Relatado el 28 diciembre de 2024
Siempre cuando se acerca el fin de año tengo una costumbre de revisar lo sucedido en el año, sacar un balance personal de vida y coincidiendo que en este mes también cumplo años, rescato lo bueno sucedido a la edad que me corresponde, ajusto lo que creo cuestionable y pongo la meta para el siguiente año. En esta fecha se hacen los cierres anuales de cualquier empresa y yo también, religiosamente, cierro mis números y los registro en un excel antiquísimo que mantengo trimestralmente actualizado.
Hace unos días revisando papeles para botar, en mis procesos de cierre anual, me encontré con dos copias que tengo guardadas hace muchísimos años y aprovecho el fin de ciclo para compartirlas con la idea de dejar grabado algún mensaje con verdadera huella, que fue lo que a mi me paso. Quizá por eso los mantuve tanto tiempo en el baúl.
Aquí se los dejo:
El primero es un artículo del año 1971 de Selecciones del Reader´s Digest, esa afamada revista que creo hasta ahora sigue en circulación. Mi copia fotostática titula: No podemos permitirnos ese lujo, escrito por Evan Hill y ahí describe una bonita historia.
En el pueblo donde pasé mi infancia y adolescencia, todos los alumnos de la escuela conocíamos a Win, el hijo del banquero de la localidad y sentíamos gran simpatía por él, por añadidura lo envidiábamos. No parecía tener muchos más medios que la mayoría de nosotros, y sin embargo se hubiera dicho que los que tenía le proporcionaban mayores satisfacciones, cuenta Evan.
Cuando Evan y algunos de sus amigos ya se iban a graduar estuvieron conversando en el patio de la casa de Win sobre la posibilidad de comprarse un coche de segunda mano. ¿Cuándo vas a hacerte de uno Win? Le preguntó Evan. -No he pensado ni siquiera en eso -repuso- No podemos permitirnos ese lujo De momento creyeron que estaba bromeando pero después se dieron cuenta que hablaba en serio. Nunca se me hubiera ocurrido que los negocios del banco no marchaban bien, pensó Evan. El padre de Win estaba cerca y escuchó la pregunta la que comento sonriendo: el no comprar un coche no significa que no tengamos recursos para ello, si no que nos reservamos para otras cosas que consideramos más importantes. Eso se le quedó grabado a Evan.
Ese verano Evan había proyectado un viaje de tres semanas con amigos a un lugar de pesca y aunque su conciencia le decía que necesitaría más dinero para su próximo ingreso a la universidad, justificaba su paseo diciendo que iban a pasar muchos años antes de que pudiera tener nuevamente la oportunidad de hacerlo. Pero después de la lección de Win no podía permitirse ese dispendio. En cambio paso todo el verano trabajando duramente, se sintió feliz y principalmente comprendió que había elegido bien.
No podemos permitirnos ese lujo es una de las más valiosas frases. Todos nosotros e inclusive gobiernos y empresas saldríamos beneficiados si la usáramos más seguida.
Esa frase nos ayuda a distinguir entre lo que queremos o deseamos por motivos egoístas, y lo que realmente necesitamos. Esa distinción puede ser muy provechosa, recalca el artículo.
Además añade: Las cinco palabras de Win deberían formar parte de la educación de todo niño. El que no las haya oído cuando era pequeño, y no se ha visto obligado a respetar su significado, bien podría considerar que sus padres lo engañaron. Pues el ejercicio fortifica el cuerpo, la frugalidad fortifica el espíritu. Si la disciplina que esta significa no se aplica de vez en cuando, ello afectara la formación del carácter.
Evan relata además que conoce desde niños a un par de adolescentes a quienes nunca se les negó todo lo que pedían. Sus padres siempre encontraron la forma de cuanto deseaban, quizá contrapesando los apuros económicos que ellos tuvieron, quisieron que a sus hijos no les faltara lo que a ellos. El resultado es que ahora los hijos no solo ignoran el valor del dinero, pues nunca carecieron de él, ni tuvieron que trabajar por tenerlo, se muestran permanentemente descontentos.
En otra parte de la lectura cuenta la historia de un estudiante hijo de un cultivador de legumbres que se sentía a menudo avergonzado porque no podía llevar la misma vida que sus condiscípulos, hijos de familias acomodadas. En una comida del colegio, de esas de confraternidad entre padres e hijos, escuchó decir a unos de los padres solventes que recomendaba al agricultor enviar a sus hijos a un campo de esquí durante las vacaciones, a lo que este respondió: pero no podemos permitirnos ese lujo. Después de soltar la frase, se creó un silencio incómodo para todos hasta que el padre industrial le estiro la mano al padre agricultor diciendo: nosotros tampoco pero nunca he tenido el valor de confesarlo. El hijo del agricultor me contó más adelante que había estado a punto de llorar de orgullo. Le pareció que su padre había crecido dos metros en aquel momento y me confesó que desde ahí nunca se sintió avergonzado por no tener dinero. La lección que le dio su padre le había permitido mirar a sus compañeros y así mismo de frente, sin fingimientos.
Agrega, esta enriquecedora historia, que la frase no es aplicable solamente a cuestiones de dinero. Casi todas las situaciones de la vida caen dentro de una rígida escala de valores que fija la prioridad de las cosas y esta prioridad entre unas y otras solo podremos determinarla si nos preguntamos: “¿Puedo permitirme esto o aquello?”. El sabor agridulce que toda privación nos deja y que acompaña inevitablemente a toda elección de esa naturaleza, fortalece nuestro carácter, nuestra comprensión y nuestra conciencia de la realidad. Y estos son los sólidos cimientos de una vida de satisfacciones, afirma la lectura.
