la foto la Pilsen!), o la carne hyper Angus suavecita, son solo algunos de los posts de redes donde mostramos cómo vivimos plásticamente. “Aquí, en Punta Cana, disfrutando la vida: ¡Te lo mereces, buena vida! Pide el daiquiri con arándanos en el CocoBongo” (dando a entender que también estuvo allí). Una competencia para ver quién exhibe más.
¿Y qué tiene que ver ese tipo de vida con la educación que impartimos a nuestros hijos menores? Mucho.
Primero, si nosotros elegimos vivir plásticamente, es una opción válida porque forma parte de nuestra libertad de elección y porque, como adultos, ya estamos formados en nuestros valores. Segundo, y aquí la reflexión: lo grave es el ejemplo que esa vida plástica da a nuestros hijos, haciéndolos vivir en una burbuja irreal. No digo que mi opción invalida la de otros. Lo que recalco es que, como padres, nos corresponde educar y formar a nuestros hijos para que comprendan la vida como es: con buenos y malos momentos, frustraciones, penas y alegrías. Enseñarles que lo inmediato solo funciona a corto plazo y que nuestros días están aquí para vivirlos con lo que tenemos, con lo que está a nuestro alcance y con los cambios que nuestras manos pueden lograr.



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