
Relatado el 30.11.24

La historia nos dice que fueron tres los acontecimientos más relevantes del siglo XX: la primera y segunda guerra mundial y el jueves negro, cuando en 1929 la bolsa de NY quebró arrastrando a las demás bolsas del orbe y afectando a millones de personas, empresas y economías e iniciándose entonces la Gran Depresión. En 1929 también salió comercialmente a la luz el uso incipiente de la penicilina, que el genio de Fleming había descubierto en forma casual el año anterior. Fue también en ese año que Víctor Raúl Haya de la Torre fundó el APRA y que se entregó por primera vez el Oscar cinematográfico. En junio de 1929 se firmó el Tratado de Lima mediante el cual se devolvía Tacna a Perú.
En ese año nació mi papá, un 30 de noviembre. Como hoy.
Si no me equivoco, por lo que me contaron de niño, mi papá vio la luz al mundo en una casa de la actual esquina de las calles Blondel con Córdova. Aquí, en la parte baja de Mollendo.
Como a sus nueve, la familia se trasladó a vivir a otra esquina, frente al mercado (en este mismo blog puedes encontrar una historia de esa casa: “Legado Z en Mollendo” https://novuz.blog/2024/11/23/legado-z-en-mollendo/ ) y supongo que mi abuelo Hernán lo hizo porque la familia seguía creciendo y ya no entraban en la otra.
Mis abuelos Alicia y Hernán tuvieron once hijos y mi papá fue el octavo de esa enorme lista. Imaginémonos entonces la logística familiar para atender a tremendo batallón, más aún si dependían económicamente del sueldo de la entonces llamada Empresa de Luz de la ciudad, en la cual mi abuelo ejercía como administrador y de algunas contabilidades particulares que él llevaba. No había dinero que sobrase.
Cuando mi papá tenía once mi abuelo murió después de una larga enfermedad y dejó un circo familiar huérfano y con angustias económicas que el hijo mayor, mi tío Hernán, supo manejar heroicamente haciendo las veces de padre y hermano, para los menores, y de jefe de la casa, ante mi abuela y su cuñada Elena, quien también vivía en la casa.
Mi tío Hernán le había advertido a mi papá que si no mejoraba lo sacaba del colegio y efectivamente sucedió eso cuando estaba en tercero de media, tenía 14 y presentó bajas notas a fin del primer semestre. Ahora entiendo que esa amenaza fue también comprensiblemente forzada porque se necesitaba mayores ingresos económicos para la familia. Una vez fuera de las aulas lo pusieron a trabajar en la tienda de José Abusada quien tenía un negocio de ropa, calzado y telas en la actual calle Dean Valdivia, antes Tambo. El señor Abusada tenía la contabilidad de su negocio en manos de mi tío Hernán entonces por proximidad le pidió el trabajo para mi papá.
Ya en el trabajo una de sus primeras labores fue desencajonar los enormes bultos donde venían cajas de zapatos importados que llegaban desde Lima.
Graciosamente, en mi casa de niño mi papá siempre repetía, en referencia a algún individuo flojo para el trabajo: “que vaya a cargar cajas de Águila Americana de 7.50 el par”, por supuesto haciendo alusión a los zapatos que el ayudó a vender donde Abusada.
Después de ello pudo postular para trabajar en el Banco Italiano (ahora BCP) pero para eso tuvo que emanciparse legalmente, porque no teniendo aun 21, no podía hacerlo por ser menor de edad, ya que en esos años la ciudadanía recién se conseguía así. Estuvo en ese banco como ventanillero y también como ayudante de un mayorista arequipeño que enviaba ganado al camal de Mollendo. Ahí mi papá se encargaba todas las madrugadas de registrar el peso de la res y de entregarlo a las vendedoras del mercado para posteriormente cobrar ese dinero y enviarlo al propietario. También laboró en la barraca de madera que la familia Ricketts tenía cerca del almacén del ferrocarril en el ahora futbolero Camping, al final de la Dean Valdivia. Ese fue su último trabajo como empleado porque desde ahí, con la ayuda de mi tío Hernán pudo comprar el negocio del mismo señor Abusada, iniciando así su “emprendimiento”, como ahora se suele decir. Nunca más tuvo jefe y así empezó su carrera de independiente. “En la medida de lo posible procura no tener jefe” me dijo cuando terminé la universidad .