Añado de mi parte que no es cuestión de gastar en lo que “me merezco” como ahora se dice, o rompo la tarjeta porque “la vida es una” y lo compro o disfruto ahora mismo hipotecando, en la mayoría de las veces, el desequilibrio en nuestras finanzas lo que conlleva problemas futuros personales, familiares y de pareja. Disciplina para invertir en lo que nuestros bolsillos aguanten y especialmente en lo necesario, como dice el artículo comentado. Trabajo hace mucho otorgando créditos y se me viene a la memoria la redundante situación de que el cliente cree qué porque compra al crédito, no cuesta, que se puede permitir el pago. No tengo para el TV de 50 pulgadas que marca 2,000 pero si puedo pagar 18 cuotas de 120. Y eso es tan circular que la cuota sumada del mueble, la hamburguesa, la playa o el viaje a Punta Cana hacen que ningún presupuesto aguante.
El segundo artículo de 1991 que les quiero comentar es también de mi “archivo de los recuerdos”. Este es de la revista Visión y de Mariano Grondona un columnista que escribió ahí muchos años. Emoción y Vida, lleva como título y ahí hace referencia a otro artículo de la periodista Barbara Roessner donde se apunta directamente a la condición del hombre contemporáneo.
Describe, entre otras cosas, lo que dicen las investigaciones médicas: “la carne, la grasa, el azúcar, la cafeína, los cigarros, el alcohol y hasta la televisión (porque alienta la vida sedentaria), pueden matarnos. Roessner se alarma que un estudio de la universidad de Yale da como tesis que las emociones fuertes son las principales enemigas del corazón, resultando que las personas de “emociones fuertes” (no solo el enojo sino también el placer, con la única condición que sean intensas) tienen tres veces más posibilidad de sucumbir a un ataque al corazón que las personas controladas.
Roessner agrega: “ si anular la expresión de nuestras emociones más fuertes del enojo al gozo, es la clave para un corazón sano, ¿vale la pena escapar de la vida para salvarla? Sin admitir la fuerza de los sentimientos, sin café, sin alcohol, sin quedarse sentado gozando de un libro o viendo televisión. ¿que queda de la vida humana?
Al ser aséptico, el ser que evita vivir para salvar la vida, parece sin embargo el arquetipo de la vida actual.
Es que vivir se dice de dos maneras. En un sentido, vivir es perdurar. Es no morir. Es evitar, como quieren los médicos (o la moda de esta década) todo riesgo para el corazón y todo peligro para la salud. Pero vivir es también sentir y emocionarse. Es amar y temer, irritarse y gozar.
El dilema entre perdurar y sentir fue presentado en La Iliada, bajo la historia del héroe Aquiles a quien de joven los dioses le dieron a elegir entre una larga y apacible o una vida gloriosa pero corta. Aquiles escogió la segunda alternativa. Duro menos y por eso todavía lo admiramos.
¿Con cuál de ellos nos quedaríamos?. Hay entonces una patología de la salud: no vivir por miedo a morir.
Si por vivir sacrificarías a tu madre o a tu hijo, ¿podría llamarse vida a eso que te quedaría?. Pero tampoco parece concordante que te sacrifiques a ti mismo, a tus emociones, a tus pasiones. Hay un límite más allá del cual donde vivir se convierte en sobrevivir. No deberíamos cruzarlo, indica Grondona.
El también destaca que en el otro extremo podría plantearse una patología de la intensidad de la vida. Desde los deportes extremos ¿no hay un exceso en la búsqueda de continuas emociones, como si la vida no consistiera también en la tranquila posesión de nuestro ser, en un atardecer sin prisa, en una larga conversación? Añade además que quizá vivir sea, después de todo, sentir y perdurar. Si se tensa demasiado el arco se rompe. Si no se le ve tensa, es apenas una línea indecisa y fluctuante. Vivir es empujar y conservar la vida. Tensar el arco. Atender al mismo tiempo el dulce llamado de las emociones y los consejos de la ciencia, en busca de una síntesis huidiza y bella a la vez, culmina el párrafo.
Termina citando a Goethe: “quiero aceptar y vivir todas las alegrías y todos los dolores, completamente. Grondona agrega a la anterior frase: por todo el tiempo que sea posible, a condición de no anularlos. Y culmina con la exclamación de Nietzsche: “¿esto era la vida?. Bueno: que venga otra vez”.
Finalmente aporto una idea que muchas veces comentamos en mi familia: mis abuelas Isabel y Alicia tuvieron ocho (uno falleció de muy niño) y once hijos respectivamente, no generaron para tener casa ni auto propios, tuvieron en sus matrimonios estrechez económica, nunca se cuidaron de las comidas no saludables y supongo tocarían a la década la balanza para el control de peso, no control de triglicéridos, etc, pero vivieron 94 y 95 respectivamente. Comían como cargadores y Alicia fue viuda 55 años, doblando sus años de vivir con mi abuelo. Recuerdo que Isabel tomaba unos chupes contundentes que duplicaban los que ahora yo tomo y Alicia comió chicharrón de chancho que le gustaba, hasta pocas semanas antes de partir. Supongo que el secreto fue “vivir lento”, transcurrir con más simpleza y sin esperar tanto, que es lo que contrariamente ahora hacemos.
Así que aprovechemos el inicio de un nuevo año y que estas par de historias nos dejen algo para reflexionar sobre el ritmo que ahora llevamos al vivir.
Y como alguna vez me dijo mi padrino y querido tío Alfredo: “la idea es vivir, no durar”.


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