El azar: cuando el milagro no llega…mientras tu veías Netflix

El azar o la suerte en la vida es un tema expectante, raro, que —estoy seguro— siembra más dudas que certezas.
A veces me pregunto si la suerte tiene GPS o simplemente se pierde en el camino. Hay quienes ganan la lotería sin haber comprado boleto, y otros que, aunque se cuiden, se tropiezan con el mismo clavo oxidado de siempre. ¿Será azar, será destino… o solo mala puntería?

¿La tuvimos al nacer de los padres que nos tocaron, con la educación que nos dieron, con los malos ejemplos que recibimos —si fue el caso—? ¿Nací en verano, en luna llena y a las 3:15 de la madrugada… y eso forja inapelablemente mi destino?

¿Hasta qué punto hay que decir que somos y nos comportamos así porque nos moldearon de tal o cual forma en nuestra educación infantil? ¿Suerte, destino divino? Dios nos tiene designado un camino de vida, dicen los católicos.
¿Conseguiremos la suerte deseada al ganar la Tinka? ¿Con la caminata hacia Chapi para recordarle a la Virgen que somos fieles devotos? ¿Con elegir al príncipe azul como cónyuge para toda la vida? ¿Si prendemos las doce velas para elevar los deseos y pedirle a Dios que gane Alianza Lima el siguiente partido?

Soy fanático de leer biografías de la gente por la que siento admiración. Espero alguna vez hacer un compendio de esas vidas, donde se da, básicamente, una constante: la perseverancia y el dolor iniciales del protagonista para conseguir los objetivos que soñaron y —felizmente— lograron. ¿Suerte?

Sé también que ahora mismo muchos de los que leen esto dirán que las cosas no necesariamente se tienen que conseguir con sufrimiento. Y es cierto. Pero, en la mayoría de los casos, el sufrir, el pasarla mal, te hace crear. Te hace valorar.
Díganme, ¿acaso una canción de desamor no es la que más pega en nuestros corazones?

Entonces, ¿la suerte que “nos tocó” es la estrella o la estrellada de nuestras vidas?
La vida —y no lo digo por la “suerte” que a mí me ha tocado—, al sinceramente admitir que la vida se equivocó en el reparto, lo digo por lo que a otros verdaderamente sin suerte les ha dado, justamente, esta misma vida.
¿Por qué a unos sí y a otros no? ¿Tiene “mala suerte” el niño hambriento de Somalia o el huérfano malherido en la actual Gaza?

Desde nuestra concepción —el lugar donde se juntaron el óvulo con el espermatozoide (¿cuál de ellos fue el ganador para fecundar?)— ya empieza el azar en nuestras vidas.
La ciudad y el entorno social que nos tocaron, los tíos, abuelos, amigos, el colegio… Todo, en realidad, son factores externos que nos llegan al azar.

Pienso que puede existir —o no— el azar en nuestras vidas, pero lo que realmente determina seguir o cambiar el destino son las acciones que hacemos para que eso suceda.
Pienso también que puede ser cómodo decir: “así nací”, “este es mi destino”, “la vida quiere esto de mí”, “es el deseo de Dios para mí”… para, peligrosamente, permanecer complacientes y quedarnos inactivos ante lo que nos toca.
Quizá sea un escudo para no hacernos cargo.

Mi papá le pegaba a mi mamá o era un borracho del diablo, ¿y entonces también debo hacerlo yo con mi esposa? ¿Dónde está entonces mi aporte para cambiar lo que me moldearon de niño?

Quizá suene trillado, pero he escuchado muchas veces esas respuestas cómodas que achacan el comportamiento que uno tiene a la crianza o costumbre que recibió en su educación primaria.
Excusas bien peinadas: “así soy”, “así me criaron”, “así quiso que fuera Dios”.

¿Y qué hacemos con el azar que nos tocó?
Si no estamos conformes: cambiarlo. E intentar mejorar la suerte que nos tocó.
Esa sí es nuestra forma de forjar el propio destino.

Y claro, el azar puede haber jugado a tu favor… o en contra.
Depende de cómo lo queramos mirar. Para los negativos, esa misma circunstancia será el designio diabólico; para los optimistas, la gran oportunidad. Y ambas circunstancias pueden cambiar el rumbo de nuestro destino.

