Lo que vi en Medellín no fue magia… fue organización.

Comuna 13, Guatapé y el Metro: tres cachetadas de realidad.

Estuvimos con Karen hace poco en Medellín, y desde el comienzo la impresión que tuvimos fue más que buena. Hubo algo con los días que despertó en mí la necesidad de contarlo aquí, en Novuz, pero no como bitácora turística, sino como algo que trasciende lo que los visitantes solemos ver.

Medellín, la capital antioqueña, es la segunda ciudad más importante de Colombia y tiene algo menos de tres millones de habitantes. Desde el avión se ve todo muy verdoso, y desde la salida del aeropuerto uno puede notar que la ciudad cuenta con una red de servicios e infraestructura pública bien articuladas… envidiables.

–Vamos a entrar al Túnel del Oriente, el segundo más largo del país –nos dice el orgulloso taxista que nos lleva hacia el hotel. Ese que tiene poco más de ocho kilómetros, atraviesa la montaña y acorta la distancia ciudad-aeropuerto. Doble vía, bien alumbrado, mejor señalizado. Y justo al salir, ya vamos por una doble calzada que baja hacia Medellín, incluso por tramos suspendidos que bordean la montaña como puentes.

–¿Así es en su país? –nos vuelve a decir el atento anfitrión, con su particular dejo a lo Pablo Escobar hollywoodense, que ahora hace de guía.
–No, de ninguna manera –le respondo, mientras saco medio cuello por la ventana viendo cómo la luz de la tarde empieza a apagarse e imaginando que ahí mismo podrían salir bonitas fotos, con las luces de las casas que ya se encienden.
–En mi país no tenemos estas vías, y menos la señalización y orden que se nota desde estos pocos minutos que recién estamos –le repito.

Siempre tengo la manía –otra de mis neuras– de ir apuntando en “Notas” del celular lugares o situaciones especiales de los sitios que voy conociendo. Así puedo compartirlas junto a las fotos (que tanto me gustan) en los mensajes a familia y amigos. “De buena fuente”.

Más allá de los lindos lugares turísticos de la ciudad y alrededores, a mí se me quedaron: la amabilidad extrema con que todos te tratan. Desde el llamador de taxis en el aeropuerto, el chofer que nos llevó al hotel, la recepción del hospedaje, los mozos, los vigilantes, los vendedores. Todos, en general.

La primera mañana salí a trotar y me dijeron que podía hacerlo cómodamente cerca de mi hotel porque una vía de la Carrera 43 –como llaman a las calles allá– la cierran los domingos para que la gente haga deporte: caminar, bicicleta, trotar, patines. Desde muy temprano hasta la 1pm y por casi cinco kilómetros, dejan un espacio especial para la práctica. ¡Y créanme que había muchos!

En cada intersección había varias personas con chalecos de la muni de Medellín, indicando con pequeños letreros de mano el orden que debíamos seguir y el pase vehicular. Con amabilidad nos pedían: “por favor esperar”, “continuar”, “gracias por la paciencia”.

Al lado derecho de la vereda, varios pequeños puestos de artículos deportivos, geles, jugos, vitaminas, polos, vinchas, fruta. En realidad, todo un festival deportivo que organiza la muni para incentivar el deporte… y sí que lo logra.

GUATAPÉ: mototaxi y zócalos que te llaman

Uno de los días tomamos un paseo que nos llevó a visitar la Piedra del Peñol, ese enorme macizo de piedra al que hay que trepar sus más de 700 escalones para decir que llegaste. Después fuimos a Guatapé, pueblo que tiene algo más de 6,500 habitantes –casi como La Curva en nuestra provincia.

Según Diego Castro, nuestro cordial, atento y conocedor guía, este pequeño pueblo recibe cientos de miles de visitantes anuales –la web dice 3,7 millones–. Lejos de morir de éxito, la comunidad organizó anillos viales, varios agentes de tránsito extra –algo así como nuestros serenos achalecados– y reglas para touroperadores; así protegen su identidad y mantienen la cordialidad que, definitivamente, sentimos desde el principio.

