Serie: Soñadores que Cumplen – Salvador Abella

Historia reales que inspiran y confirman lo que muchos aún dudan: en la Provincia de Islay también se puede soñar…y cumplir

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Dicen que en la Provincia de Islay se sueña poco y se cumple menos… mentira pura. Aquí te traemos pruebas vivas de lo contrario.

Esta serie es un homenaje a quienes, sin excusas ni manual de autoayuda, decidieron correr detrás de su sueño hasta atraparlo. Cada historia es un golpe de realidad: el éxito no llega gratis, se consigue sudando, equivocándose y levantándose mil veces.

Porque la clave no está en esperar, sino en actuar… y estos soñadores ya lo demostraron.

Salvador Abella MedinaMollendo en el corazón, Mendoza en la pelea.

Hay historias que no se cuentan para impresionar, sino para recordar de qué estamos hechos cuando todo se complica. La de Salvador Abella es una de esas: empieza en Mollendo, se rompe en el camino, cruza fronteras con lo justo y se reconstruye desde cero, sin épica forzada pero con una convicción silenciosa que no se negocia. Es, en el fondo, la historia de alguien que entendió temprano que el lugar no define el destino… pero el carácter sí.

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Hola, mis estimados mollendinos.

Soy Salvador Abella… y les cuento un poco de todo esto.

Nací Barranco, Lima, pero por trabajos de mi padre viví en Pucusana, Ilo y finalmente en Mollendo. Y en ese recorrido pasó algo que no tiene vuelta: me convertí en mollendino con todo lo que eso significa. Mi corazón es mollendino de pelo en pecho. Llegué a los 5 años y a los 16 ya sentía algo claro, casi urgente: tenía que ser alguien aquí, valerme por mis propios medios, tener lo mío. No era solo querer cosas, era la necesidad de sentirme útil.

Estudiando en Arequipa, en la pensión donde vivía, había unos estudiantes cuzqueños que en sus ratos libres fabricaban artesanalmente cera en pasta para pisos. Yo miraba, aprendía, y cuando regresaba a Mollendo me iba al basural a buscar latas de pintura de un galón, velas, kerosene, y a la cera le echábamos sibarita para darle color. Así empecé a vender. Sin mayor estructura, pero con decisión. Hice una pequeña sociedad con mi gran amiga Patty Rivera Briceño, y con el tiempo llegamos a comprar latas nuevas en el Parque Industrial. Para abaratar costos, comprábamos parafina en los barcos de Matarani. Todo eso fue sumando en mi vida; fue lo primero que hice para tener lo mío.

Siempre tuve claro que mi lugar para desarrollarme era Mollendo. Nunca pensé en otro sitio. Nunca imaginé que lo que quisiera hacer después de recibirme lo haría en otro lugar. Para mí, Mollendo lo tenía todo.

Pero la vida cambia de golpe. Falleció mi padre. Mi cuñado Roger estuvo ayudándonos en la fábrica un tiempo, pero luego se retiró para continuar con lo suyo. Y de pronto, al día siguiente, estaba yo sentado en la fábrica sin saber nada, de nada. Lo había estudiado, sí, pero en la práctica no lo sabía. Y es ahí donde aparecen personas que marcan la diferencia, tanto en lo laboral como en lo humano: Bacilio Parra y Ambrosio Apaza, inolvidables.

La fábrica funcionó y yo aprendí, y mucho. En ese momento no sabía si realmente quería ese camino, pero sí sabía que tenía que continuarlo. Me enfoqué en producir, en que todos los días había que “botar humo”. Me tocaba esto, y tenía que aprenderlo todo. Hablaba con quienes sabían, intercambiaba puntos de vista, preguntaba sin vergüenza. Consultaba al Sr. Poroto Víctoriano Núñez, al Sr. Alberto Chang, al Sr. Jorge Zuzunaga, al Sr. Aristides Cervera, entre muchos otros. Sabía que podía, la edad me lo permitía, y además sentía que mi lugar era aquí. Mollendo tenía todo… y hoy tiene aún más.

Pero aun así, tuve que partir.

Pasaron 12 años. Años hermosos, intensos, inolvidables con mis queridas Cochizas. Recuerdo perfectamente el día que fueron a despedirme en el Obelisco, camino a Argentina. Me iba derrotado. Sí, derrotado. Sin un sol, sin un peso, sin un dólar. Pero con la tranquilidad de haber dejado todo en orden, sin deudas, habiendo hecho lo que pude hasta que la naturaleza dijo basta.