“Prepararse para cuando llegue” y “sentarse a esperarla”.
La suerte llega cuando nos encuentra preparándonos para recibirla. Si nos sentamos a esperarla, de hecho pasará de largo y será motivo para lamentarnos: “¡no tuve suerte!”.
¡Qué piña!

…Mi yunta se chocó anoche en el auto… “¡Qué salado!”.
—¿Cómo que salado, si estuvo manejando borracho?
No es que no sea suertudo, es que la probabilidad de “no serlo” fue el factor trago.

Otra:
—¡Qué suerte has tenido en ese negocio!
¿Suerte?

Para mis patas, los atletas con los que suelo entrenar:
—Qué tiempazo hizo en los 5K.
—Un suertudo, porque se tropezó el que iba primero y ganaba.
¿Suertudo? No. Estuvo en el momento oportuno, pero estuvo —principalmente— preparado para la acometida final.
Si no hubiese tenido esa oportunidad del azar, pero no hubiera entrenado por tantas madrugadas, la “suerte” no le habría llegado.

O la que conté hace unos relatos atrás, cuando a Pavarotti le dijeron:
—“¡Suerte, maestro, porque Dios le puso esa voz!”
¿Suerte? Respondió Luciano:
—“Practique usted ocho horas diarias por 40 años y tendrá mi voz”.

Las promesas vacías de que “todo pasa por algo” son una frase muchas veces escuchada. En verdad sirve, pero especialmente se usa de excusa para tirarle la pelota de la elección a otro y no aceptar nuestra responsabilidad.

Y quizá porque no tengo fe en que Dios me ayude si yo no lo hago primero, veo la ayuda divina como pedirle al cielo con fe, pero sin acción de nuestra parte.
También podría ser la forma cómoda de no frustrarnos.

Otras que usamos, como las excusas: “no era mi momento”, “no tuve suerte”, etc.
Algo más de lo anterior: no asumir responsabilidad por lo que debimos haber hecho para cambiar esa suerte.

Decimos que no tuvimos suerte, cuando en realidad no hicimos nada digno de merecerla.
Esperar un milagro sin mover un dedo es como querer broncearse por courier.

La suerte es el opio de los inseguros, diría Marx si lo dejaran postear en TikTok.

Mi conclusión es que pudimos haber —o no— tenido suerte en la vida, con alguna de las circunstancias que nos tocó.
Pero el aporte que cada uno de nosotros puso es lo que determina el sendero final.
Ese aprendizaje para cambiar la suerte con la que llegamos demora, es cierto. Entiendo que empieza a aclararse como a los 25.
Pero eso, justamente, es lo que hace que florezca —o no— nuestro camino de vida: decidir, escoger, prueba y error, las herramientas que se nos fueron apareciendo, sin esperar o añorar las que no tenemos.

Y a modo de triste final:
¿Entonces los casi 40,000 huerfanitos de Gaza son unos salados por haber nacido ahí? ¿Porque el azar les jugó mal?

Con este relato intento hacer una reflexión sobre cómo los adultos podríamos cambiar nuestra suerte.
Pero esta pregunta anterior no la puedo responder. Durante estos dos años de conflicto he pensado mucho sobre eso… y no lo consigo.
Quizá porque no soy creyente se me hace un sancochado estomacal no dejárselo a la fe, porque me parece muy fácil tirarle la pelota al otro.

Nosotros, que crecimos con cama, cuentos, abrazos y una sopa caliente en la mesa… ¿qué podemos decir?

Y mientras algunos le rezan a la suerte, otros solo tienen tiempo para esquivar escombros.
Quizá cambiar nuestro destino sí sea posible…
Pero solo si partimos de una verdad incómoda: que tuvimos más que muchos, y aun así a veces nos quejamos. Quejosos consuetudinarios.

Porque al final, la verdadera “mala suerte” no es nacer sin nada.
Es crecer con todo…y hacer poco.
O… no hacer nada.

“La suerte es lo que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad” Séneca.

Una respuesta a «El azar: cuando el milagro no llega…mientras tu veías Netflix»

  1. Que la suerte nos pille trabajando!

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