Nosotros somos la promo 82 del San Francisco, pero del local antiguo de la esquina de Comercio con Huamachuco. Los ochentas: esos años en que Sendero Luminoso empezaba con su cacería, del segundo año del nuevo periodo de Belaunde, de las baladas de Survivor y la pegajosa música de Phil Collins y Men at Work. Los años ochenta, los de los quinceañeros perfumados, de las escuchas vespertinas de Radio Primavera —que podíamos captar en FM desde Arica—. Ese año precisamente fue en el que terminamos el cole “con la esperanza de encontrar un Perú mejor, más adelante”, como me dijo mi papá, casi solemnemente, cuando salí del colegio. Suena irónico pero aun seguimos esperando.
La variopinta unión de 42 alumnos de esa época, que felizmente hasta ahora perdura. Sin temor a equivocarme debe ser una de las promociones colegiales que más veces se ha reunido después de haber terminado. Generalmente lo hacemos en los alrededores del 4 de octubre, aniversario del colegio. Este 2025 no fue la excepción.
Han pasado 43 años ya y, como otros, este año también nos reunimos en un almuerzo para acordarnos de las anécdotas de juventud, tomar un trago (no muchos tampoco, porque a esta edad ya caen mal), hablar de los achaques de la salud y, principalmente, reírnos, que en la fase en que ya estamos, hace tan bien a la salud (más que el omega 3, dicho sea de paso).
Desde los primeros años nuestras convocatorias han tenido quórum satisfactorio. Así que, además de contar arrugas, crecimientos abdominales, canas (o teñidos de ellas), el nivel de colesterol y la incontinencia prostática, son, entre otros, los temas recurrentes. Claro que tampoco faltan las recopilaciones de éxitos laborales, conquistas de un nuevo amor o de un segundo divorcio (los más osados ya van en “tercera temporada”).
Además, y por supuesto, ya empezando la sexta década, algunos llegamos a la cita con cojera, con prohibición médica de meterle menos ají al chicharrón y menos cerveza a la guata porque la digestión nos dura varias horas. Desgaste corporal que nos resistimos a aceptar. “Pero si todavía somos chibolos”, alguno repite… y los demás fingimos creerle.
Siempre es reconfortante volver a ver a los amigos, inventarnos las hazañas de sábanas, que inevitablemente llegan a la agenda de ese día. Entre otros, en las dos últimas reuniones hice la inevitable encuesta sobre el consumo de Viagra entre los compañeros:
—¿Viagra?, ¿para qué?
En 2023, de 21 asistentes, tuve todas las respuestas negativas. Este año que asistimos 13, ninguno tampoco acepto su consumo.En realidad, les dije, si fuesen respuestas verdaderas, Pfizer —el productor de la famosa pastilla azul— ya estaría quebrado, lo que evidentemente es falso.
El nombre que le correspondía a nuestra promoción no era Lion Belga. Teníamos que poner la denominación oficial: VIII Centenario del nacimiento de San Francisco. Pero tercos como éramos, nos rebelamos con el padre Zapater y le pusimos Lion Belga, el nombre del leoncito del escudo del colegio. Menos rimbombante, más de la calle. Si mal no recuerdo, el padre Zapater nunca aceptó a nuestro felino de promo.
Entonces nos volvemos a acordar del ya tradicional baile encima de la mesa de Pepe, o de la historia de la empanada maravillosa que atraía mujeres, del robo de las hostias de la sacristía por parte del Loco y Ronald —dejando sin stock a la siguiente misa—, o de la risa escandalosa al recordar que en el hotel de viaje de promoción en Cusco se prendió hierba en una habitación y hubo tanta niebla que hasta los que no habían fumado terminaron volando.
Y ya camino a las bodas de oro, homenajeamos a los que ya partieron: Pancho, Luis Alberto, Ángel, Tony, Juan Carlos y Rubén, que nos recuerdan que aunque todavía nos reímos como quinceañeros, la vida se pasa más rápido de lo que nos cuesta admitir. Ellos nos hacen ver que hay que cuidar el cuerpo porque la máquina inevitablemente se desgasta.
Así que, como otro año más, este también tuvimos la habitual reunión, justo el 4 de octubre, fecha del aniversario de San Francisco de Asís. Esa que nos recuerda que la amistad, la unión entre nosotros y los buenos momentos son algo que debemos seguir cultivando. No solo porque es bueno para el alma, sino porque la dopamina de las risas, el recuerdo de lo vivido y la visión de los años que se vienen inevitablemente nos traen a la memoria lo que San Francisco nos enseñó, y que felizmente todavía queda en el cerebro de estos “jóvenes” que se resisten al paso de los años (aunque ya con pastillero semanal en el velador y en la secreta del pantalón).
Y aunque este año fuimos algunos menos, por la logística de llegar desde otras ciudades, igual disfrutamos el momento. Ya no con baile encima de la mesa —porque ya no podemos trepar hasta ahí y las rodillas ya no dan—, sino con una canción de primaria que Pepe y Germán entonaron como cuando teníamos seis años y miembros envidiados del coro escolar eran.
Porque sí, ya tenemos 60, las rodillas crujen como puertas oxidadas y el colesterol nos hace compañía en cada brindis. Pero mientras podamos reírnos de las arrugas, de la próstata y de la pastilla azul que “nadie usa”, todavía seguimos siendo Lion Belga.
Un león viejo, sí… pero que todavía ruge (aunque sea con dentadura postiza y con horario de regreso antes de las diez).
“Recuerda que cuando dejas este mundo, no puedes llevarte contigo nada de lo que has recibido, solo lo que has dado.”
San Francisco de Asís (1181–1226)





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