Cuento infantil relatado en abril de 2019
Había una vez una niña llamada Gabriela que vivía en Mollendo, un pequeño pueblo al sur del país. Su casa estaba al costado de un amplio jardín que daba al mar, y por eso, durante todo el día, su familia escuchaba el tranquilizador sonido de las olas.
Gabriela, todas las mañanas, se levantaba temprano para cambiarse e ir al colegio, pero se dio cuenta de que últimamente amanecía muy abrigada en la cama. Eso le extrañaba porque sabía, por lo que le decían sus padres, que era muy inquieta y se movía mucho durante las horas de sueño. Sus hermanas también le habían dicho lo mismo.
—¿Qué está pasando? ¿Quién me cubre por las noches? —se preguntaba.
—¡Mamá, mamá! —le dijo Gabriela a una señora de cabellos largos y rizos entrelazados cuya melena la hacía parecerse a Rapunzel—. ¿Tú me tapaste anoche en la cama? ¡Dime la verdad!
—No hijita. Ya me has preguntado eso varias veces y siempre te he dicho que no soy yo.
—¿Quién será entonces? —pensaba Gabriela—. ¿Será mi hermana Lorent que me quiere cuidar para que no me resfríe? ¿Será mi papá que no quiere que me enferme?
Preocupada Gabriela, que tenía apenas cinco años, decidió hablar con toda su familia. Ese sábado de invierno, durante el almuerzo, reunió a sus papás y a su hermana y les dijo solemnemente:
—Quiero que por favor me digan la verdad, porque hace muchas mañanas amanezco muy tapada y con esa preocupación no puedo dormir. Me doy cuenta de que tengo el sueño intermitente y eso no me deja descansar.
La familia le aseguró que ninguno de ellos la abrigaba, lo que sembró aún más dudas en ella. Entonces su papá le dijo que la ayudaría a resolver ese gran misterio para que pudiera quedarse tranquila.
El papá mencionó que algunas veces, cuando salía en la madrugada para ir a trotar hacia la playa, había notado que la puerta interna de la casa, que daba al jardín, estaba entreabierta. Esto le extrañaba porque su esposa siempre la cerraba antes de irse a dormir.
—¿Qué estará pasando? —se preguntaba él.
Al día siguiente cuando el papá salió de su dormitorio dispuesto a bajar al primer piso para hacer su rutina diaria de ejercicios, escuchó un ruido extraño en la sala. Pensando que podría ser un ladrón, se preocupó y fue al cuarto de Gabriela, donde la encontró muy abrigada con tres frazadas encima del cuerpo.
—¿Pero qué ha pasado aquí? —pensó el papá.
Cuando bajaba las escaleras volvió a escuchar un ruido y, apresurándose, logró ver una furtiva sombra que pasaba rápidamente por la puerta hacia el jardín. Al llegar, no vio nada extraño, solo a Hércules, la mascota de la casa, que estaba tranquilo.
—Si hubiera visto a alguien, Hércules habría ladrado —pensó, algo más calmado.
Los días pasaron pero la familia seguía intrigada. Fue entonces cuando Lorent, la hermana mayor, sugirió:
—¿Y si ponemos una cámara en la sala que grabe durante la noche para ver si alguien sube a los dormitorios?
—¡Buena idea! —respondieron todos.
Compraron cámaras y las instalaron en la casa. Sin embargo, pasaron las semanas sin novedades. Mientras tanto Gabriela seguía amaneciendo abrigada. Un día incluso apareció con polcos en los pies, guantes en las manos y la gruesa chalina que Marian le había regalado, enredada en el cuello. Sudaba tanto que mojaba las sábanas, al punto de parecer que se había orinado.
Lorent dio otra idea:
—Papá, ¿y si te quedas durmiendo en la sala? Así podrás descubrir si alguien sube a abrigar a mi hermana.
El papá aceptó y esa noche se acomodó en el mullido sillón. Sin embargo a la mañana siguiente no había pasado nada y Gabriela estaba destapada.
Las noches pasaron sin novedades pero una de esas madrugadas, después de un mes durmiendo en la sala, el papá escuchó un crujido que venía de un peldaño en las escaleras. Saltó del sillón y, armado con el rastrillo del jardín que usaba como escudo vikingo, subió con cautela. Vio que la puerta del cuarto de sus hijas estaba entreabierta y al acercarse notó una sombra junto a la cama de Gabriela.
Con gran sorpresa descubrió que quien abrigaba a la niña era el gnomo del jardín, ese pequeño adorno que lucía en el jardín y que la familia conocía desde hace años.
—¡¿Pero qué haces?! —le preguntó el papá.
—¡Baja la voz! —respondió el gnomo—. Podrías despertar a las niñas.
Lo invitó a salir al jardín para hablar. Una vez allí, el gnomo le explicó que conocia desde niña a Gabriela, que la quería mucho y que la había visto toser en algunas ocasiones. Por eso decidió abrigarla para que no se resfriara.
El papá, emocionado, agradeció al gnomo y lo abrazó justo cuando ya se notaban los primeros rayos del nuevo sol.
—Por favor, no le digas nada a la familia —le pidió el gnomo—. Prefiero seguir cuidándolos en secreto.
—De acuerdo —respondió el papá. Al voltearse, vio cómo el gnomo volvía a convertirse en el adorno rígido e inerte que todos conocían.
…………….Y colorín colorado, el cuento de Gabriela se ha acabado.



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