Todos soñamos.
Pero casi nadie se detiene a pensar qué fue exactamente eso que soñó. Particularmente, rara vez recuerdo el sueño que he tenido. Algunos dicen que eso es descansar más. No lo sé.
La mayoría de los sueños se evaporan apenas abrimos los ojos. Se van con el primer café o con la ducha. Pero hay otros que no. Hay sueños que se quedan. No por la escena, sino por la sensación. Algo raro. Algo que no parece casual.
Les cuento algo que soñé días atrás y que inspiró este relato por lo que significó para mí:
Estaba anocheciendo en el jardín de mi casa y, no sé por qué, yo entendía que tenía que subir hacia la vereda. Me vi hacerlo rápido, pisando fuerte, cómodo. Es raro, pero ese detalle se me quedó grabado. Vi clarísimo mi dedo apretando el botón de la chapa eléctrica de la puerta de ingreso.
Frente a la casa estaba estacionado un bus antiguo, verde mate. El bus de La Antiquilla. El mismo que usé en los años ochenta para ir a la universidad. Era el mismo bus, pero no tenía letras en los costados. Como si fuera él, pero sin nombre.
Por una de las ventanas traseras vi a Pancho, mi querido tío Pancho, recientemente fallecido. No habló. Solo me miró y, con los ojos y el pensamiento, me indicó que pase por delante del bus, que siga. Le respondí también con los ojos que no quería hacerlo, que no podía, porque estaba por llorar y no quería ponerlo triste. Me miró de nuevo. Sin palabras. Como diciendo que suba, que no lloraría.
El bus era enorme, de unos cuarenta y pico pasajeros, estacionado justo frente a mi casa. Los autos pasaban por su costado izquierdo como si nada, aunque en la realidad eso es imposible: no hay espacio en la pista de bajada hacia la playa.
Subí hasta el segundo peldaño del viejo bus. El chofer era mi tío Gastón —él no supo manejar— pero en versión cincuentona. Muy parecido a alguna de las fotos del álbum familiar de esos años. En el primer asiento de la izquierda estaba el hermano mayor de los Zuzu, Hernán, también de unos 50. Tenía la raya del pelo al medio, como creo haber visto en una foto de él en una cena por el centenario de Mollendo. En el segundo asiento de la derecha, Clemencia con el aspecto de sus últimos años, mayor, de unos ochenta. Más atrás, Elena, la engreída de mi papá, joven, como de unos 40. Sentí a otra de mis tías a su izquierda, pero más como energía, porque no la pude ver. Creo que fue Carola.
Yo no hablaba. Ellos sonreían radiantemente al verme. Fue precioso. Emocionante. Ninguno habló; solo me miraban fuerte y cariñosamente, como cuando estuvimos juntos.
Pancho vino caminando hacia mí por el pasillo. Recordé que siempre le había prometido, después de la muerte de mi papá, no llorar cuando lo viera, porque no me gustaba que se entristezca. Y cumplí. Me aguanté. Él estaba fuerte, seguro, con una casaca negro mate de cuero, como de unos cuarenta años, peinado engominado tipo Elvis Presley, la cabeza hacia atrás y medio chascoso. Barba cana corta y con ese aire avasallador que yo admiro de él.
Y apareció mi tía Yoli, esposa de Pancho, la única de mi sueño que aún vive. Vestido largo, creo que amarillo verdoso, de flores estampadas. Sonriendo. Caminó rozándole el hombro a Pancho, le hizo un cariño suavísimo en el rostro y siguió por una parte del pasillo pegado a la ventana. No sé cómo caminó, porque en un bus no hay espacio para eso. Pero sucedió así.
No vi ni a mi papá ni a mi mamá. Ahí me desperté, sobresaltado.
Mi cuñada Nany nos contó que cuando tenía unos trece años, una madrugada, cree haberse soñado viendo parada frente a su cama a Hortencia, la abuela paterna, que la miraba. Esa mañana, al despertarse, se enteró de que Hortencia había fallecido: “La abuela se ha despedido de mí”, le dijo a mi suegra.
Un primo, después de la muerte de su mamá, se despertó llorando varias veces por sueños con ella. Ya consciente, ya despierto, sentía el olor de su mamá. Literalmente. Y con ese olor venía una calma inmediata. ¡De verdad, suena como para no creerlo!
Yo mismo tuve una pesadilla a los trece años. Bajaba por la grada lateral de la casa de la Mariscal y empujaba a mi papá por la baranda. Veía cómo caía hacia la lavandería. No sentí culpa en el sueño.
Confieso una curiosidad: hace muchos años —no recuerdo de verdad haberlo hecho— no sueño con mis papás, ni con mis hermanas, ni con mis hijas. Pero con Karen sí, y muchas veces. Intentando descifrar la duda: tal vez mi inconsciente no revisa lo que ya es raíz, o quizá los lazos de sangre están más estabilizados; pero con la pareja, en realidad, nunca hay estabilidad asegurada, porque es parte del juego de la convivencia.
Hace más de un siglo, en 1900, Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños y dijo algo que incomodó a muchos: el sueño no es una tontería. Es la vía regia al inconsciente.
Para Freud, el sueño no es adorno ni ruido mental. Es un mensaje cifrado. Dice que todo sueño tiene dos capas: lo que recordamos al despertar —escenas raras, mezclas imposibles— y lo que realmente significa: deseos reprimidos, tensiones, mensajes internos que no nos permitimos de día. Imagínense que eso sea cierto: ¡tendríamos que irnos corriendo al confesionario!
El inconsciente no habla directo.
Habla en símbolos.
Por eso los sueños parecen teatrales, absurdos o incoherentes.
El sueño, según Freud, disfraza lo que no queremos pensar despiertos, protege el dormir y negocia entre el deseo y la censura moral.
Luego apareció Carl Gustav Jung, que podría pensarse como el natural discípulo de Freud, y dijo algo distinto: a veces el sueño no disfraza. A veces orienta.
Entonces, ¿qué hacemos con los sueños? No obedecerlos. No juzgarlos.
Tal vez solo escucharlos.
Porque quizá el sueño no ordena. Sugiere… insinúa.
Y a veces, cuando soñamos con los que ya no están, no es que vuelvan.
Es que nunca se fueron del todo.
Quizá soñar no sea dormir.
Quizá sea simplemente que algo, desde adentro, todavía quiere hablar.



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