Porque también cometí errores. Quise cerrar un círculo, comprar lancha, cámara, meterme en algo que no conocía. Quise abarcar más de lo que debía. Mi intuición y la naturaleza fallaron, no hubo más pescado. Fue tremendo.

Y así empezó otra etapa: un bolso, 100 dólares que junté entre Carolina, Nana y la gran Marcenia, y lo más importante, ellas: mi Nachita y María.

Llegamos en 1999 a Mendoza. Qué linda es Mendoza. Y ahí empezó otra historia.

Empecé como vendedor ambulante, y lo primero que hice fue aceptar mi realidad. No tenía nada, y lo asumí desde el día cero. Creo que eso es lo primero que hay que hacer en estos casos. Al mismo tiempo, tenía claro algo: quería ser independiente. Me ofrecieron trabajo, pero decidí empezar de cero por mi cuenta. Fue una de las mejores decisiones que tomé.

En ese momento aparecieron manos clave: mi suegro, mi cuñado Marcelo Perinetti, apoyando cuando más se necesita. Argentina atravesaba una crisis tremenda en el 2001, con el peso 1 a 1 con el dólar. Y ahí nos tocó luchar. Me propuse una meta diaria: vender 50 dólares. María, mi hijita, y yo salíamos todos los días, y hasta no vender esos 50 dólares, con mis secadores y sopapas, no regresábamos. Comíamos mandarinas bajo un árbol para no gastar.

Y en medio de todo eso, llegó una luz. El tipo de cambio ayudó, y nació mi hijo Lisandro, con el pan bajo el brazo. Fue una alegría inmensa.

Ahí empecé a sentir que ese también podía ser mi lugar, y nunca pensé que no podía. Nunca. Siempre tuve —y tengo— una agenda donde anoto todo lo que debo hacer en el día. Lo que queda pendiente, lo vuelvo a escribir para el día siguiente. No me hago el loco. Me quedó ese miedo de volver a fundirme, y ese miedo también enseña.

Aprendí que las cosas se hacen paso a paso, y pensándolas bien.

Y hay una historia que no puedo dejar de contar. Una de esas que cambian el rumbo. El Sr. Osvaldo Franceschini, sin conocerme realmente, me envió un camión cargado de tela Rachel. Lo llamé y le dije: “Don Osvaldo, se han equivocado, yo no tengo nada”. Y él me respondió: “¿Acaso te estoy cobrando? Véndelo y me pagas”.

Ese gesto hizo que yo despegara.

Si hoy me preguntan dentro de Soñadores que Cumplen, diría sin dudarlo que a Osvaldo y a sus hijos los amo y que estaré agradecido toda la vida.

Porque al final hay cosas que no cambian. Lo más importante en esta vida y en los negocios es la honestidad y ser claros. Son valores que agradezco a mis padres: la honestidad, la lealtad. Valores intrínsecos, que no prescriben, que no se negocian. Con todo lo moderno que existe hoy, los negocios siguen siendo relaciones humanas, y funcionan igual: con honestidad. Eso abre puertas. Y siempre, para que algo sea realmente un buen negocio, hay que saber ponerse en el lugar del otro.

Tampoco debemos olvidar nunca la perseverancia y la decisión. Eso lo puede todo.

Hoy miro a Mollendo desde acá y no dejo de sorprenderme. El Mollendo que dejé no es el Mollendo que veo hoy. Es mucho más. Si antes sentía que tenía todo, ahora lo confirmo: hay hoteles, restaurantes, taxis, alquileres, carreteras, construcciones. En pocas horas estás conectado con otros puntos. Mollendo lo tiene todo, y tiene para mucho más.

Pero hay algo clave: hay que apostarle a la nueva generación. Hay que trabajar, intentar, equivocarse y volver a intentar. Hay que ponerle el hombro.

Bueno, gracias www.novuz.blog por darme esta oportunidad.

Gracias, Mollendo ♥️

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Con el apoyo institucional de la CCPI.
Esta publicación no es contenido patrocinado.

Una respuesta a «Serie: Soñadores que Cumplen – Salvador Abella»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Salvatore campeón

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