No es un problema de escasez. Es un problema de prioridades mal hechas y balances muchas veces hipócritas. El hambre infantil en el mundo persiste no porque no sepamos cómo resolverla, sino porque preferimos gastar primero en todo lo demás… y donar después, si sobra algo… de culpa.
En un reciente artículo que leí, Bjørn Lomborg (Propósito 2026, El Comercio, 1.1.26) se hace una pregunta simple, muy dura, pero realista:
¿cómo podemos ayudar a los pobres del mundo de la forma más eficaz posible?
Lomborg explica cómo las naciones ricas han recortado drásticamente los presupuestos de ayuda al exterior:
“La cruda realidad es que en el 2026 habrá aún menos recursos para hacer el bien.”
El instituto Copenhagen Consensus, que él dirige, ha trabajado durante años para responder una pregunta sencilla: dado que el dinero de ayuda escasea, ¿dónde puede rendir más cada dólar disponible?
Continúa el artículo con un ejemplo concreto: la nutrición.
Aunque cerca del 8 % de la población mundial sigue desnutrida, sabemos que ayudar a los niños durante los primeros mil días de su vida puede tener efectos positivos enormes con muy poco dinero. Las investigaciones demuestran que cada dólar invertido en esa etapa genera alrededor de 40 dólares en beneficios a lo largo de su vida.
¡Una ecuación brutalmente eficiente!
Esa lectura nos da una cachetada a la realidad. Hay cifras que no escandalizan porque ya no duelen. Son números tan grandes que se vuelven abstractos. El hambre en el mundo es uno de ellos. Sabemos que existe, lo comentamos con gesto serio, asentimos con la cabeza… y seguimos comiendo. No por maldad. Por costumbre.
Nos gusta pensar que el problema es complejo. Que erradicar el hambre requiere logística, estabilidad política, que: “el gobierno no hace nada”. Pero, en el fondo, lo que hacemos es tirarle la pelota al otro. También es una forma elegante de no mirar la parte incómoda: el dinero no falta. Lo que falta es prioridad. Y la prioridad siempre se revela en qué gastamos sin pensar.
El mundo gasta trillones de dólares al año en alcohol. Brindamos por cualquier cosa: por celebrar, por olvidar, por sobrevivir al lunes. Nada contra el vino, la cerveza o el pisco, pero el contraste es casi obsceno. Con lo que el mundo bebe en pocos días podría financiarse un programa masivo de alimentación de emergencia para millones de personas durante meses.
El gasto global en cosméticos supera los 300 mil millones de dólares anuales. Cremas anti-edad, sérums milagrosos. Combatimos arrugas con más urgencia que la desnutrición de la que comentamos líneas arriba. Nadie quiere verse viejo. Hay niños que nunca llegarán a viejos. Casi suena a chiste negro.
La industria de la cirugía estética mueve más de 50 mil millones de dólares al año. Nos estiramos, nos corregimos. El cuerpo del otro —el que no come— queda reducido a una estadística de Júpiter.
Y luego, por supuesto, los viajeros. Los que pretendemos conocer el mundo desde la comodidad de un crucero con buffet ilimitado y comida que sobra. La industria global de los cruceros turísticos mueve más de 150 mil millones de dólares al año. Ciudades flotantes donde abunda el exceso, mientras en tierra firme millones de niños no alcanzan ni la primera ración del día. El contraste es más que incómodo.
Viajar es maravilloso. Yo lo hago y lo disfruto. Pero quizá también ahí haya una aritmética incómoda: una semana de exceso flotante equivale a años de nutrición básica para decenas de niños. No para dejar de viajar, sino para dejar de mirar al costado y “ceder el valor de unos días de viaje para el albergue que necesita más lentejas”.
Amamos a nuestras mascotas. Casi las humanizamos. Les compramos comida orgánica, sin gluten. El mercado mundial de alimentos para mascotas supera los 120 mil millones de dólares anuales. Gastamos más en galletas premium que en evitar que millones de niños se acuesten con hambre.
Luego, también nos cae a los deportistas. Zapatillas “élite” que prometen devolvernos energía e impulsarnos. Polos ultra light que no te hacen sudar. Lentes que reflejan el sol “increíblemente”. Medimos todo… menos la empatía.
Y mientras tanto, nos comemos un pollo a la brasa, crocante y jugoso. Vemos al hijo del venezolano esperando en la puerta del restaurante. Le dejamos un sol. No para cambiarle la vida. Para tranquilizar la nuestra. Es nuestra absolución moderna. Muchas veces, una mierda de actuación.
No es crueldad. A veces es eficiencia emocional. Hacemos lo justo para no sentirnos malos, nunca lo suficiente para sentirnos responsables.
¿Y qué trascendente podemos hacer entonces?
El problema no es la escasez. Es, sobre todo, nuestra indiferencia. Y ojo, no estoy hablando de comunismo, esa premisa tonta y arcaica de “quitarle al rico para darle al pobre”. Me refiero a intervenir nosotros como personas, con nuestro granito de arena. Cada uno con lo que pueda. Uno dará 3, otro 0.2 y otro quizá 10. Todos podemos ofrecer algo, y tengamos la seguridad de que es mucho más de lo que hoy hacemos.
La aritmética es simple: no falta dinero, falta voluntad. Y esa, a diferencia del hambre, no se soluciona con comida.
Quizá entonces podamos ofrecerle a la vida lo poco, medio o mucho que hemos recibido, y devolverle a un niño con hambre una parte de nuestro exceso familiar. Quizá así podamos cerrar este 2026 con más alegría: por haber dejado de comer a propósito esa chuleta mensual extra, por menos six packs veraniegos con los amigos, por un par de etiquetas negras que no compramos, por una croqueta premium menos para el gato, o por un pack menos de bótox para nuestras arrugas. Sí, usar esa autorrestricción para donarla al hambre del tercero. Así, por lo menos, “nuestro mundo” será un poquito mejor.
Y quizá, cuando levantemos la copa a medianoche, no deberíamos brindar solo por lo que ganamos en el 2026, sino por lo que decidimos no consumir. Porque a veces la verdadera solidaridad no empieza dando más, sino dejando de sobrarnos tanto… aunque suene a frase idealista.
Y cuando lleguen las doce del 31, nuestra sonrisa de balance anual será, al menos, más válida y mucho más profunda.
¡Un 2026 diferente para todos!


Deja un comentario