Todo gira alrededor de una pequeña plaza y un par de calles laterales. Los autos y buses solo pueden estacionar cinco minutos para que bajemos, y luego deben ir a un enorme terral organizado y administrado por la municipalidad. Los visitantes ingresamos caminando. Solo circulan vehículos locales, cientos de motos y las famosas Chivas Turísticas.

Estas Chivas –algo así como nuestros taxis cholos, pero muy decoradas– hacen recorridos relámpago de 20 minutos por las inmediaciones, con un guía a bordo, por menos de 6 dólares.
–¿Cuánto te demoraste en pintar esto? –le pregunto al chofer.
–Cerca de dos meses –me responde. Hay pocos maestros que llegan al pueblo para eso, y nos cobran casi 1,800 dólares (una tercera parte del valor del taxi). “La Rumbera”, “La Consentida”, “La Infiel”, “La Furia Verde”… Difícil escoger. Por prejuicioso que soy, nos subimos por azar. Y ya dentro, empieza el paseo.

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Otra cosa por la que es conocida Guatapé son sus zócalos. Hechos por maestros especializados con yeso y cemento en alto relieve, van describiendo gráficamente el interior de la propiedad: si es vivienda, algún oficio del dueño; si es negocio, entonces un pollo, una bicicleta, un abogado enternado o un borracho dormido que indica que adentro hay un bar.

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Con la cantidad de visitantes que abarrotamos la pequeña ciudad, se respira un aire de cercanía entre los pobladores, y lo más bonito es ver cómo cuidan al turista que los ayuda. Un círculo virtuoso que a todos conviene.

Comuna 13: de callejón a galería a cielo abierto… cuidado que te atropella una moto

Lo que fue un símbolo de violencia es hoy la zona más instagrameada de la ciudad: escaleras eléctricas que trepan 28 pisos, murales que narran la memoria y un flujo de 25,000 visitantes por semana. Esto es Comuna 13.

Han pasado casi 20 años desde que este antro de perdición empezó a transformarse con iniciativas estatales y ONGs que quisieron devolver la esperanza, tras duras intervenciones militares. El arte urbano se ve por todas partes, el hip-hop se baila en la vereda y se ofrecen productos hechos en las propias casas.

Aunque el ruido y el desorden abundan, todos coinciden: es un lugar abarrotado, pero seguro. Un éxito de transformación exprés que prueba que un spray convertido en grafiti puede más que una metralleta… o que la indiferencia.

Sulay Pino, de Way Colombian Tours, nuestra guía de ese día, tiene menos de 30. Caminamos por algunas de las calles no turísticas porque ella nació y vive allí. En un momento, bajamos en fila india por unas gradas estrechas y llegamos a una demostración de café selecto. A través de una ventana, veo ese contraste brutal: aquí, el turismo; allá, la historia de un infierno.

Después, pasamos por una esquina donde se venden helados. Suley nos invita uno de maracuyá y coco que preparan su mamá y su abuela. La agencia los incluye como parte del paseo. Integración real. El sabor se multiplica.

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La tienda de la abuela y mamá de Sulay donde ofrecen helados artesanales

Mientras tanto, chicos haciendo hip-hop, una señora setentona a la que le compramos agua helada, tatuajes en puestos improvisados y motos pasando entre el público como si fuera la avenida principal. Hay que capearlas como en corrida de toros. Intensidad por todas partes.

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Cultura Metro: civismo sobre rieles

Pero si de las dos cosas anteriores quedé admirado, con la Cultura Metro me quedé babeando. Hay que pararse a aplaudir, incluso antes de explicarlo.

Hace 37 años se inauguró este “manual de urbanidad en vivo” que hoy sirve e impacta a más de un millón de pasajeros diarios con activaciones pedagógicas, lectura, salud mental y campañas como “Yo me pongo la 10 en la vía”. ¿Resultado?: respeto, silencio, filas ordenadas. Una transformación social exportable que demuestra que las buenas costumbres tambiém se contagian. 

