- Relatado el 6.11.24
Hace unos días hablábamos con unos amigos de la Cámara de Comercio – CCPI – sobre el optimismo que en común expelemos sobre lo que está sucediendo en nuestra provincia de Islay y lo que creemos como un momento importante que se tiene que aprovechar.
Hace poco, conversando en una entrevista, comentaba que sigo siendo un optimista a rabiar por el futuro que nos depara. Sí, soy enfermamente optimista desde siempre porque veo que, como país, seguimos teniendo oportunidades increíbles, como el superprecio del cobre (somos segundos productores mundiales), la eventualidad del litio, nuestro constante predominio como productores élite en harina de pescado. Tenemos en cartera proyectos mineros por desarrollarse por casi 60 mil millones de dólares, para entenderlo más fácil : eso equivale a cuarenta Tía Marías.
Al cierre de octubre, el país ha conseguido una inflación mensual a la baja, como no se lograba hace casi dos años, lo que hace pensar que las cosas están mejorando. Poco aún, pero están mejorando. El PBI 2024 rebotará 3%, y Gestión indica que la próxima campaña navideña se espera sea mejor que la del 2023 en casi un 10%. El sol continúa siendo, por muchos años ya, una moneda fuerte y de refugio; si no, preguntémosles a los bolivianos que están comprándolo igual que al dólar. Somos anfitriones la próxima semana de la APEC (que en los últimos diez años hizo crecer en un 52% el comercio de esas economías); la inauguración el 14 del puerto de Chancay y en enero de 2025 del nuevo aeropuerto nos hace ver que sí hay de qué ser optimistas. En lo político, es cierto que a diario nos encontramos con escándalos, pero también es cierto que parecen no afectar tanto en lo macroeconómico, que se siente como en automático.
Y en nuestra provincia ya se está ejecutando la operación de Phelan Green Energy, que, con US$ 2,500 millones de inversión, producirá hidrógeno verde. Además de la inminente operación de Tía María con casi 3,000 puestos en su fase de instalación; la eventualidad futura del puerto de Corío; la inevitable y feliz relación con lo que será Majes Siguas II; la propuesta de Tisur para ampliar el puerto con US$ 80 millones de inversión en su primera etapa, un nuevo espigón y cientos de trabajos en ese proceso; la posibilidad de reinicio del adormecido gasoducto sur andino, no dejan sino de ver que la fisonomía económica y social de nuestra provincia cambiará en los siguientes años. ¿Y entonces, qué hacemos? ¿Que se vuelva a pasar la oportunidad de la historia como ya fue con el guano, el salitre, caucho, petróleo, pesca y cobre?
¿Se han dado cuenta de que a nuestras playas mollendinas, durante este invierno, la gente continúa llegando masivamente los fines de semana? El ejemplo del malecón de la primera y segunda playa es uno bueno, y desde que la anterior administración del Chino Rivera modificó y equipó esta zona, la actual de Ale Cruz felizmente la mantiene y potencia. ¿Por qué no podemos relanzar el turismo de invierno en la ciudad, emulando lo que sucede en cualquier otro paraíso turístico alrededor del mundo?
Le pregunto a un motociclista que llegó con su mancha de 15 motos desde Arequipa: “¿Por qué vienen hasta aquí?” “Hacemos moto dos horas, venimos al muelle por las fotos, chela en el malecón frente a la playa, almuerzo en Catarindo y nos vamos por la tarde”, me responde. ¿Y si a ellos les brindamos “menú turístico y alojamiento módico”, no se vendrían además a pasar la noche generando más ingresos a nuestra ciudad?
Haciendo bici de montaña en el Bike Park al pie de la Cruz de Fierro, este fin de semana, Cristian sueña: “Podríamos traer gente que por la mañana llegue a Matarani y salga a conocer las loberas en bote, almuerzo con Perol y Chiflay, paseo por las Lagunas de Mejía y alfajores en La Curva esa tarde y al día siguiente lomas mollendinas en bicicleta, quizá con nuestro entusiasta promotor deportivo Patrick Mogrovejo. ¡Paquete completo! Claro que se puede hacer.
Conocí hace poco Cabo da Roca en Portugal, que se “vende” como el punto más occidental de Europa y donde hay que hacer cola para estacionar, caminar por un acantilado alto imaginando que al otro lado del océano está Nueva York, al que diariamente llegan cientos de turistas como yo, para la foto, ver cerca una caverna marina que no es ni la quinta parte de nuestra cercana e impresionante Boca del Diablo. Helados, pequeño museo, baños de pago, kioskos, restaurantes alrededor, bares, recuerdos para llevar, música en vivo de un saxofonista. Todo se mueve. Mientras tanto pensaba que nuestra provincia tiene mucho más que eso para ofrecer, pero no lo aprovechamos.
“Pero tú ya eres optimista por enfermedad”, me dijeron. Sí, quizá. Desde que empecé a trabajar, hace ya más de 36 años, he pensado que debo usar los recursos que me “caen” y para el resto pongo mis manos, centro equinamente mi objetivo y disparo. Tengo muchos defectos, pero vago no soy. Si voy a estar esperando que la autoridad, el cobre, o el hoy elegido Trump marquen mi destino, me volvería, a los años, en un viejo frustrado lleno de deseos no realizados. Eso nunca fue conmigo. Además, al ser optimista todo se ve con color esperanza y esto hace que el camino sea, retroalimentariamente, “más fácil”.
Entonces, sí, hay que ser siempre optimistas y HACER que las cosas sucedan.


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