En noviembre 2018 mi papá partió a la otra dimensión, como a mí me gusta pensar, coincidentemente el mismo día que falleció mi tío Hernán y aunque ya transcurrieron seis años me pasa una cuestión peculiar con él: no lo extraño, y no lo digo como escudo para proteger mi dolor. No, no lo extraño y debe ser porque a diario lo tengo presente. Amigos o compañeros de trabajo me han dicho innumerables veces que lo nombro con mucha continuidad, y es cierto. Quizá por ello mi rara y singular digestión emocional.
De él recuerdo especialmente: los tangos, que también tengo en mi playlist; su ironía para describir cualquier situación; la tranquilidad que yo sentía de niño al escuchar sonar la puerta del garaje de la Mariscal, lo que indicaba que ya llegaba en la noche de la timba y eso me hacía dormir mejor; su orden con el dinero, que siempre pretendo emular; los chicharrones y el ron; su organización, que ahora de mayor me llena de orgullo y sorprende porque a veces suelo verlo en el espejo de mis manías; su fajo extra grueso de billetes que no faltaba en su bolsillo: “el dinero brinda seguridad”, decía; su preciosa solidaridad con el débil, que al escribirlo ahora se vuelven a erizan mis vellos al recordarlo; sus detalles de elegancia con el prójimo; el orgullo que sentía por lo que había conseguido en su vida.
Cuando tendría yo unos ocho me mandó a dormir al primer piso de la casa. Ese que estaba vacío, porque mis papás y hermanas dormían en el segundo. Ahí solito yo y muerto de miedo.
Él no era creyente pero para ese traslado me compraron cama nueva, un radio portátil pequeñita, en la que yo escuchaba Radio Bahía y me regaló un crucifijo lindo de madera que aún conservo colgado en mi dormitorio. Además, redactó a máquina de escribir un “decálogo”, que en un cuadrito colgó al otro lado de ese crucifijo: tienes las manos y uñas siempre limpias?, defiendes a tus hermanas?, usas pañuelo?, recuerdas que de los estudios depende tu futuro?, eres puntual?, cuidas el sueño de tus padres?. Así que, aunque él no me lo hubiera repetido otra vez, yo lo leía a diario. Ese cuadro también lo sigo teniendo guardado.
Tendría yo unos 15 y me envió una postal desde El Cairo (felizmente en esos años no había whatsapp) con el fondo de la pirámides: “el futuro que tu padre sueña para ti”. Ya convertido yo en papá entendí su romanticismo e idealismo de soñar con mi futuro.
Siendo hereje (como él decía) se fue a pasar sus 50s a Belén. Siempre hablaba bonito sobre “el flaco”, como lo llamaba a Cristo. No creía, pero jamás nos dijo que nosotros no lo hagamos.
Al primero que conté que quería hacer servinacuy, fue a él. “Pa, voy a proponérselo a Karen”, le dije en el verano del 98. “¿Lo has pensado bien?. Si estas seguro, hazlo”. Respuesta concisa y directa. Buena puntería y mejor augurio el que tuvo.
Cuando empecé a hacer algo de billete en mis negocios lo invité a Buenos Aires. Tenía que ser Argentina de todas!. En esos días que pasamos juntos escuchamos tango por lo menos cuatro noches, comimos media res y varias botellas de vino, pero sobre todo conversamos mucho, mucho. Si, con él se podía conversar horas y siempre quedaba algo grabado. Con los años entiendo que eso es escuchar sabiduría así que me siento más suertudo aun.
Muy sutil siempre me preguntaba por el negocio en el que yo estaba y lateralmente sugería algún consejo. Recuerdo que cuando Credishop empezó a crecer, y yo cada vez me endeudaba más, le llevaba mi balance trimestral para que lo vea, dejándole siempre una copia para su archivo. Miraba pocos segundos la hoja, (supongo que veía el resultado obtenido) y me decía con calma: “está bien”. Nunca me reventaba cohetes. Eso para mí era mejor que escuchar al jefe del FMI. Esa práctica de llevarle mi balance trimestral lo hice muchísimos años y solo dejé de hacerlo pocos meses antes de que fallezca porque ya intuí que no lo entendía. Algún proyecto o variación comercial que yo querría hacer se lo consultaba y lo que para mí era un mundo de dudas, y en el cual había demorado días en hacerlo, para él era sencillo: “sí, creo que está bien; ¿vale la pena?; no es muy complicado para el dinero que te dará?; ¿ y si te matas manejando por ir todas las semanas a ver tu tienda de El Pedregal?.
