El día que me dijeron: “anda más despacio”

Relato sobre mi paso por la Directiva de la Cámara de Comercio

Cuando decidimos relanzar la Cámara de Comercio de la Provincia de Islay en marzo de 2024, sabíamos que no sería fácil. La institución llevaba varios años prácticamente inactiva y había que empezar casi desde cero: revisar estatutos, convocar nuevos socios, recuperar legitimidad y devolverle vida a una institución que debía representar al empresariado de la provincia.

Los estatutos eran tan restrictivos que solo un grupo muy reducido podía acceder a la Junta Directiva. Reformarlos fue el primer paso. Tras varios meses de trabajo logramos actualizarlos e inscribirlos formalmente. Luego vino la primera Asamblea General y la convocatoria a elecciones.

Cuando participé en esa etapa inicial dejé claro que no pensaba asumir un cargo directivo mayor. Mi idea era colaborar como tesorero: los números se me hacen fáciles y pensé que ese podía ser mi aporte más útil.

Pero no sucedió así.

A pocos días de vencer el plazo para la inscripción de listas, ninguno de los propuestos quería asumir la presidencia. Las razones eran comprensibles: todos tenemos empresas, responsabilidades y poco tiempo. Yo, además, me encontraba fuera del país por un viaje programado desde hacía meses y seguía la conversación con el grupo por mensajes.

La situación no avanzaba.

Faltando poco para cerrar el plazo, acepté asumir la presidencia para que hubiera competencia electoral. Finalmente, la lista opositora se retiró y resultamos elegidos como lista única.

A partir de allí comenzó una etapa intensa de reconstrucción institucional.

Durante los siguientes quince meses realizamos 23 talleres empresariales, 8 mesas de trabajo, 54 reuniones con autoridades y actores sociales de la provincia, 16 reuniones con empresas, encuentros con organizaciones regionales y gestiones incluso ante la Presidencia del Consejo de Ministros y el Congreso de la República.

También organizamos espacios de confraternidad entre asociados, talleres de clínica empresarial para los asociados y auspiciamos eventos culturales.

Todo esto se hizo sin generar gastos de viáticos para los directores. La Cámara no tenía recursos. El local funcionó gracias a un espacio prestado y ni siquiera se pagaban servicios básicos como luz, agua o internet. Solo podíamos sostener una asistente de medio tiempo. No teníamos otra opción que ser austeros.

Las instituciones no se reactivan con discursos.
Se reactivan con horas de trabajo.

En nuestro periodo la Cámara pasó de 13 a 140 asociados.

Confieso que manejé la Cámara exactamente como manejo mis empresas: con metas claras, ritmo de ejecución y seguimiento permanente. No sé hacerlo de otra manera.

Sin embargo, pronto apareció una diferencia de ritmo.

No la juzgo. Cada persona tiene su propio tiempo y sus propias prioridades. Pero cuando distintas intensidades de trabajo se encuentran en una misma mesa, inevitablemente aparecen fricciones.

Todos los miembros del Directorio, en el que yo estuve, son empresarios exitosos en sus respectivos rubros. Pero en la práctica el tiempo disponible para la institución era limitado. Las reuniones abundaban en buenas intenciones y promesas de apoyo, pero muchas veces el trabajo cotidiano terminaba diluyéndose entre las múltiples obligaciones de cada uno.

Recuerdo una frase que me dijeron en una reunión de Directorio el verano pasado:

—“Anda más despacio”.

Confieso que me sorprendió. No porque no entendiera el consejo, sino porque nunca había pensado que una institución podía decidir avanzar deliberadamente más lento.

Ahí entendí que la diferencia no era de ideas. Era de velocidad.

En una empresa uno decide y ejecuta. En una institución, en cambio, el avance depende del tiempo y la disponibilidad de muchas personas. Y ese tiempo no siempre aparece.

En algún momento incluso escuché otra crítica más directa:

—“Quizá lo que pasa es que no sabes liderar”.

Puede ser. El liderazgo también implica acompasar el ritmo de los demás. Tal vez ahí estuvo parte de la tensión que, confieso, yo generé.

A esas críticas internas se sumaron algunas externas. En ciertos momentos aparecieron comentarios desde la prensa local cuestionando la gestión de la Cámara. Nunca respondí públicamente porque siempre he preferido dedicar el tiempo a construir antes que a polemizar. Me parece inútil hacerlo. Ladran, Sancho…

Hace años escuché una frase que me acompaña en situaciones así:

“No recojas la bolsa de basura que dejan en la puerta de tu casa”.
Prefiero dejarla allí y esperar que pase el camión recolector.

No es la primera vez que me ocurre algo parecido. También lo viví cuando presidí la Beneficencia de Mollendo y el Patronato de los Bomberos. En esas experiencias, como en esta, el trabajo cotidiano terminó concentrándose en unos pocos.

Tal vez mi forma de entender el compromiso institucional sea distinta.

Quizá mi valla está a diferente altura. No digo mejor, simplemente diferente.

En algún momento comprendí que el ritmo que yo esperaba no era necesariamente el ritmo que el equipo estaba dispuesto a sostener. Fue entonces cuando decidí dar un paso al costado, porque mi pedido era reiterativo pero no escuchado.

No lo hice con molestia ni con reproches.

Las instituciones tienen sus propios tiempos y dinámicas.

Miro hacia atrás y veo una Cámara que volvió a ponerse en marcha, que creció en número de asociados y que recuperó presencia en la vida institucional de la provincia.

Y aunque no logré personalmente todo lo que hubiera querido, eso ya es gran avance.

Las instituciones no se construyen en un solo período ni dependen de una sola persona. Se construyen con continuidad, paciencia y, sobre todo, con compromiso real.

Hoy veo una Cámara más sólida, organizada y hace poquísimo con una flamante directiva llena de energía. Estoy seguro de que lograrán avanzar aún más.

Porque cuando la Cámara crece, ganamos todos.

Construir instituciones en el Perú es más difícil que construir empresas.
Pero precisamente por eso vale la pena intentarlo.

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