- Relatado el 20.10.24
Genialidad polifacética
¿Cómo será la lengua del colibrí? ¿Por qué el cielo es azul? ¿En qué se diferencia la aorta de un cerdo de la de un niño? ¿Qué tengo que hacer para que el área de un triángulo se mantenga constante si cambio el tamaño de sus lados? Estas eran algunas de las preguntas que Leonardo da Vinci anotaba en cualquier hoja de trabajo que siempre tenía a mano. Felizmente, se conservan 7,500 de estas notas que nos permiten conocer un poco más sobre su increíble vida.
No recuerdo bien si en la oficina de mi papá o en mi casa de la Mariscal había un pequeño cuadro de un tipo barbudo, con cara de viejo hechicero, grabado sobre un cartón rugoso. De niño, siempre lo miraba con intriga. Ya de joven, me enteré de que ese hombre era el Leonardo del que ahora escribo, y estoy casi seguro de que aún conservo ese cuadro en mi baúl de madera.
Hoy terminé de leer la extensa biografía de Leonardo escrita por Walter Isaacson, el mismo autor de las biografías de Steve Jobs, Einstein, y recientemente la de Elon Musk, el propulsor de Tesla y otras empresas reconocidas. Aunque es un libro extenso, lo recomiendo, pues ofrece detalles muy precisos usando un lenguaje sencillo, claro, divertido y, sobre todo, digerible.
Leonardo nació en Vinci en la primavera de 1452 y parecía destinado a ser notario como su padre. Sin embargo, al ser hijo ilegítimo, no tuvo derecho a ejercer esa profesión, ya que en esa época la herencia profesional era común. ¡Felizmente fue así! De otro modo, quizás nos habríamos perdido de un genio de tal magnitud.
Con 1.80 de estatura, era imponente, caminaba con porte y vestía con elegancia. Usaba sacos en tonos granates, “fashion” para su época, como diríamos hoy. Sabía que era especial y no dudaba en autodenominarse como un genio en muchas áreas: astronomía, artes plásticas, ingeniería, mecánica, música, matemática, armamento, anatomía, óptica, hidráulica, aviación, y más.
Aunque muchos genios, como Bach y su prolífica música; Newton y sus estudios sobre la gravedad; Magallanes con su astucia marítima, o Cervantes con su dilecta letra, destacaron en sus respectivos campos, ninguno lo hizo en tantas disciplinas a la vez como Leonardo.
Aunque pintó sobre el cristianismo y pidió que en su velorio se celebraran 20 misas, intervenía poco en temas religiosos, ya que era un defensor del método científico teniendo que comprobar para creer por lo que el dogmatismo no era lo suyo. Se consideraba más filósofo que católico.
Nunca ocultó su preferencia homosexual, y socialmente no tuvo problemas con ello. Vivió mucho tiempo con Salai, un joven 20 años menor que él, quien fue su ayudante y, se presume, su amante. Posteriormente, convivió con Melzi, otro joven aprendiz.
Distraído en apariencia, aseguraba que: “los hombres de genio están haciendo lo mas importante cuando menos trabajan”. Sus listas de tareas pendientes eran interminables y podían mezclar una disección, un mandado sobre las hortalizas faltanes para el almuerzo, la observación del ojo de un caballo. Mantuvo muchísimos proyectos inacabados, soñando siempre en la evolución constante y en la mejora continua. Se resistía a dar una obra por concluida si creía que aún podía mejorarla. “Que lo perfecto sea enemigo de lo bueno” era uno de sus lemas.
“Soy apasionadamente curioso de forma muy impetuosa” escribió de sí mismo a un amigo
Entre sus muchas curiosidades, se preguntaba: ¿Cómo desviar un río? ¿Por qué las alas traseras de la libélula se baten a diferente velocidad que las delanteras? ¿Por qué muerde tan fuerte el cocodrilo? Para él: “no todo saber debía ser útil; a veces, había que buscar el conocimiento solo por el placer de conocer”. Era agudo para observar todos los detalles: ¿Cuántos músculos de la cara se le mueven al que está caminando por la calle? . Hizo entonces una disección con un cadaver, de las muchísimas que logró realizar, y comprobó que mas músculos de mueven al sonreir que al fruncir el ceño. Decía que era esencial conservar la capacidad de asombro de un niño.
Una anécdota sobre su cuadro “Salvator Mundi”: se cree que fue pintado en 1505 y redescubierto hace pocas décadas. Tenía muchas señales de haber sido pintado por uno de sus aprendices, porque en esos años era bastante usual que los maestros tuviesen alguien que realice el trabajo menor en los talleres. En 1959 se vendió por solo 100 dólares. En 2005, un conocedor de arte de NY lo compró por 20,000 dólares, y tras cinco años de estudio, consultas a ciéntificos y a expertos en pintura renacentista y en 2011 pudo comprobar que era auténtico, vendiéndolo en 80 millones. En una subasta posterior, un excéntrico coleccionista ruso pagó 127 millones, y en la última subasta alcanzó la cifra récord de 450 millones creyéndose que los pago anónimamente un rico japonés. Irónico de verdad porque Leonardo, aunque no tuvo aprietos económicos siempre se resistió a pintar algo que no le gustase contra el pago por recibir.
Leonardo murió a los 67, aunque solía decir que era más viejo. Quizás era un reflejo de una vida intensa y de un alma más allá de su tiempo.
Así que, ¡a leer! Como le dije una vez a Andreita cuando era pequeña: nunca dejes de ser curiosa y pregúntalo todo.



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