No hay que estar en Ginebra, Tokio o Ámsterdam para disfrutar un transporte público de excelencia. Aquí en Medellín también lo tienen. Un orgullo para sus ciudadanos. Han logrado imponer sentido de pertenencia.
–La gente entra al metro y se comporta diferente –nos cuenta Sulay–. No gritan, no ensucian, todos cuidan.
–Eso nos lo enseñaban desde el colegio. El profe ya nos tenía hartos con la Cultura Metro –confesó. Funcionó. Y soy testigo alegre.

Me dijo también:
–La gente de Bogotá hasta nos tiene envidia por nuestro Metro.
Y me reí con ganas.

Con un solo ticket puedes usar metro, bus, tranvía y metrocable. Por algo menos de un dólar, y sin salir de las estaciones, atraviesas la ciudad con un servicio óptimo.

Entramos a una estación.
–¿Siempre están tan limpias? –pregunto.
–¡Sí! –me responde Sulay, orgullosa. Ahí cayó la primera gota de baba.
–¿Acaban de trapear los pisos?
–No, siempre están así.
–¿Y la basura?
–Nunca hay, porque nadie la bota.
Asu… ahí ya estaba en shock.

En una sola estación se puede tomar el Metro, el bus o el funicular.
El piso que brilla, mejor que en cualquiera de nuestras clínicas.
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El MetroCable llega hasta los lugares mas altos de la ciudad brindando cercanía a los pobladores mas alejados.

La gente espera a los costados para dejar bajar. Nadie empuja. El interior está limpio. Pasé el dedo por los vidrios del vagón. Impecables. Luego cambiamos de transporte y subimos al metrocable, que nos llevó –literal– a la punta del cerro.

Pasajeros haciendo colas, sin rayar asientos, sin gritar.
–¿Y cuando salen de aquí?
–Volvemos al desorden –me dice. Mi emoción casi me lleva al hospital.

Miraba al niño de la edad de Gabrielita que regresaba del colegio. Pensaba: este chiquito ya está felizmente inyectado de Cultura Metro.

Volamos encima de barrios bastante precarios… pero que tienen este servicio de primera. Antes, subir hasta allá podía tomar dos horas. Ahora, menos de veinte minutos.

Al final, me acerqué a dos supervisores de la estación. Los felicité. Les dije que me sentía orgulloso como ellos de ser latinoamericano y saber que tambien nosotros, los del tercer mundo podemos prestar servicios públicos de excelente calidad. Me lo agradecieron emocionados. Poco me faltó para abrazarlos.

Ese ejemplo vivido es lo que yo llamo la real socialdemocracia: acortar brechas, procurar igualdad de oportunidades, prestar servicios de calidad.

A Medellín, llamada la capital de las mujeres bellas –de las féminas con exceso de silicona y apretaditas en demasía, corregiría–, se me quedaron grabados tres puntos como generadores de cambio real. Una esperanza tangible de que en nuestra Latinoamérica todavía se puede soñar y lograr.

Tres notas distintas que convierten a Medellín y alrededores en un laboratorio social que inspira y desafía al viejo dicho del “no se puede”.

Y no dejo de pensar si nosotros, en nuestro pequeño Mollendo, no podríamos hacer algo similar. Convertirnos en atractivo turístico no solo por nuestras lindas playas, sino por la cultura que mostraríamos al exhibir las bondades de un espacio tranquilo. Es cuestión de organizarse. Porque cuando hay voluntad, hasta el caos se ordena.

Una respuesta a «Lo que vi en Medellín no fue magia… fue organización.»

  1. Avatar de speedilygleaming3c35484eff
    speedilygleaming3c35484eff

    Que interesante, bonito y esperanzador artículo, gracias, Jorge, por compartirlo. Lo bueno hay que imitarlo, nosotros lo necesitamos más que nunca. Espero que al final de este gobierno municipal, nuestro alcalde, de Lima, estrene varias obras.

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