Tenía un asesor en el que creía, al que admiraba y al que quería. Y gratis !
Por ese recuerdo es que justamente y , desde hace varios años, tengo la “Escuela de Negocios” con la que asesoro gratuita e indefinidamente a la gente que me pregunta y a la que siempre quiero dar la mano para que mejoren sus negocios, devolviendo circularmente la suerte que yo tuve por mi asesor experto y querido.
“La plata se hace con calma, se cuida, no se codea al vecino para avanzar en los negocios, se guarda para la vejez”.
Pa, están vendiendo el terreno de los Gibson, ese que tiene una palmera seca frente al mar !! Le dije emocionado en 1999. Cómpralo!. No tengo plata para eso porque Credishop necesita mucho billete para apalancar el crédito, le respondí. “No me has dicho que de joven tu veías ese terreno y que te gustaría vivir frente al mar?”. “Si, pero es caro y ahora no puedo distraer un crédito. Además tú me dices siempre que el dinero se cuida y se invierte”, intenté defenderme. “El trabajo sirve para cumplir sueños”, me contestó. A las pocas semanas lo compré y ahí vivimos hasta ahora……y mi plan es seguir haciéndolo hasta que me tiren convertido en polvo sobre el jardín.
“Trotas como loco y de tanto hacerlo te dará un infarto o te romperás la cabeza bajando en la bici por los cerros”. Así no me oxido, le respondía. Si, pero yo desde hace 70 años no hago ejercicios y sigo viviendo.
Pocas semanas antes de que fallezca conversé con él y le repetí las “reglas” que nos había dado para el día de su muerte: ningún arreglo floral, no cura ni responso (no le hicimos caso y rezamos los hijos a su alrededor), no crucifijo y “si no te haces muchos problemas, me cremas”.
En esa conversación le dije también que el día de su velorio yo no lloraría por él porque consideraba que su vida era tan grande que su partida de ningún modo la opacaría. Mientras yo lagrimeaba al decírselo, él sonreía. Un hermoso momento que hasta ahora me conmueve pero que me alegra más por habérselo podido decir.
Tampoco cumplí esa promesa de no llorar porque cuando entré al velorio, en shorts!, ( esa tarde había llegado de Lima con Condoro que me acompañaba ) y estaba supuestamente preparado, la vi a mi Ma triste, frágil y sentada a la izquierda del cajón, que fue inevitable llorar en el abrazo porque quería compartir como hijo la unidad y solidaridad hacia ella.
En su velorio escuchamos tangos porque estuvimos seguros de que él también los tarareaba en ese momento.
El siempre habló de la muerte con una naturalidad e ironía que nosotros, sus hijos, nos acostumbramos desde niños: “Ojalá que pase los 50s para ganarle a mi padre que murió a los 49; no llego para fiestas patrias; quizá alcanzo mi cumpleaños; para que esperar navidad si no estaré”; espero llegar al 6 de enero”. Era tanta su cachita que para todos los que estábamos a su alrededor nos parecía normal.
Desde hace un buen tiempo estoy escribiendo un pequeño libro con datos curiosos de su biografía que en pocos meses tengo planeado imprimirlo y regalarlo a todos los que estuvimos cerca de su vida.
Así que hoy 30 de noviembre a celebrar su vida con un Calambuco(*) a las 11:30am y en la siempre y puntual “hora del cocktel”, como él le decía a este casi ritual.
Salud !
(*) Calambuco: para los que lo desconocen. Una cosa es el cuba libre donde se combina una parte de ron por tres de coca cola y otra el Calambuco que mi tío Gastón (el inmortal Gastón, como lo llamaba Amalfi Chang) servía con una parte de coca cola y tres de ron. Diametralmente opuesto.

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