El extraño hábito peruano de darle las llaves del país a cualquiera

Por qué votaré por Rafael López Aliaga

Cada cinco años los peruanos hacemos algo que jamás haríamos en nuestra vida diaria: entregar las llaves de nuestra casa a alguien que apenas conocemos.
Ese alguien luego administra el país.

Nunca quise usar este blog —el que considero mi fusible— para hablar de política. Siempre pensé que no era el espacio. Hoy hago una excepción por las elecciones de este domingo y porque estoy convencido de algo: si no elegimos bien, los responsables somos nosotros, no los elegidos.

Nos quejamos mucho: que el Congreso es un desastre; que el presidente es corrupto; que el alcalde es incapaz; que el regidor es un don nadie.
Pero hay una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos: ¿y quién los eligió?

Todos tenemos algo que cuidar: la casa, el negocio, la familia, el barrio.
Entonces pensemos el voto de una manera muy simple.

¿A quién le darías la llave de tu casa para que cuide a tu pareja y a tus hijos?
¿A quién le darías la llave de tu negocio para que lo administre?
¿A quién confiarías lo que te ha costado años construir?

Supongamos algo: si tuviera un restaurante cebichero, ¿a quién le daría las llaves para manejar la cocina: a Gastón Acurio o a Pedro Castillo?

No sé tú, pero con Gastón ni habría que pensarlo.

Si quisiera mejorar mi jardín, ¿le pediría consejo a Justo Silva —el jardinero que mantiene el mío hace años— o a Keiko?

Sin embargo, cuando hablamos de política aparece la frase más cómoda de todas:

“Todos son iguales.”

Sí, lo son… pero también lo son porque muchos de los que pensamos distinto preferimos no meternos. Por comodidad, por hastío o por simple egoísmo cívico.

Entonces, ¿quién termina ocupando los espacios del poder local, regional o nacional?

La sarta de ineptos que tanto criticamos.

Y, si somos honestos —aunque nos arda—, también los que nos merecemos.

No digo que el candidato que uno elija sea perfecto. Ninguno lo es. Pero nuestra obligación como ciudadanos es escoger entre quienes están en el juego y hacerlo por meritocracia estricta, no por simpatía.

Tampoco creo en los que dicen que no votarán por nadie porque todos son iguales. Las reglas, buenas o malas, son las que tenemos y alguien gobernará.

No votar, viciar el voto o dejarlo en blanco, es como dejar la llave de tu casa puesta en el cerrojo de la vereda para que cualquiera entre y la administre.

Eso es esconder la cabeza como el avestruz.

Nuestro país es nuestra casa.
Nuestro trabajo, nuestras empresas y nuestras familias están dentro.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto elegir?

En la vida cotidiana sí distinguimos capacidad. Sabemos quién sabe y quién no.

Hace años, en Arequipa, en una reunión donde nos convocaron a varios empresarios para escuchar una propuesta política de Raúl Diez Canseco, recuerdo que cuando me tocó hablar dije algo que en ese momento creía muy razonable.

Le expliqué que yo aportaba al país desde la otra acera: trabajando, generando empleo y ayudando directamente al bienestar de mi provincia.

Él me respondió algo que me dejó pensando: “Ese es justamente el problema. Cuando todos los capaces piensan así, el país se queda sin ellos en la política”.

Tenía razón.

Cuando los que nos creemos capaces nos quedamos en casa, la política se llena de incapaces.

Abandonamos el espacio público y ahí entran muchos de los desastrosos que luego criticamos.

Y para qué hablar del Congreso: parlamentarios con menos de 5% de aprobación, bonos de instalación, roba-cables, mochasueldos, violadores, viajes en primera clase cuando antes ni para patineta trabajaron.

Y no es malo no haber tenido patineta. Lo malo es aprovecharse de los policias que los resguardan para mandarlos al mercado a comprar las lechugas de la casa o pedirles que les corten las uñas en la oficina.

Eso ocurre porque nosotros dejamos el espacio vacío.

Por eso también creo que debemos votar por listas congresales que respalden al candidato presidencial que elegimos. De lo contrario, el presidente termina negociando su supervivencia política con otros grupos y volvemos al increíble espectáculo de los últimos diez años: nueve presidentes.

“Mi voto es solo uno”, dicen algunos.

Sí. Pero así empiezan todos los cambios.

Debemos evaluar entre lo que hay. Nadie es perfecto. Pero se elige por capacidad, por carácter y por el equipo que lo acompaña.

En el fútbol no elegiríamos un director técnico que no tenga jugadores.

Tampoco deberíamos votar por alguien solo porque es simpático o porque es nuestro amigo.

¿Tiene capacidad ese “simpático” para confiarle la llave de la puerta de mi casa?

Evaluemos también su historia.

¿Qué hizo con su vida antes de postular?; ¿Es una buena persona?; ¿Tiene antecedentes?

No existe una versión de nosotros para la casa y otra para el Congreso.

Solo hay una.

Por eso, sin creer que represente todas mis ideas ni que sea perfecto, entre quienes hoy buscan la llave del país considero que Rafael López Aliaga es el más capaz de administrarla.

Porque al final de eso se trata la democracia: decidir quién tendrá las llaves.

Recordemos de nuevo: nuestro país es nuestra casa.

El día de las elecciones no elegimos un discurso.

Elegimos a quién le damos las llaves.

Yo ya decidí a quién le entregaré las llaves.

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